Todo Es Real

Antes

No hay lugar para medidas insuficientes en el combate espacial. Cuando un disparo fortuito acierta, no hay bandazo ni tambaleo. No existen los «escudos al sesenta por ciento». Si los sistemas del coche espacial conceptual hubiesen tardado en responder a las ondas de choque, sus ocupantes ya estarían hechos pasta. Si una millonésima parte de la energía entrante hubiese atravesado los escudos del coche, todo el vehículo habría sido atomizado.

Así pues, Natalie y Anil se han salvado, pero les resulta imposible sentirse a salvo. El primer ataque de la Guerra Abstracta significó la destrucción simultánea de sesenta mil Tierras, pero para ellos no fue más que un show de luces, una pasiva experiencia en el lado interior del parabrisas. El coche ni siquiera se sacudió: realiza todas sus operaciones en completo silencio, y su interior continúa tan prístino y preciso como su exterior. Maniobra como una crema suave.

Han pasado veinte minutos desde que comenzó la Guerra. Ahora están por detrás de los restos de la superficie en expansión, observando cómo las piezas de Tierra–8162 se esparcen hacia el espacio. Anil orienta el coche de frente al Sol, y hace un balance de la situación.

—Así que no nos evacuaron —dice—. Supongo que no nos tuvieron en cuenta. No creo que debamos dar una señal de rescate, no con esa cosa que está ahi permeando todo este sistema.

Natalie no dice nada.

—Si Ra nos quiere muertos, estamos muertos —prosigue Anil—. No hay nada que podamos hacer para defendernos de una IA enloquecida de tal poder y tamaño. Así que supongamos que no quiere matarnos. Todavía. Podríamos estar contaminados de la clase de locura que afecta a la cosa, en cuyo caso también estamos definitivamente muertos. Supongamos también que estamos libres de eso. Supongamos que estamos por debajo del radar de Ra y que podemos seguir así. Pues tomemos las precauciones necesarias. Vayamos de incógnito, si es que eso significa algo, y actuemos con discreción e inofensivamente. Encontremos refugio, en algún lugar donde podamos escondernos a salvo.

—¿Por cuánto tiempo? —pregunta Natalie. Apenas hay una pregunta allí. Apenas si le importa.

—El que sea necesario —dice Anil, pidiendo a la IA esclava local que sugiera planes de vuelo a través de la vorágine de cáscaras detonadas de planetas—. Esto tiene que acabarse en algún momento. Tenemos que sobrevivir todo ese tiempo.

—¿Por qué?

Anil mira con recelo a Natalie:

—¿Cómo «por qué»?

—Tal vez no se acabe hasta que estemos muertos —dice Natalie, distraídamente—. Nos han traído aquí por un motivo. Tal vez sea eso. Estamos aquí para morir.

Anil fija la mirada en Natalie por un momento. Resopla con desdén y vuelve la atención a los controles:

—En ese caso, ya lo sabíamos, ¿no? —dice—. Es lo mismo que en la realidad. Vives hasta que mueres: fin. No me cuesta lidiar con eso. Y a ti tampoco debería.

El coche conceptual se dirige hacia fuera de la destrozada pista del cinturón terrestre y acelera. Una presión suave hunde a los pasajeros contra el respaldo de sus asientos; no tanto por necesidad, sino solo para que tengan la tranquilidad de estar sintiendo la aceleración.

Tras un largo minuto de silencio, Anil añade:

—Otra vez te saliste del guion.

—¿Qué?

—Eso es lo que quisiste decir, ¿cierto? ¿«Dejarlo salir y reiniciar»? Estás bien —le explica.

—Eh, ¿qué?

—Le puedes hallar el truco a todo esto. Ni siquiera sé por qué estás tratando de dar una impresión diferente. Hace un día que te conozco y ya puedo ver eso en ti: eres tan tranquila cuando estás bajo presión que en verdad eso te asusta más que la cuestión misma. No sé, ¿todo ese nihilismo es solo porque te sientes culpable de ser tan genial?

