La Máquina De Jesús

Antes

Grey recién termina de atar los cabos en su mente cuando oye el primer grito, fuera del túnel. No podían escoger un momento más oportuno. Ha dedicado una semana y media a tomar fotografías y dibujar diagramas y enviar titubeantes pings de maná hacia los que aparentan ser receptores en la superficie del artefacto. Ha observado toda la serie de inexplicables y luego inquietantes y luego inconmensurables efectos prácticos de poner la cosa en marcha. Con paciencia, ha pasado todo ese tiempo evitando llegar a una conclusión apresurada. Ha ensayado cada paso y descartado todas las alternativas. Y, luego de diez días y medio, por un instante, se ha permitido barajar la posibilidad de que eso que está mirando sea lo que había temido desde la primera vez que lo miró, y en ese instante oye lo que suena como si al mundo allá arriba lo estuvieran Limpiando, y casi que resulta un alivio.

La magia es una ciencia. Es una ciencia tan avanzada como cualquier otra, como la teoría cuántica de campos o la relatividad general, y si bien han existido afirmaciones estrafalarias y profecías ambiguas o incontrastables, y evidencia falsificada o cuestionable, no hay evidencia en concreto —ninguna— de que alguien supiera nada de ella hasta que Suravaram Vidyasagar enunciara «uum» por primera vez en 1972. No existen los astronautas antiguos. No hubo brujas de verdad en Salem. Jesús no era un mago… nada de lo que se afirma que él o Mahoma o el Buddha alguna vez hicieran coincide con los alcances de la magia moderna. Los artefactos de la era premágica son ciento por ciento no mágicos; los artefactos mágicos «de aquella época» han sido ciento por ciento falsificados. Y la razón que explica todo esto, que la mayor parte del mundo acepta, es que la magia por entonces no estaba a nuestro alcance. Nadie poseía el conocimiento de la física necesario, porque la física necesaria aún no había sido descubierta ni delineada. Fue la suerte, la pura suerte quizás: se pudo haber descubierto la magia ya algunas décadas antes o, de la misma manera, pudo continuar siendo un misterio hasta mucho tiempo después del día de hoy.

Pero el artefacto que reveló la prospección taumomagnética de grandes alturas de Gareth Grey en el límite oriental de la RDC, y que recién alcanzaron tras un largo mes de expedición y excavaciones, puede poner todo aquello patas para arriba. Es la liebre en el Cretáceo, el reloj de pulsera Casio en la veta de carbón. Es un anillo mágico tan grande como el megalito de Stonehenge, incrustado en la roca cincuenta millones de años antes del tiempo en el que pudo haber existido. Sobre su ubicación se han propuesto explicaciones geológicas, ninguna convincente. Y no existe en todo el conocimiento humano una teoría sobre quién pudo haberlo construido. No puede existir. Es más que inexplicable. Representa una discontinuidad en el universo racional de Grey: un falso enunciado que, gracias al principio de explosión, implica lógicamente la destrucción de todo el pensamiento racional. Todos los enunciados ahora son falsos y verdaderos.

Alienígenas. Viajes a través del tiempo. ¿Una broma pesada?

Pero la cosa es enorme. Los anillos mágicos de la ingeniería moderna son, claro está, tan grandes como sea necesario: una vez Grey vio en el CERN uno tan vasto que se podría atravesar volando en avioneta. Pero no existe un anillo mágico así de grueso y ciertamente no hay anillo mágico factible que pueda pesar tanto como este. En base al escaneo geofísico (pues la mayor parte del objeto permanece enterrado) tiene trece metros de diámetro y dos de alto, siendo el orificio concéntrico interno de un metro y medio de diámetro. Si la cosa fuera de metal sólido, pesaría hasta cuatro mil toneladas —suponiendo que el metal fuese identificable. Podrían moverlo. Les haría falta un ejército, pero podrían moverlo. Un ejército no queda descartado. Un ejército podría hasta usarlo. Con más eficiencia que nadie más, de hecho, en opinión de Grey.

