Tecnología Lo Suficientemente Avanzada

Antes

«Herida de arma blanca» es de veras una asombrosa frase como para quedar forzada a considerarla desde un alcance tan corto, tan personal.

Laura Ferno se despierta por la tarde del día después con el vientre envuelto en vendas, la boca con sabor a vómito secado al sol y dos resacas diferentes: una, producto del alcohol, y la otra, de la anestesia. Pasa una intranquila e irritable Navidad en el hospital, obligada a estar quieta para que no se le abra el costado de par en par. Le dan el alta poco antes de Año Nuevo, con una receta cargada de antibióticos e instrucciones de no beber alcohol mientras los esté tomando, lo cual solo consigue enfadarla aún más. Un mes y medio más tarde, su doctor le da permiso para retomar la actividad física, y no se molesta en agendar otra visita. Y luego la herida física queda por completo en el pasado. Laura deja de pensar en su cicatriz de a lapsos que duran meses. Ya se habría acabado.

Pero esto es el Reino Unido, y una hurtataria no puede simplemente matar a un hurtatante en defensa propia y regresar a casa envuelta en un aplauso unánime y arrebatado. Hay que contestar preguntas muy grandes, muy serias, preguntas a las cuales una respuesta como «¡Pero él intentaba matarme!» no califica de aceptable.

Cuando su abogado se lo explica por primera vez Laura está allí sentada, incapaz de comprender lo que le está diciendo, sin poder emitir ni un pasmado «¿Eh?», y mucho menos una oración entera a contrapunto.

Desde luego, «culpable» es la sentencia que reciben ellos: los dos sujetos y medio que quedaron luego que ella se encargara de ellos. Se los despacha con rapidez. Pero hay una muy seria posibilidad de que ella, a su vez, haya violado la ley por ser víctima de un intento de asesinato.

—No. No es así como funciona. No has violado ley alguna. Eso es algo de lo que vas a tener que aferrarte con fuerza. Pero va a tomar un poco de tiempo y esfuerzo y preparación y condicionamiento para llegar al punto en el cual puedas convencer a un tribunal. Va a llevar algo de razonamiento. Hablemos de tus armas.

—No son armas —dice Laura, pero enseguida se da cuenta de que esa es exactamente la clase de reacción que su abogado intenta sonsacarle.

—Si no son armas, ¿qué cosa son?

—Son herramientas. Improvisé. En el mejor de los casos, son armas improvisadas.

—Adelante. Convénceme.

—… no soy una infante de marina. No soy una espía. No estoy obsesionada con las armas. No voy por ahí portando armas. Soy una maga. Lo cual, por si no lo tienes en claro, es una subcategorización de científica. Soy estudiante de título en ingeniería táumica y paso una buena parte de mi tiempo en un laboratorio. En las primeras diez páginas de cualquier libro de texto de ingeniería táumica vas a encontrar un resumen de las herramientas básicas que se requieren para conseguir lo que sea posible en la magia. Ello cubre el noventa por ciento de lo que llevo encima. Este equipamiento es muy avanzado e inusual para una peatona tomada al azar, pero es completamente estándar para una maga instruida en cualquier lugar del mundo. La mayor parte de él se ha comprado «listo para su uso». Una parte, la he confeccionado yo misma en clase. Para mi clase. Y dentro de diez años en los estantes de B&Q van a colocar esta clase de cosas junto a los taladros neumáticos. ¿Convencido?

Su abogado asiente.

—Siguiente pregunta. ¿Lleva típicamente un instalador de cocinas su taladro neumático adónde sea que se vaya a emborrachar?

Laura lo mira con odio:

—Llevo mis herramientas donde sea que vaya. Tengo puesto el mismo equipamiento ahora mismo. —Se arremanga y le muestra—. Es así como visto. Pregúntale a quien sea.

—¿Tienes una licencia que te permita portar o usar amuletos mágicos en público?

—No me hace falta.

—¿Por qué no?

Laura se encoge de hombros:

—Los amuletos mágicos no están restringidos.

—¿Por qué no?

Laura considera el asunto, clavando la mirada en los ojos del hombre y tratando de darse cuenta de qué es lo que está tratando de sonsacarle:

—Ah… Porque nada de esto ha sucedido antes.