Natalie está algo más que un poquito sorprendida:

—… estaba llorando, hace un rato. De verdad.

—Ah, sin duda —concuerda Anil—. Hacía falta. Eso habría tenido que pasar, sin importar quién fueras. Pero aparte de eso, lo tienes completamente bajo control. ¿Sabes qué es lo que pienso? Esta historia es la tuya. El motivo por el que estás aquí es para patearle el culo a esta estrella forajida y luego regresar a casa con cierta confianza divina.

Natalie sacude la cabeza, algo incrédula:

—¿Y tú por qué estás aquí?

Esa es fácil:

—Para dar perspectiva.

*

Había una ciudad en el polo norte de Tierra–1. Era del tamaño de la París moderna, demasiado masiva como para haberse construido encima de una capa de hielo flotante, por lo que se construyó sobre pilotes cimentados en el lecho rocoso del océano Ártico. Una meseta de vidrio artificial endurecido se extendía horizontalmente bajo el hielo, haciendo las veces de plataforma para todo lo demás.

Sobre el mismísimo polo se elevaba un rascacielos, construido a partir del mismo material scrith como en las Tierras vecinas. Pasaba por mucho la línea de Kármán hasta concluir en un asteroide capturado que hacía equilibrio en su ápice, como el pimpollo de una flor de ciento cincuenta kilómetros de altura.

La ciudad se llamaba Quáliquat, y el asteroide era XE171. La ciudad fue arrasada y el asteroide se ha ido, al igual que los dos tercios superiores de la torre, dejando una ruptura ennegrecida y dentada. El asteroide aterrizó en alguna parte de Groenlandia.

De la Groenlandia original, es decir. La Tierra, la original, era el único planeta físico de cuerpo entero del cinturón terrestre, y por lo tanto la única estructura lo suficientemente maciza como para sobrevivir al ataque inicial, digamos, intacta. Es el último espacio más o menos habitable que queda en el sistema solar interno, y en sus polos están las áreas menos dañadas.

Natalie y Anil aerofrenan sobre los restos de Quáliquat, extrayendo el calor del aire comprimido delante de ellos y canalizándolo a sus reservas de energía limpia, aproximándose con tanta suavidad y tan poco alboroto que les resulta espeluznante. Es la noche local; navegan gracias a la visión nocturna y el radar de microondas. La ciudad pareciera estar hecha de bloques de edificios dispersos y abundante glasé, pero debido al vidrio expuesto se asemeja más que nada a la parte inferior de un disco compacto.

—¿Por qué? —pregunta en voz alta Anil, refiriéndose a la torre, al pasarla de largo. Tiene un espesor de kilómetros, hilada a partir de nueve gruesas trenzas. En su base se expande como una secuoya que ha logrado sustento, y aun así no puede darle explicación alguna—. ¿Por qué poner un ascensor espacial allí, de todos los sitios posibles? Aunque tengas los materiales que te permitan erigirlo genuinamente, ¿qué sacas de eso? No es favorable a la inserción orbital…

—No creo que a esta gente le importara lo favorable —dice Natalie—. No es más que el estilo arquitectónico. El movimiento «Porque Se Puede».

Maniobran hasta realizar un aterrizaje controlado sobre el linde suburbano del Ártico, una zona sin desarrollar incluso antes del ataque. Aquí no hay hielo superficial, solo limpio vidrio azulado, reforzado con una rejilla interior de scrith para otorgarle resistencia. Tendría que haber cabañas, iluminadas con la luz de cálidos hogares interiores. Tendría que estar iluminado de la luz artificial equivalente a varias lunas, originada en la parte superior de la torre XE. Un profundo y acogedor invierno a la sombra de una tecnología extrema. En este futuro todo el mundo vivía constantemente de vacaciones. Pero aún no hay pueblo, y la torre ya se ha apagado. Se ha evacuado a la humanidad del sistema interior en su totalidad, vivos y muertos. El cielo está completamente despejado, sin contar las estrellas fugaces.