El metal es reluciente y plateado, lo que excluye, pues, al cobre y al osmio y a poco más. Salvo por un pequeño y tenuemente grabado signo « + », es completamente liso por su exterior y por su plana cara superior (de nuevo, hasta donde se ha llegado a excavar). Se ha expuesto a la luz más o menos el cuarenta por ciento de la superficie del orificio cilíndrico interno. Se aprecian labrados, en el borde interno, grandes y pronunciados sellos, y los hay más pequeños labrados en la superficie de éstos, y una tercera tanda de sellos labrados a su vez sobre estos últimos. La escritura es tan densa y precisa como para resultar incoherente; a pesar de lo bien preservada que está la artesanía de metal, desenterrar una parte suficiente de ella como para poder activar el anillo ha sido una tarea penosa. Grey se siente empequeñecido frente a su complejidad. Hace mucho, en la Edad de Piedra de la computación, cuando los recursos disponibles obligaban a escribir programas minúsculos y cuidadosamente plegados e ilegibles, irreductiblemente complejos como para poder encajar, y ni hablemos de ejecutar, ésta es la clase de código que Grey vio y escribió. Estos sellos tienen la misma densidad y el mismo grado de intercomunicación. Inconvenientemente vinculados y orgánicos.

Esa es la palabra a la que teme Grey: «orgánico». Si al artefacto lo fabricara y ensamblara una vapuleante y absurda red neuronal, esto es lo que verías. Si el problema para cuya resolución se diseñó esta cosa fuera tan complejo que su solución no pudiera diseñarse de una manera comprensible, esto es lo que verías. Cuando lo pone en marcha, Grey se siente como una hormiga intentando comprender la mesa de controles de la nave espacial Enterprise. Y cuando la pone en marcha, aun tras n años, la cosa funciona.

La primera vez que le dio arranque, unas pocas picaduras de insecto se desvanecieron de su brazo. Pasó un día entero antes de darse cuenta.

Se oyen más gritos. El túnel es un empinado pasillo diagonal excavado en el costado de una montaña cubierta por la densa jungla. El primer tramo fue fácil: una capa superior de mala tierra (tan roja como Marte y casi igual de fértil), hojas secas y hormigas. Después sobrevino un peligroso trabajo mecánico ruidoso y polvoriento, utilizando maquinaria pesada de escaso mantenimiento y que, por el desgaste del viaje al interior congolés, quedó en peores condiciones. El túnel tiene unos quince metros de largo, con espacio suficiente para estar de pie, pero apenas permite que una persona ceda el paso a otra. La cámara situada al final, donde se está excavando el anillo, es un poco más grande: con espacio para luminarias y una silla plegable. De tener un mes más sin interrupciones, Grey habría quitado todo el techo, exponiendo el anillo al aire fresco por primera vez en —dependiendo de tu hipótesis— decenas, cientos, miles o millones de años. Pero Grey ordenó que se excavara directamente hacia el centro. Él quería verlo. Y es por eso que ahora está atrapado solo, al fondo de una madriguera infernalmente calurosa y polvorienta hasta raspar los pulmones, sin arma alguna con excepción de un cepillo de arqueólogo, una máscara facial y una azada.

Se culpa a sí mismo por llamar la atención. Pudo haber dejado pasar el asunto, que las lecturas inusuales permanezcan inusuales y nunca jamás vistas, y continuar con el trazado de la más grande topología de magia de fondo natural del continente africano. Pero quería ver algo que nadie jamás hubiera visto antes. Quería encontrar un tesoro enterrado.

Grey mira un rato largo hacia el túnel, entrecerrando los ojos por la luz, esperando que alguien se aparezca en la boca. Alguien está aquí por el anillo. No existe alguna otra razón imaginable para que nadie se sumerja tanto en esta jungla. Lo que significa que es tan valioso como temía.

Hay dos gritos más y un murmullo de pasos en fuga y golpes de cuerpos que caen. Pero no suenan armas de fuego. Baja la vista al radioteléfono en el polvo y contempla la idea de contactar a alguien arriba para pedir ayuda, quizás para organizar una distracción. Pero luego cuenta los gritos que acaba de oír… solo pueden quedar uno o dos de los expedicionarios, y estarán huyendo para salvar sus vidas. El sonido de un radioteléfono podría delatar su posición. ¿Podrá él esperar a que oscurezca? Si apagara las luces aquí abajo, ¿podría saltar encima de quien baje a investigar? Sopesa la azada en una mano. Como arma, es totalmente desbalanceada; de usarla se perforaría sus propios miembros por accidente. Quizás podría arrojar la azada fuera del túnel, para que caiga lejos y distraiga a quien sea que estuviese allí fuera el tiempo suficiente como para lanzarse a la carrera hasta el Jeep. ¿Cuántas personas habrá ahí fuera, de todos modos? No pueden ser más de cuatro o cinco. De otro modo hubiesen arrasado todo el campamento en cuestión de segundos, no de minutos.