El abogado sonríe:

—Sí. El factor que lo complica todo. Es lo que hace que este caso sea un poco menos sencillo. La magia es… sutil. Y es un tanto nueva. Ahora, si todo lo demás fuese igual, ahí se acabaría el caso. Te atacaron, y te defendiste usando un equipamiento que tenías al alcance de la mano, equipamiento que portabas legalmente. Lo mismo daría si te hubieras defendido a ti misma usando otra cosa que nunca se hubiera usado antes, como una… una botella de limpiador líquido, o un pez espada disecado.

»Pero cuéntame del otro diez por ciento de lo que portas.

—Soy… muy buena en la magia.

—¿Cuán de buena? —El abogado pone una cara bien larga. No le interesa la modestia. Quiere una respuesta directa.

Ella toma aliento:

—Estoy muy por delante de todos mis compañeros de clase. Estoy por delante de todos mis profesores. Voy por delante de todos los libros de texto de magia teórica o aplicada que pueda encontrar. He realizado experimentos y demostrado resultados en laboratorio que, en lo que concierne a mis tutores, son completamente originales y de elevada trascendencia. Lo único que impide volcarme a un título de grado en magia teórica en simultáneo con mi curso aplicado es la política universitaria, y la única cosa que en este momento me impide reclamar dos doctorados por separado es la velocidad a la que puedo tipear. En lo que respecta a mi equipamiento… —Se quita los cinco brazaletes de su muñeca izquierda y escoge uno de los de plata para exhibirlo—. Este lo hice yo misma. Se denomina mediador de Veblen. No puedo explicarte lo que hace un mediador de Veblen sin que antes pasemos por unas seis semanas de jerga técnica, pero en la industria se esperaría que uno de estos tuviese más o menos el mismo tamaño y peso que un piano de cola. Y el mismo costo. Y dos veces más difícil de usar adecuadamente. No hay nadie más sobre la faz de la Tierra que tenga uno como este, y nadie más que tenga el conjuro que yo uso para manejarlo. Lo mismo cuenta para la mayor parte de lo que llevo en mi bolso. Y sí, usé este mismo cuando me atacaron.

Él asiente.

—De acuerdo, señorita Ferno. Ahora respóndame esta pregunta. Si usted es tan buena con la magia, ¿por qué no se defendió sin violencia? ¿O por lo menos, sin fatalidades?

—¿No puedes simplemente llamarme Laura? —dice Laura, en principio para ganar un poco de tiempo y formular una respuesta.

—Está bien.

—Estoy pensando.

—No se trata de una pregunta trampa. La respuesta correcta existe. Quiero que la encuentres.

Ella cuenta con los dedos:

—Tres motivos. Porque no tenía tiempo; porque, por muy avanzado que mi equipamiento sea para los estándares de laboratorio, sigue siendo experimental y sin refinar; porque estaba improvisando y porque soy maga, no bruja. Bueno, son cuatro motivos. El conjuro de calor que usé se creó en el laboratorio como un ejercicio que me permitió ver lo que era posible. Lo he usado en pocas oportunidades en el laboratorio para calentar metales para soldaduras, pero mis supervisores me desalentaron de ello porque, como ahora queda más que obvio, el conjuro es increíblemente peligroso si se lo esgrime a mano. Si la técnica fuese a utilizarse en la industria, posiblemente involucre montar un generador–arbitrador en un ensamblaje estático con algunos controles manuales, o quizás se combine en alguna clase de herramienta estilo soplete. En cualquier caso se requeriría una máscara. En cuanto al conjuro cinético, aunque no lo creas, se escribió en el transcurso de un fin de semana hace unos seis meses atrás cuando ayudaba a una amiga mía a mudarse de casa. La intención era asistir en la mudanza de los muebles. No funcionó tan bien para ese fin, pero tampoco funciona muy bien ahora, porque resulta muy, eh, «chocante».

»Se pudo haber usado ambos conjuros de manera no letal o incluso no violenta. Desafortunadamente, no tenía las dos semanas disponibles de preparación que hubiese necesitado. Tenía apenas cinco segundos. Para ser honesta, es un milagro que pudiera conjurar lo que fuera dadas las circunstancias. En nuestro campo tenemos un dicho: “La magia no es”. No es que funciona “sin más”, no es que responde a tus pensamientos, no es posible lanzar bolas de fuego o hacer brotar una cena rostizada a partir de la nada o convertir a un puñado de matones en ranas y caracoles. Es increíblemente difícil, incluso para mí. De a poco se va volviendo más fácil, pero no es así de fácil. Todavía no.