Ir de Tierra–8162 a Tierra–1, puerta a puerta, llevó poco menos de doce horas. La ruta que siguieron se calculó para minimizar el tiempo de tránsito; en consecuencia hubo una aceleración máxima seguida de una máxima desaceleración. Fue muy arriesgado, y de un brutal exceso de delta–v, y con solo un mínimo margen para equivocarse. Pero la alternativa era quedarse en el cinturón UA–1, una zona del espacio poblada de vertiginosos pedazos de planetas artificiales desintegrados. Llamarla «cinturón de asteroides» no le haría justicia a la nube; hay suficiente material en ella para formar un anillo similar al de Saturno.

Una vez que el vehículo está en el suelo e inmóvil, Anil revisa el tablero de instrumentos:

—Ahí gastamos todo el presupuesto de delta–v —anuncia—. Queda suficiente para dar unos cuantos tumbos de emergencia. Tumbos sin reacción, quiero decir, si es que necesitamos lanzarnos hacia arriba en serios apuros.

—¿Podríamos volver a entrar en órbita? —pregunta Natalie.

—Ni de cerca.

Natalie se baja. No le hace falta estirar las piernas; el traje se ocupa de todas sus necesidades corporales, desde protección contra impactos hasta rascarle la nariz cuando pica. Quiere presenciar el estado de cosas. Se sube al capó y escudriña el horizonte. Los faroles y las luces interiores del coche arrojan un pequeño círculo amarillo sobre el suelo, más allá del cual no hay casi nada para ver excepto oscuridad. La torre solo puede discernirse gracias a las estrellas que oculta. En el infrarrojo, el mundo tiene apenas un poco más de sentido.

Es de noche, y seguirá siendo de noche durante cuatro meses más. Desde aquí, el Sol dará vueltas y vueltas alrededor del horizonte, sin alzar nunca. Fue algo instintivo, esconderse de la luz de esta forma. ¿Si tener línea de visión con Ra los pondría de verdad en un peligro mayor? Es una incógnita. Bien podría ser que el peligro fuese constante. El mundo sigue empapado de las escuchas de Ra.

Natalie y Anil han resuelto las reglas. Los trajes no se han de quitar por nada. Los trajes los protegen al nivel atómico.

—Dicho eso —prosigue Anil, obteniendo más lecturas—, aún tenemos interminables reservas químicas/eléctricas/calóricas, y podemos transformar el coche en lo que sea que necesitemos. La clase de cosa que empuje el universo para moverse, quiero decir. A lo vieja escuela. A lo Tercera Ley.

—O sea en un coche.

—Algo así.

Estrellas fugaces. A la mirada de Natalie, un fragmento de cuarenta kilómetros de largo perteneciente a Tierra–5 ingresa en la atmósfera. Se enciende el tiempo suficiente como para iluminar toda la torre a su paso:

—Deberíamos ponernos a salvo —dice, saltando a tierra—. Este planeta está siendo bombardeado. Y va a continuar bajo el bombardeo durante por lo menos otro millón de años.

Anil mira por la ventana del vehículo y derecho hacia abajo. Una indicación en su casco le informa que sería posible hacer un agujero en el vidrio reforzado, pero a un excesivo costo en energías.

—Deberíamos ir a la torre —dice Nat, justo cuando él llega a la misma conclusión. Tras un breve comando, el vehículo se hincha cambiando de configuración, irguiéndose sobre sus nuevas ruedas de camión monstruo.

*

Llevan diez minutos conduciendo a través del barro helado cuando Natalie divisa la figura a través de su ventana. A la primera ojeada cree que sus ojos la engañan. A la segunda presta atención. Le pide a Anil que detenga el coche. Anil no se esperaba esto, creyendo que Natalie era la que conducía. Al parecer, el coche se había guiado felizmente a sí mismo.