Se sortean las posibilidades. Habiéndose convencido a sí mismo de que no hay manera de salir de esta con vida, Grey se pregunta si aún puede ganar colapsando el túnel sobre su cabeza, o destruyendo el artefacto. Pero él supervisó la colocación de vigas y soportes con suficiente cuidado como para que lo primero no sea una opción, y en cuanto a lo segundo… se trata de una rosquilla de cuatro mil toneladas de metal. A pesar de sus delicados grabados, le haría falta un ácido muy potente para infligir algo más que una ligera mella.

Y al acabársele el hilo del pensamiento, comprendiendo que no solo está muerto sino además derrotado, se acuerda de lo lejos que está de casa.

Resopla con fuerza y rechina los dientes:

—Maldición.

—¿En qué estará pensando, Dr. Grey? —pregunta una voz. En la boca del túnel, Grey ve la silueta de un hombre calvo vistiendo un traje oscuro, de confección holgada. El hombre no tiene ningún arma a la vista. Se apoya contra el techo de la entrada, dando un aspecto casual.

—¿A cuántas personas ha matado? —exige saber Grey.

—Los cuatro conductores. Los dos ingenieros. El guía y su hermano. La geóloga rubia y el geólogo de pelo oscuro que le gustaba. Y el sujeto que llevaba tus amuletos. Hasta ahí, a todo el mundo. —El hombre sin rostro expone los hechos.

—A todo el mundo. —Grey está de acuerdo. Arroja la azada tan fuerte como puede, por encima del hombro. La trayectoria es tan larga y plana como para eludir el techo y las paredes del túnel. Luego se produce un corte, una transición de la escena. El tiempo subjetivo se pasa por alto.

Él está…

… recostado boca arriba, despertando. Su mente está tan despejada como un cristal. Él es madrugador, pero que pueda recordar nunca se ha despertado tan nítidamente, con tanta claridad. Y menos tras haber quedado inconsciente. No encuentra herida alguna en su cabeza. ¿Gas? Se sienta sobre el lodo y entrecierra los ojos contra la luz. Todavía está en el túnel, yaciendo con su cabeza y torso en el hueco de la dona parcialmente excavada, y afuera aún es de día.

El lodo, descubre cuando se lo quita de las manos y cabellos, no es tierra húmeda. Es una escena sangrienta. Grey reconoce materia gris y trozos de un cráneo. La otra mitad del hueco de la rosquilla, aún tapado por la roca, está mancillado con la sangre de una cabeza entera.

Pues bien. Con eso se responden algunas preguntas.

Previamente, los ensayos experimentales habían demostrado que la máquina podía resolver cortes y heridas y, en uno de los ingenieros, una leve cojera que arrastraba desde hace años y cuya causa no conocía. También se comprobó que podía restaurar la visión normal, lo cual incomodó bastante a Grey, dado que su único par de gafas de sol tiene lentes con aumento. Pero allí estaba el límite. No había posibilidad que se le preguntara a nadie, en nombre de la indagación científica, que se parta un hueso deliberadamente para ver si la máquina podía arreglárselo. Hubiera sido una locura. No ha cambiado de parecer, incluso ahora, de pie frente al patrón de detonación de su propia cabeza detonada.

De modo que puede reparar cerebros partiendo de un estado inicial. Es de suponer que él debió de estar tan cerca como para que guardara una plantilla desde la cual comenzar a trabajar. Sería imposible, ciertamente, colocar una mente humana debidamente en su lugar otra vez sin alguna clase de plantilla de «confirmado–buen–estado» a partir de la cual se ponga a trabajar.

Grey se ríe con estridencia:

—Es imposible.

Vuelve a pensar en la transición y se pregunta cómo haría para detectar otras inconsistencias en sus propios recuerdos bajo estas circunstancias. ¿La máquina restauró su mente por completo, o parcialmente? Quedan pendientes otras cuestiones. ¿Puede llegar a tratar las enfermedades mentales? ¿Qué hay de la ancianidad extrema? ¿Qué hay de los no–humanos?

No hay bala ni agujero. No recuerda ningún disparo. Ni siquiera un silenciador. O haber notado que se alzara un arma.