El abogado no dice nada por un largo rato mientras termina de escribir algunas notas.

—De todo esto ¿cuánto es lo que ya sabías? —ella le pregunta.

Él la ignora:

—Si le consulto a un experto independiente en ingeniería táumica, ¿podrá tal persona corroborar tus afirmaciones acerca del rango estándar de las herramientas que porta un mago entrenado? ¿Y si le consulto a un conjunto de magos profesionales con entrenamiento a lo largo y ancho del país?

—Sí.

—Si yo leo todo libro de texto de ingeniería táumica que haya sido publicado en los últimos cinco años ¿aparecerá en verdad la mayor parte de tu equipamiento en las primeras diez páginas?

—Quizás las primeras cincuenta páginas. Y eso únicamente en los de nivel básico. Y en los apéndices de la mayoría de los otros.

—Si les pregunto a todos tus amigos y parientes y las otras personas de tu curso, ¿podrán todos ellos confirmar que traes puesto anillos mágicos como si fueran alhajas casi todos los días que te han visto, en ocasiones formales e informales, dentro y fuera del laboratorio? ¿Y si miro en fotografías que se hayan tomado de ti a lo largo del último año?

—Sí. Casi seguro que sí.

—¿Casi?

—Me los quito para hacer ejercicio. Y cuando duermo, desde luego.

—¿Podrá tu instructor confirmar la historia de la escritura del conjuro térmico en el laboratorio y podrá tu amistad confirmar la historia de la escritura del conjuro cinético para la mudanza?

—Sí.

—Voy a suponer y afirmar que has estado dándole vuelta en tu cabeza a los hechos de aquella noche unos cientos de miles de veces desde que ocurrieron. Has pasado el último mes y medio pensando acerca de las diferentes cosas que pudiste haber hecho. ¿Es ello cierto?

—Sí.

—¿Qué es lo que debiste haber hecho?

Aun de reponder a esa pregunta con sinceridad, Laura tiene que detenerse a pensar por un buen rato. Todos los resultados alternativos quedaron sujetos al azar: ella pudo haberse tomado otro autobús, llevado otro par de zapatos o vestir sus anillos en manos opuestas; ella pudo haber retenido su bolso, o haberse agachado, o esquivado la primera toma; ella pudo haber pronunciado mal cualquiera de los conjuros, o haberse tropezado y perder el conocimiento y desangrarse hasta la muerte sobre los escalones.

Ella bien pudo no haberse metido a estudiar magia en absoluto.

—Yo no podría haber hecho otra cosa.

—Voy a conversar con tus tutores y con tu hermana y las personas que conocen mejor tus capacidades. Voy a preguntarles qué es lo que ellos hubiesen hecho, y qué es lo que tú debiste hacer. ¿Me darán la misma respuesta?

—Sí.

El abogado de Laura sonríe a sus anchas.

Y así es tal y como ocurre.

No aparece ningún testigo sorpresa. No se introduce ninguna inesperada evidencia comprometedora. No se pierde toda esperanza en el momento crítico a dos tercios de la duración del juicio y la victoria no queda arrebatada de modo triunfal en medio del tercer acto. Es largo y atroz y tedioso y personal y caro y desagradablemente detallado y por momentos parece que nunca va a terminarse. Pero ella lo gana. Gana sin más.

Sale del juzgado como llevada por el viento, ligera como una pluma.

*

Es el día después de su absolución y Laura está tomando café con su hermana al fondo del abismo entre dos rascacielos de los Docklands de Londres… o, tal y como Laura lo ve, El Futuro. Este Futuro en particular es el futuro utópico, ultra–limpio, ultra–estilizado, con trazos de piedra blanca, pasamanos de metal cromado y transporte de masas avanzado y semi–automático sobre carriles elevados. Es el Futuro en el que no se permiten la suciedad ni el crimen ni las personas no atractivas y en el que, de un modo imposible, todo el mundo gana un dinero sustancialmente mayor al promedio.

Laura finaliza su reflexión con: El Futuro, dicho de otra manera, conlleva un lado irónico y oscuro, imperceptible.

Es un día despejado de noviembre, pero muy frío como para estar sentadas a la intemperie, desde donde puede verse un lado completo del edificio más alto del Reino Unido. A Laura y Natalie les sienta bien de todos modos.