Apenas han entrado en los límites de la ciudad hecha ruinas. Bajo los pies hay barro y hielo recongelado, con retazos de vidrio expuesto. La figura que Natalie ve está en el techo de un edificio de cuatro pisos. El edificio está en la penumbra, pero incluso en mitad de la noche polar y casi enterrado bajo la nieve, su diseño resulta estéticamente agradable. Se ven inusuales extrusiones, como si el edificio hubiera estado conectado con otros, o fuera parte de una estructura mucho más grande. Quizás sea un pedazo del rascacielos.

—¿Todavía usan… edificios? —cavila Anil en voz alta.

Natalie alumbra a la figura, que desaparece inmediatamente. Desactiva los sonidos simulados (el traje estaba añadiendo efectos de sonido para el crujir de las botas, etc.) para obtener el audio externo original, pero no obtiene otra recompensa que el mismo rugido del viento.

El edificio destella a la luz del reflector. Pareciera estar hecho de un espeso y oscuro cristal.

—En esta parte del planeta los ataques no acertaron el golpe con tanta fuerza —dice Natalie, por lo visto para sí misma—. Un golpe de vista.

—¿Cómo?

—Me pregunto cómo será la vaguada ecuatorial… Tienen que haber cristalizado a todo el Sahara.

—Si queda gente, deberíamos…

—No queda nadie —dice Natalie rápidamente.

—¿No? —Algo suena en el oído de Anil, con urgencia. Revisa su muñeca—. Tenemos que irnos.

Natalie vuelve al coche y continúan la marcha. El camino se vuelve más accidentado, pero los neumáticos simplemente se expanden hasta conseguir el agarre requerido, a veces teniendo que elevar la carrocería del coche para hacer lugar. Bordean más pedazos de rascacielos estallado y atraviesan ventisqueros.

Después de varios kilómetros, divisan una figura en medio del camino. El coche avanza derecho hacia ella, sin tenerla en cuenta. Anil está a punto de gritar algo acerca del radar delantero y Natalie está haciendo una inútil solicitud para que el coche se detenga cuando la figura abre fuego, rociándolos con un cóctel de radiación ionizante e interferencia electromagnética. La radiación es invisible, pero el exterior del coche se ilumina con urgencia allí donde absorbe la radiación. La interferencia ya era tan intensa como para dañar el cerebro distribuido del coche. Al cabo de medio segundo el vehículo está totalmente corrompido y, acatando órdenes externas y nocivas, deja de existir.

Anil y Natalie caen sobre la nieve a cincuenta y tantos kilómetros por hora, y ruedan con fuerza. Anil frena tendido a los pies de la figura. Es alta como un rastrillo, con huesos ilógicos y enormes puntas de dedos en lugar de brazos o piernas. Es…

Con un desgarrador sobresalto, Anil lo reconoce. Es el demonio muerto de la D12A. Una pesadilla en particular hecha realidad, que ahora lo es todavía más. Puede olerla, aun en su traje herméticamente sellado. Reconoce el hedor con gran claridad. Huele a piel sin lavar salida del interior de un yeso recién abierto.

¿Es solo su cerebro rellenando los detalles adicionales? ¿O la cosa ya ha entrado en los sistemas de su traje?

Anil se revuelca y se pone en pie. Natalie también está de pie, pero mirando en todas las otras direcciones.

—Estamos rodeados —informa.

—Los sistemas del coche colapsaron sin más, como un maldito soufflé —dice Anil, aferrándose a Nat mientras retroceden.

—Estoy intacta —dice Natalie. Su radar activo detalla ciento diez sombras aproximándose. Reconfigura su antebrazo derecho a un cañón de rayo plateado y vaporiza al primer demonio.