Trepa hasta la boca del túnel y saca la cabeza, pestañeando. La luz del sol reluce tanto que siente como si le pesara físicamente. Debajo de la boca del túnel está el camino naranja, ancho y fangoso, que conduce al campamento, un amplio claro plagado de tiendas de campaña, vehículos estacionados y generadores diésel. Desde su ubicación, Grey puede contar siete cadáveres. Las heridas de bala que puede ver parecieran ser limpios disparos al pecho. Pero no percibe al hombre. No puede ver a nadie con vida.

En silencio y con extremada precaución, se mueve hacia el campamento a través de los árboles en vez de ir por el evidente camino. Si consigue llegar a su tienda, podrá abrir el pequeño baúl de metal cerrado bajo llave, y ensamblar su rifle. Así podrá usarlo para tener sus nervios bajo control mientras elabora un plan.

—He dicho, ¿qué te parece? —le pregunta la misma voz, esta vez desde atrás. Grey se comba, sus esfuerzos por andar a escondidas en vano. Se da la vuelta. El hombre calvo emerge del mismo túnel excavado, que tendría que estar vacío, pero Grey está muy cansado como para incorporar esa última rareza. El hombre es alto y muy joven. Es más: casi un muchacho. Como mucho supera los veinte. Es joven y su postura es casual, manos en los bolsillos. Su traje de lino es holgado y su chaqueta no está abrochada; Grey no atisba ningún arma. Mira a su alrededor sin encontrar cómplices.

—Puedes quedártelo —dice Grey—. No me importa lo que hagas con él. Solo dame el tiempo suficiente para usarlo y traer a mi gente de nuevo a la vida.

El joven apenas sonríe y mueve la cabeza.

Grey oculta su ira. Decide jugar el juego del chico, para ganar algo de tiempo:

—Obviamente se trata de un doctor. Lo sospeché al notar el símbolo de la Cruz Roja en el frente. Es la realización mecánica del concepto abstracto: una máquina que mejora a las personas. El aparato médico más complejo que jamás se haya creado, un millón de veces más complicado que cualquier aparato médico que yo haya visto y mil veces más complicado que el mismísimo cuerpo humano cuya curación forma parte de su diseño. Y… no puede existir. No puedo siquiera concebir una magia tan avanzada. Ningún ser humano podría, sin importar su coeficiente intelectual. No puede existir. Soy un mago y sé que la magia no es así.

—Pero ¿qué te parece?

—¿Qué me parece qué cosa?

—¿Qué te parece que va a suceder ahora?

—Es obvio que tú y quien sea que esté contigo van a asesinarme y llevarse la máquina.

—¿Y si no hiciera tal cosa?

Grey pestañea.

—… tendríamos que llevarlo a un laboratorio —dice—. Porque con uno no alcanza. Si pusiéramos esa cosa en el lugar más accesible de la Tierra y armáramos un sistema de procesamiento humano diez veces más complicado que La Meca, y obligásemos a que la gente atravesara la máquina una vez, una cada dos segundos, por toda la posteridad, ni aun así sería suficiente. No se observaría el efecto estadístico. No haría mella en ninguna de las tasas. Y es por eso que necesitamos hacer muchas más. Millones. Esto es… es Medicina Fuera de Contexto.

—¿Y luego qué sucedería?

Grey mira hacia el posible y distante futuro:

—La medicina tal como la conocemos… se convertiría en magia. Todo lo que sabemos acerca de la medicina quedaría revolucionado. Escribiríamos bibliotecas acerca de lo que la máquina le produce a las personas, la diferencia entre una persona rota y una reparada. Y luego nos desharíamos de esas bibliotecas porque nunca más las volveríamos a necesitar porque todo el mundo viviría hasta ciento veinte sin hacer un esfuerzo. Si vivieras dentro de la máquina podrías vivir por toda la eternidad. Y si existe el modo en que la máquina pueda revertir el desgaste del telómero, entonces todo el mundo en la Tierra podría vivir para siempre con solo una visita periódica. Podrías tener juventud eterna. Para todo el mundo.

—¿Y después qué?