Dejando la vestimenta a un lado, Natalie Ferno es casi la imagen espejada de su hermana. Es fraccionariamente más alta, aunque bien dentro del margen de error que se introduce cuando ambas o ninguna están usando zapatos de taco. Sus cabellos son apenas más claros, es un poco más delgada de pómulos, por costumbre lleva puesta una cantidad sustancialmente menor de alhajas y de conversación es mucho más frugal. Pero sus ropas de hecho tienen color y eso es lo que las distingue. Laura Ferno se funde con el entorno de piedra blanca, concreto gris y trajes negros. Natalie es visible: hoy viste anaranjado, más que nada.

—Estás paranoica —Natalie le dice a Laura.

—No estoy paranoica —Laura le dice a Natalie—. No porque la corte diga que algo es cierto o falso hace de ello una cosa cierta o falsa. Los tribunales no son árbitros de la realidad. Y no me refiero al tribunal que acaba de afirmar que me defendí legalmente. Aun cuando vayan a proceder a revisar sus opiniones de lo que constituye «legal» solo porque les acabo de mostrar una cosa que da miedo y que cualquier idiota metido en un taller puede hacer si sabe qué palabras pronunciar.

—Y lo que esas palabras significan.

—La magia es totalmente segura, no es una revelación apabullante el que se pueda matar a alguien con magia. Se puede matar a alguien con lo que sea. Rocas, árboles, nubes, plantas, hormigas. Qué se yo. Canicas. Tréboles. Si es algo duro, puede partir una cabeza; si es blando, te puede asfixiar. Puedes matar a alguien con magia, ¿y qué? Eso eleva a la magia desde el nivel de, pues, la magia, o sea cuentos de hadas, al nivel de algo que de hecho existe. ¡Y sí se puede matar a alguien con cuentos de hadas! Probablemente. Ciertas ficciones te pueden hacer mal. Casi seguramente. No se me ocurre ningún ejemplo, así de improviso.

»De todas formas solamente porque la corte diga que la magia es una fuerza peligrosa que de repente hay que regular porque nadie la comprende por completo (es decir, que la corte no la comprende por completo, así como no comprende la internet, las máquinas de fax, el GPS o… o la regla del offside) no la convierte en peligrosa. Y si de hecho dictan una ley que diga que no puedo portar equipamiento regular…

—Lo pondrás todo en una bolsa, como todo el mundo —dice Natalie.

—No. No, voy a seguir portando mi así llamado arsenal para que las gentes puedan verlo —Laura sacude sus brazos en derredor mientras se explaya en el tema (y los brazaletes de hecho están allí donde las personas pueden verlos y oír sus tintineos)—; y las personas me verán y sabrán que soy una mujer con la que no hay que joder. Y las otras mujeres como yo vestirán algo de aspecto semejante y ahuyentarán a los tales y cuales por medio de imitaciones. Es un elemento disuasorio. En fin, estaba hablando del otro tribunal. No estoy paranoica. A pesar del hecho de que esos amateurs se tomaron la mitad del tiempo del que deberían, eso fue un éxito.

—No fue un éxito, Laura.

—¡Me reconocieron! El que quedó ciego dijo «ella». O sea, el que yo dejé ciego. Y si patearon mi bolso por la escalera fue porque sabían que estaba lleno de metal suficiente como para hacer de ellos lo que haría con un procesador de alimentos, que es como era. Ellos querían mi armamento. Y no me mires así, yo sé que acabo de ganar un sustancial caso sobre la base de que son herramientas, no armas. Sabes a lo que me refiero. Ellos querían robarlas y adaptarlas y usarlas como armas. Querían algo que para funcionar no requiriese primero montarlo sobre un camión.

—Te escogieron medio por azar porque estabas en el lugar equivocado, y quitaron tu bolso de la ecuación porque pensaron que llevabas espray pimienta o algo así. Laura, si sabían quién eras, y querían el lanzallamas, etcétera, que llevabas contigo, ¿no te parece que hubieran sabido que con decir «dulaku» ya te los llevabas puestos?

—Ah, pero se pensaron que estaba borracha.

—¡Estabas borracha!

—¡Pero no lo suficiente! Sabían que yo soy demasiado peligrosa como para enfrentarme en cualquier otra ocasión, y creyeron que ya estaba lo suficientemente embriagada.

—Otra vez con eso.