El traje de Anil no le muestra nada que sea útil. Todo lo solicitado llega en forma de opacos cuadrados negros en el visor de su casco, y no puede descartarlos. Obstruyen su visión cada vez más.

—Yo no. Tengo un problema. Nat, reconocí a esa cosa.

Natalie barre el pie a través de la fina capa de nieve, exponiendo la calzada de zafiro debajo.

—Ra ya está sobre nosotros. Deberíamos habernos quedado en el espacio.

—Sobre mí —la corrige Anil—. Ra está sobre mí. Puede que tú tengas un poco más de tiempo. Creo que se ha metido en mi cabeza. Nat, mira dónde estamos.

Natalie sujeta a Anil por el pescuezo y bombea energía limpia hacia su traje, incinerando las nanomáquinas invasoras de Ra. Tiene que emplear más de la mitad de sus propias reservas de energía limpia, y tan pronto como lo suelta, Anil se infecta de nuevo. No puede hacer nada con la programación corrompida.

—Anil —dice Natalie—, ¿cuándo creaste tu caché de energía personal?

—Cuando nosotros… Justo después del ataque láser, ¿cierto? Tan solo unos segundos después que Ra enloqueciera.

Natalie duda el tiempo suficiente para que la siguiente frase resulte significativa:

—Yo hice la mía antes que eso.

—La tuya… ¿Tenemos cachés por separado?

—Creí que algo iba a pasar. Construí mi propio Ra portátil. Yo soy paranoica. Trato de estar un paso por delante.

—¿Lo hiciste antes del ataque?

—Como sesenta segundos antes —dice Natalie. Lo empuja a Anil al suelo y proyecta cortantes campos verticales en todas direcciones, uno a través del cráneo de cada acechante espanto. Con esto incapacita a la mitad de ellos. Accede a su larga lista de armas y hojea el resto como a un Rolodex, en busca de algo eficaz y químico.

—He estado contaminado todo este tiempo —se da cuenta Anil—. Y tú…

Natalie dispersa rosados trozos metálicos de algo fieramente peligroso en el suelo, a su alrededor. A medida que los pedazos comienzan a humear, comanda «jets» y tira de Anil saliendo del terreno, dejando un pilar de llamas por debajo. Los demonios los siguen con rayos láser y armas convencionales de proyectil, que los trajes de Anil y Natalie apenas son capaces de rechazar. Aterrizan de golpe, un kilómetro más cerca de la torre, pero todavía desesperadamente lejos de ella. Natalie se levanta en el acto, Anil queda de rodillas. Más demonios comienzan a incubar bajo la nieve a su alrededor.

—No creo que pueda esterilizarte correctamente —dice Natalie, hojeando aún más opciones en el visor de su traje—. Aún estamos rodeados de partículas Ra, y nuestros sistemas están operando al límite para mantenerlas a raya. La IA de tu traje se está volviendo del revés, se pondrá en contra tuya en cualquier momento. No creo que pueda conseguir una copia en limpio de tu estado mental.

—Si vas tan por delante de todos nosotros —grita Anil—, ¿para qué me necesitas con vida?

—¡Qué pregunta estúpida! —le grita a su vez Natalie.

El casco del traje de Anil se torna negro total, y él grita como quien sabe exactamente lo que le está pasando.

A falta de alternativas, Nat emite una señal de auxilio por radio. Es un acto de desesperación absoluta. Podría atraer a todo Ra sobre sus cabezas, pero, ¿cómo podría eso empeorar las cosas? Ahora empieza a entender lo que Anil le estaba diciendo.

Alguien responde. De inmediato.

¡Intercesor 200C9A66 a los idiotas sin indicativo! ¿Tienen la menor idea de las acrobacias que estoy llevando a cabo para recogerlos? ¡Prepárense para la extracción en treinta y cinco segundos, y contando! ¡Esto va a apestar jodida y soberanamente!