—¿Y después? —Grey se concentra—. No habría… no habría catástrofe Malthusiana alguna. No habría necesidad. Porque ya no te hacen falta ni el agua ni la comida. Le das una visita a la máquina. ¿Desnutrido? Una visita a la máquina. Sales por el otro lado alimentado e hidratado. La comida se vuelve un artículo de lujo. La capacidad del planeta se convierte en una función del espacio físico. Quizás si pudiera adaptarse esta tecnología, todo el mundo podría impregnarse de este poder restaurador. No necesitarías comer, ni beber. Ni respirar. El aire no te haría más falta. Tendrías… tendrías que redescubrir la muerte.

El joven calvo reflexiona durante un largo rato, y luego pregunta:

—Una historia posible, ¿no crees?

Grey sonríe, sombrío.

—Claro que no. Ni la mitad.

El joven dice:

—Esto es lo que creemos: una de las principales compañías de investigación en medicina compra los derechos para estudiar, poseer y operar la máquina. A grandes costos y esfuerzos, consigue duplicarla. Quieren ganancias en relación a su inversión. Construyen ocho máquinas, las montan en establecimientos médicos construidos expresamente en distintas ciudades del mundo y venden la mejor atención médica teoréticamente posible solamente a quienes puedan gastar millones de dólares por cada visita. Cuando sale a la luz la naturaleza del negocio de la organización, se vuelve objeto de duras litigaciones, espionaje industrial y eventualmente ostensibles ataques físicos. Se le niega acceso a un hombre por motivo de sus aparentes crímenes de guerra; a otro hombre se lo admite, de él también se advierten crímenes de guerra. Al mismo tiempo aumentan ciertas tensiones sin conexión con este asunto, pero que amplifican la situación. Estalla una total Guerra Europea.

»En realidad, lo más probable que suceda es que la máquina resulte induplicable. Cuando se la lleva a un territorio neutral, como por ejemplo, La Haya en Países Bajos, se vuelve el núcleo de una comunidad de peregrinos enfermos y agonizantes que, desesperados, hacen una fila para exponerse una sola vez a la máquina, la cual no puede procesar físicamente a uno en cien pacientes que necesitan de su tratamiento. Se funda una segunda ciudad en las calles de la primera. El crimen consume primero a ambas ciudades, y luego las enfermedades, y luego la violencia. En una última serie de revueltas, irrumpen en el complejo y la máquina queda en manos de doce grupos diferentes solo a lo largo de una semana. Finalmente, el ejército neerlandés termina el conflicto desactivando la máquina de manera permanente.

»Sin embargo todo eso es una probabilidad remota porque, en primer lugar, es muy difícil que consigas sacarla de la RDC sin inconvenientes. Hay ocho naciones africanas incluyendo a la misma República Democrática del Congo que toman conocimiento de la existencia de la máquina y se embarcan en una guerra interminable, de largas décadas, para ganar posesión de ella. Las naciones occidentales se involucran en el conflicto y en la guerra se pierden millones de vidas y finaliza con un bombardeo nuclear táctico por parte de los Estados Unidos sobre las instalaciones en las que se conserva la máquina. Aun cuando se estime que la máquina ya se había estropeado muchos años antes al punto de quedar irreparable, el bombardeo se considera la mayor catástrofe humanitaria de todos los tiempos.

»Pero es muy posible que todo eso tampoco llegue a ocurrir. Digamos que los EE.UU. ganen la guerra. Capturan la máquina y se la llevan al búnker subterráneo bajo la Casa Blanca, donde solo se permite el acceso al Presidente, su familia y su gabinete. La tecnología médica se estanca deliberadamente y nunca alcanza el pináculo que debería alcanzar.

»Y aun así, que nadie vuelva a utilizar la máquina es algo inverosímil. Realizamos más cálculos y simulaciones y vemos que se consigue el desensamblaje de la máquina, y la adaptación de los principios que ella aplica para otros fines que la inmediata y perfecta restauración de seres humanos vivos y muertos. Señor Grey, usted ha sido testigo de la facilidad que tiene para curar. ¿Puede imaginarse cuán fácil le sería matar?

»La efectiva verdad quedará inevitablemente en medio de todas estas posibilidades, pero me parece que usted comprende cuál es el asunto que comparten. La muerte gravita en torno a esta máquina, como una maldición. La madre de todos los Macguffins.

Grey se imagina lo fácil que sería matar a alguien. Ya no te haría falta un arma. Podrías crear una bala y darle movimiento rectilíneo. Podrías sencillamente tomar un cuerpo humano vivo y «corregirlo» a un cuerpo vivo con un hueco por dentro.