La magia es más complicada que apuntar la mano y recitar palabras; una tiene que pensarse el camino a través del conjuro a medida que lo pronuncia para que el efecto «encaje». No es diferente a realizar aritméticas avanzadas mentalmente. El vodka, desde luego, entorpece la habilidad de conseguir tal cosa. Laura no deja de resaltar con énfasis su evidente capacidad de conjurar de manera fiable bajo extremada presión tras haber consumido una cantidad de alcohol que, en el mejor de los casos, puede describirse como por encima de la ración diaria recomendada. Natalie se ha negado al reto de igualar o superar lo que Laura ya ha denominado su «récord».

Natalie dice:

—Esto es lo que pienso. Y esto es lo que piensa el tribunal. Fue una cosa desafortunada.

¿Desafortunada?

—¡Sí! Desafortunada para ellos. Admítelo. Hurtar a una persona al azar y darse cuenta de que está armada, en este país, es algo inaudito. Aun si planearas robar a un mago, ¿las probabilidades de encontrar uno listo para dar batalla, como tú? Están por las nubes, sino un caso único. Nadie lleva tanta chatarra en sus muñecas como tú. Yo soy maga y ni llevo tanta chatarra en mis muñecas como tú.

—Eso es porque tú trabajas con la teoría. Un momento. —Una expresión totalmente nueva se aparece en el rostro de Laura.

—Pero aun así yo…

—Dije que me dieras un momento.

Laura estira su mano sobre la mesa y piensa durante un rato. Natalie aprovecha la oportunidad para terminar su café y probar algo más del pastelillo de avena. Observa el fluir de la gente a través de la ventana. Ya se termina el ocaso. Debería ir yendo a casa a preparar la cena.

—¿Qué es lo que portas? —pregunta Laura.

Natalie levanta ambas manos, revelando sus muñecas desnudas y dedos sin anillos.

—¿Qué hay de tu bolso?

—Nada. A veces un enlazante. —Un enlazante de Kaprekar es el equivalente mágico a un destornillador Phillips, o una unidad USB: un objeto del tamaño de un llavero, indispensable para una gran variedad de tareas elementales y nunca a mano cuando te hace falta. Laura lleva uno en su gargantilla.

—¿Cuál es tu proyecto actual? —pregunta Laura—. Ya sea en tus horas de cursada o en tu tiempo libre. ¿Es un objeto físico? ¿Lo llevas contigo? ¿Es algo importante? ¿Es valioso? ¿Quién sabe de ello? ¿Me contarías en qué consiste?

—Nada, no, no, no, no, nadie y no.

—No puedes contarme acerca de ello.

—¡Porque no estoy trabajando en nada!

Laura se quita el primer brazalete de su muñeca izquierda y lo sostiene para que Natalie lo tome, no sin algo de reticencia.

—¿Y esto es…?

—Solo lee las runas mientras yo busco el punto conductor —dice Laura, quitándose la gargantilla y revolviendo sus muchos elementos.

—Este es el componente superior de una extrusora de campo —dice Natalie, mientras lee los grabados del interior del brazalete. Hasta ahora no ha visto nada inusual—. ¿Y qué?

—Esto. —Laura encuentra lo que buscaba, y desenlaza una cuenta de metal ubicada por la mitad de la gargantilla. También se la ofrece a Natalie. Tiene un orificio taladrado a lo largo y más grabados rodeando su ecuador. Éstos últimos son mucho más finos e inusuales—. Lleva esto contigo, siempre. No alcanza con tenerlo en tu bolso, puede quitarse con facilidad. En un collar es suficiente, pero lo ideal sería un arete. Seguro que algo se te ocurrirá. —Natalie no se ha perforado nunca las orejas.

Natalie toma la cuenta con su otra mano y dice:

Zui eset. —De un modo invisible, una pequeña cantidad de maná brota desde sus pensamientos, hacia el interior de la cuenta, luego al brazalete y de vuelta a su mente, llevando ahora consigo cierta información acerca de en dónde ha estado y qué ha visto en el camino. Ella examina el eco con sumo interés.

—Tendrás que recargarlo a diario antes de salir —dice Laura, hilando el resto de los elementos de vuelta a la gargantilla en un orden precisamente determinado—. El procedimiento operativo estándar consiste en activarlo y salir corriendo. El conjuro completo toma inicialmente unos cuarenta minutos para prepararse, posiblemente más para ti porque no lo enuncias tan rápido como yo, pero una vez que lo hayas vinculado a…

—Creo que no hace falta que me lo digas.