Como un trompo gira Natalie, avistando sin duda un cohete espacial que asciende sobre el horizonte sur hacia ellos. La nave es gruesa y de brillantes colores, con tres aletas, algo salido de la ficción barata de los años cuarenta. Pero todo lo que puede ver es la llamarada de su único y enorme motor químico, dirigido casi en línea recta hacia ellos, desacelerando. Ella grita por radio:

—¡Demuéstranos que no eres Ra!

Se encienden puntos rojos por detrás del solitario motor, identificables gracias a una fuente de datos suministrada por el intercesor. Hay suficientes de ellos para cubrir todo el cielo en esa dirección. Se trata de arpones cinéticos y submuniciones nucleares minúsculas y artificialmente inteligentes. Los cuales no están desacelerando. Están por converger en el intercesor, y el primero de ellos llegará a zona cero menos de un segundo después que lo haga el propio intercesor:

Eso es Ra —le informa la voz.

Lo cual no alcanza a ser prueba suficiente.

Nat la acepta de todos modos.

—A mi amigo no le quedan treinta segundos. Necesita apoyo nanotécnico de inmediato. ¡Su traje lo está masticando de a pedazos!

—Entendido —responde el intercesor. Su tono es apagado.

—¡¿Cómo que «entendido»?! ¡Se va a morir!

—Amiga, yo ya morí sesenta y ocho veces para llegar aquí y todos vamos a morir muchas más que eso cuando partamos. Prepárense.

—¿Qué tengo que hacer?

Anil cae de costado. Está convulsionando y arañando su casco, y ya no se le puede oír.

El intercesor repite:

—Pre–pa–ren–se.

Una fracción de segundo antes del impacto, cuando Natalie está segura de sentir el calor del motor, éste se apaga. Un incisivo y familiar láser rojo sale hacia afuera y hacia atrás, en un movimiento entrenado como de cuchilla de chef, que recorta un círculo de quince metros de ancho alrededor de ella y de Anil. Un pulso controlado de momento lateral y descendente empuja el círculo de vidrio debajo de sus pies. Queda un hueco vacío entre la parte inferior de la meseta de cristal y la superficie del océano Ártico. Ambos caen como ladrillos en la oscuridad.

El cohete espacial los persigue en un ángulo rasante y cincuenta veces más rápido, escurriéndose por el hueco con una holgura de meros milímetros. La nave apenas yerra a las dos figuras en caída libre, golpeando el agua primero y con mucha más fuerza. El círculo recortado se vuelve a colocar en su lugar, y el mismo láser sella el vidrio tras ellos. El motor campana chilla por la súbita disipación del calor.

Nat impacta en el océano. Anil impacta en el océano. El cohete espacial los envuelve con escudos anticontusiones. Y llega Ra.

Hay otro espectáculo de luces, tan brillante como para convertir el fondo del océano en luz diurna. La capa de cristal scrith ni siquiera resquebraja.

Anil flota por encima de Natalie. Ella está boca arriba. Él está boca abajo e inerte, silueteado contra la luz, su casco todavía negro.

200C9A66, en el asiento del piloto, pondera sus opciones. Jugar en contra de Ra tan de cerca es como un ajedrez de quinientas dimensiones. Aun así, ha conseguido cruzar el tablero.

Trae a los intrusos a bordo con un ¡paf! de transmisión de la materia. Digitaliza sus patrones y pone sus formas corpóreas a salvo de las escuchas de Ra; es decir, incinera sus trajes y sus cuerpos hasta que no queda nada.

Sigue adelante.

*

La adquisición física era un componente no negociable del perfil de la misión. No se puede rescatar un alma del Hades con caña de pescar. 200C9A66 tuvo que descender al pozo gravitatorio en persona y, en el camino, luchar contra hordas de demonios.