—Y así es como comprendes —concluye el joven— que tienes que permitir que la llevemos y guardemos en algún lugar más a salvo.

—Que la lleven de regreso, querrás decir —dice Grey.

—… en efecto.

—Tuvo que haber sido tamaño accidente para ir a parar dentro de una montaña —dice Grey—. ¿Cómo es que la perdieron?

El joven se encoge de hombros.

—¿Y cómo supieron que la habíamos encontrado? Yo elegí a mi equipo en base a su lealtad. Hasta ayer, ni siquiera les di una pista de lo que yo creía que esa cosa en verdad era. Y sé que ninguno de ellos usaron el teléfono satelital.

—Magia.

—Y entonces ¿quiénes son ustedes?

—No puedo decirte eso.

—Pero sí me vas a matar.

Por respuesta, el joven señala con su cabeza a la boca del túnel:

—Sigue siendo un riesgo. Está claro que lo comprendes.

Grey lo comprende. El joven prosigue:

—Todo lo que puedo decir es que somos los que realizan los cálculos. Desde luego, no hay nadie que pueda predecir el futuro con precisión pero tras diez mil simulaciones de alta fidelidad de los mismos eventos, algunas conclusiones resultan más probables que otras, y luego, cuando analizamos las estrategias, esa es la recomendación más firme.

Grey pone los ojos como platos. Levanta una mano, su mente a la carrera, su corazón a la carrera:

—Un momento. ¡No, espera!

El joven saca su mano derecha del bolsillo y dice:

—Uno más, por favor —al parecer a nadie en particular antes de apuntar a Grey con sus dedos índice y medio.

—¿Qué tan buenas son sus simulaciones? ¿Qué clase de fidelidad? ¿Era yo un componente? ¿Podrías serlo tú? —Grey entrega cada una de las preguntas en casi tres segundos.

Hay una pausa. El muchacho no baja su mano, pero Grey ha captado su atención.

—¿Como empezaría la simulación? —Grey continúa—. Si estuvieras simulando esta estrategia, ¿cómo empezaría? ¿Comenzaría tomando la decisión, cierto?

Una pausa más larga.

—Empezaría precisamente de esta manera —dice Grey—. Sin importar la opción, sin importar el resultado. La estrategia a comprobar es X. De modo que crean una simulación en la cual la estrategia elegida fue X. En la simulación, a ti te dan la orden. En la simulación, un tú simulado lleva a cabo la estrategia X. Y a medida que se desenvuelve, los simuladores observan los resultados. Recaban los resultados de X, Y y Z y los apilan todos juntos. Luego escogen el mejor de todos y salen al mundo real y lo efectúan, de veras.

»Piensa un poco. Tú, , sabes todos los resultados posibles partiendo de que nadie hace nada, nadie interfiere —dice Grey—. Porque esas simulaciones ya están hechas. Pero tú no sabes cuáles son las otras opciones de interferencia. Tú no sabes cuáles son las otras hipótesis. Acerca de Y y Z y las demás. Esa es la única manera en que podrías probar que esto no es una hipótesis, porque esa información es la única información que está garantizada de no estar disponible dentro de la hipótesis. Y no la tienes. Y esa no puede ser la solución correcta porque no tiene sentido. ¿Matar para prevenir más muertes? ¿Matar para prevenir una revolución medicinal que literalmente podría salvar toda vida? Esta tiene que ser una de las hipótesis defectuosas. Eso significa que ni tú ni yo existimos. Esto no está sucediendo. Y es por eso que no importa si no me matas.

—En ese caso no importa si sí lo hago…

—La cuestión es que X no tiene que ocurrir aquí. Haz que esta sea la que tú cobraste una inesperada consciencia y desobedeciste órdenes. Guarda tu… ausente arma. Quizás eso sea lo que ellos de veras quieren ver que ocurra. Te ordenan que hagas X pero quieren que yo te imponga Y y así pueden ver cómo se desarrolla Y. Ellos quieren ver qué sucede si… me dejas intentar salvar a todo el mundo. —Grey clava la mirada en los ojos del joven. Grey intenta obligarse a creer que advierte allí un indicio de duda.

Ocurre la pausa más larga.

—No —dice el muchacho—. Esto es real.

Le dispara a Grey. Sin arma. Sin bala. Abre un hueco en el corazón de Grey.

 

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