La extracción física, por otra parte, nunca estuvo siquiera en la negociación. Anil y Natalie y su pastor intercesor ahora son señales, viajando a través del Sistema Solar una escala tras otra: mástil a parabólica, asteroide a sonda a innumerada roca espacial. 200C9A66 se escinde a sí mismo, una versión sigue adelante para asegurar cada instalación receptora mientras que la otra defiende a la transmisora de los ataques nucleares/electrónicos de Ra. Cruzan el cinturón de asteroides cinco veces en el intento de perder a los perseguidores, que son capaces de corromper y reutilizar los transmisores capturados para seguirles el rastro, y a veces para anticipar destinos futuros. Desde la perspectiva de 200C9A66 —es decir, desde la perspectiva de la única instancia de 200C9A66 que sobrevive hasta el final— la extracción toma alrededor de ochenta tensos y subjetivos segundos. Natalie y Anil, viajando en forma de datos, no perciben nada. Un observador, de estar ubicado por encima del sistema y usando falso color, vería paquetes rojos y azules revoloteando a través del espacio, de nodo en nodo, como en algún minijuego de hackeo interplanetario que llevara unos seis días de tiempo real en completarse.

Finalmente despistan a su perseguidor en un minúsculo QB1, a cuarenta y tantas UA del Sol y muy por encima de la eclíptica. Sin que la roca tenga nombre, 200C9A66 —su primer visitante humano— decide que le toca nombrarla. La nombra «Cubeún». Toma un respiro por el lapso de un lujoso segundo, y los transmite a todos a casa.

El final de la línea está en Sámate, que orbita casi a tanta distancia de Neptuno como la que hay entre Mercurio y el Sol. En comparación con el resto de la ruta, Sámate es una metrópoli bulliciosa, pero no sigue siendo mucho más que un guijarro sin valor en la gran trama del Sistema Solar. En la lista de las lunas más notables del sistema, apenas si roza las cien primeras.

La señal de Natalie se envía al laboratorio. Ellos colocan sus particularidades genéticas en una tina, verifican el gasto con la Oficina de Guerra, e inician el procedimiento de clonación. Llevará algunas horas construir una cosa lo suficientemente madura como para que pueda habitarla. Su nivel de tecnología no está muy por encima del batir la mantequera.

200C9A66 regresa a su cuerpo original, y va a darse una ducha.

Cada vez que se escinde, tiene un cincuenta por ciento de posibilidades de ser el que termina muerto. Eso significa que él —el de la ducha— es el que ha ganado el lanzamiento de la moneda doscientas veces seguidas. Esto es algo imposible, y no sabe cómo lidiar con ello. Está vivo y no le alcanzan las matemáticas para explicar por qué.

Y luego lo necesitan otra vez, y se arroja de nuevo a la Guerra.

*

Natalie se despierta en una celda sobre el límite de la base, amarrada a una litera.

Durante un instante de pánico, ella lucha contra las cinchas, pero estas nomás ceden al tirar. Apenas se ajustaron para abrirse así. No para evitar que ella escape, solo para evitar que salga despedida en la gravedad casi inexistente.

Se sienta. Letárgica, a tientas por la habitación, encuentra agua en una botella a presión. La drena sin reparos. Su traje se ha ido; en su lugar hay ropa gris informe. La magia sigue ausente, y Ra se ha ido hace mucho, y toda su tecnología de alocalidad personal fue confiscada. Pasa su mano a través del cabello sorprendentemente corto y suave, como de un bebé. Ella está nueva por completo.

Hay un ventanuco accesible al ponerse de pie sobre la litera. Natalie pasa un buen rato mirando hacia fuera, hacia un paisaje gris, estéril y plagado de cráteres. Podría ser la Luna, pero en realidad, podría estar en cualquier lado. No es una erudita. A primera vista, no hay nada en el cielo que le dé un indicio.

Las cinchas no son para evitar que se escape. Para tal propósito está el pestillo de la puerta, hecha de un metal gris oscuro.

Una hora más tarde, mientras Natalie empieza a quedarse sin centímetros cuadrados de la celda que examinar, la puerta chasquea y se abre. Una mujer y un hombre entran en fila. Ambos visten pesados trajes protectores multipropósito, como el que le falta a Natalie. Mantienen los cascos puestos, pero éstos están hechos de material transparente tan delgado que al principio Natalie no se da cuenta de ello. Natalie retrocede y se sienta en la cama. No hay espacio libre para estar en otro lugar.

La mujer mide dos metros de altura y es de una etnia mestiza futura de la que Natalie nunca habría oído hablar. A pesar de la celda con espacio apenas suficiente para tres personas de pie, ella comanda cierta impresión, como si lo llenara todo. El hombre la sigue. Es su seguidor. Más oscuro de piel, más claro de ojos y cabello; fraccionariamente más bajo, pero aún mucho más alto que Natalie. Porta un rectángulo plegable de plástico sumamente delgado y transparente. El plástico es inerte. No sirve más que de punto focal para sus pantallas, que Natalie no puede ver.

La mujer habla largo y tendido, en un idioma totalmente ajeno al oído de Natalie. La mujer se presenta, y luego presenta a su camarada. Explica que el dispositivo de seguridad telepático que proporcionaba la copia integrada de Natalie de la inteligencia prebélica de Ra ha sido despojado de mente y ha sido destrozado, y que a Natalie no se le puede permitir una tecnología equivalente porque es prisionera de guerra. Ella indica que el hombre a su izquierda intentará ahora averiguar el idioma nativo de Natalie desde cero, tras lo cual se llevará a cabo una efectiva conversación.

Natalie escucha con atención. Aunque no entiende ni una sola palabra de lo que dice la mujer, en realidad es capaz de adivinarlo casi todo por contexto.

El hombre selecciona selecciones de su pantalla. Palabrea unas pocas palabras suyas. Se produce un silencio mientras todos esperan a que pase algo, lo que no pasa. Dice unas palabras más, distintas. Natalie escucha sin reacción y con paciencia. El hombre está pasando una lista entera.

—¿En serio vamos a pasar por cada salutación de todo idioma humano registrado en la historia? —dice Nat—. Hablo en inglés del Reino Unido, circa 2000 e. c. Esto va a durar una eternidad. ¿Ayudaría si les hablara en mi propio idioma hasta que tengan datos suficientes para resolverlo? —Alza los dedos—. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez. Vamos, sistema de diccionario.

Al hombre le agrada este método. Gesticula para que siga adelante. Natalie elige palabras más simples.

—Arriba, abajo, izquierda, derecha, adelante, atrás. Mujer, mujer, hombre. Ojo, nariz, boca. —Señala el punto azul tenue en medio de un cielo casi todo negro, allá afuera. Este es el único otro hecho importante que ha deducido en su hora libre. Ella dice—: Neptuno.

—… lo tengo —dice el hombre. Meras sílabas, pero de un inglés intachable, que hasta iguala el acento natal de Natalie. Le entrega un objeto virtual a la mujer que Natalie no es capaz de ver. Él ensaya una especie de saludo informal a ambas, y se va.

Natalie mira a la mujer. Primero lo primero:

—¿Dónde está Anil? ¿Se murió?

—¿Por qué te importa? —También habla con el mismo acento. Para Natalie es desconcertante, como hablar con una versión algo más antigua de sí misma.

—… él era… Yo trataba de salvarle la vida.

—Fallaste. Él quedó irrecuperable —dice la mujer, rotundamente.

Natalie baja la cabeza, y se aferra al borde de la litera hasta que sus nudillos quedan blancos, y aprieta la mandíbula.

Ahora lo entiende.

La trajeron aquí para aprender. A Anil lo pusieron aquí para morir. Como para motivarla.

—Empieza desde el principio —dice. Es lo único que falta—. Y cuéntame todo.

 

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