—¿Puedes darte cuenta tú misma?

—No, porque no me hace falta esto. ¿Cuándo hiciste esto? No necesito magia defensiva. Esto es… zui eset. Esto es…

Es un escudo personal. No uno muy reforzado, y ciertamente no uno perfecto, pero una mejora sustancial a la mera piel humana. La revestirá como con un espeso acolchado capaz de repeler objetos: cuchillos, puños, hasta balas. Quizás. Durante un trecho.

Lo que sí es: es revolucionario, pero Natalie no quiere darle a su hermana la satisfacción de mostrarse impresionada.

Laura prosigue:

—Es liviano. Es reactivo. Por defecto invisible de modo que te deja ver a través. Pruébalo las primeras veces en un descampado antes de llevarlo en público porque el campo extrusionado se comporta de un modo muy extraño al punto de contacto de tus pies con el suelo. No lo uses estando sentada. No puede ni va a cortar nada al momento de la extrusión. Una vez que estés enclaustrada por completo, contendrá suficiente aire como para ocho bocanadas, así que no te asfixies. Para la desactivación de emergencia, di «zui ixuv ixuv», o puedes enlazar tu propia palabra, o simplemente te sacas el brazalete y lo sueltas. Y tampoco lo uses cuando llueva.

—¿Cuando llueva?

—Las gotas de lluvia registran como si fueran proyectiles entrantes, y agotan la carga.

Proyectiles. Natalie le da vueltas a la cuenta en su mano varias veces. Quitarle la paranoia a Laura iba a ser una fácil tarea de conversación una vez sentadas a la mesa. Iba a ser un ejercicio de lógica, persistencia y paciencia. Ahora Laura ha reflejado todo su precario razonamiento de vuelta hacia ella y lo ha reforzado con una cierta espantosa y creíble lógica de su propia autoría. Ahora sí Natalie lo comprende. Paranoia, indefensión.

Comprende cómo se siente la necesidad de portar equipamiento.

—¿Cuándo armaste esto? —pregunta Natalie

—He estado trabajando en ello desde el ataque. Aún no madura en buena medida, pero tan pronto como consiga maquinar otro punto conductor mío propio, seguiré trabajando en ello y te contaré mis progresos.

—No estoy trabajando en nada —dice Natalie—. O sea, en nada. De veras que no. Solo es una cruda teoría, la cosa más abstrusa que puedas llegar a imaginar. Nada que tenga un valor práctico inmediato. Ni de un valor que pueda llegar a anticiparse.

—Lo sé —dice Laura.

Por un largo rato ninguna de ellas dice nada. Se quedan sentadas y terminan sus cafés. Natalie posa la cuenta frente a sí y le presta atención, como si pudiera llegar a morderla; como si pudiera no estar de su lado.

—Me diste un susto enorme —dice Natalie, sin levantar la mirada.

—Lo sé —dice Laura.

*

El interior de la estación Canary Wharf Tube es tan espacioso y largo como una catedral, y tan Del Futuro como el resto de toda esta hectárea y media de Londres. Carteles LED, puertas automáticas, cámaras de seguridad y sonantes lectores de tarjetas a distancia pueblan el vestíbulo. Hay una gran cantidad de personas esperando, o llegando o saliendo, que va aumentando de a poco, como una marea.

Laura y Natalie se dirigen hacia destinos opuestos, de modo que hacen un alto en La Tierra De Nadie ubicada entre las plataformas.

—Estás tan lejos de la manada —dice Natalie—. Yo también, pero tú aún más. Has presenciado algunas de las cosas que podrían llegar a suceder si permites que sucedan. Quiero decir, si es que distribuyes lo que sea que se te ocurra. O sea, aquello que se destine a la producción masiva será en función de lo que las personas sepan que existe y lo que las personas sepan que es posible y lo que puedan comprender. Y muchos de esos requerimientos ya son realidad gracias a ti. Y yo sé que por ti pueden surgir aún más. Y lo que te digo es: que no lo hagas.

—¿Qué?

—No voy a discutir el asunto de las armas de fuego contigo —dice Natalie.

—¿Alguna vez hemos tenido esa discusión, acaso? ¿Y sabemos que de hecho terminaríamos por discutir?

—Lo que quiero decir… Gracias por el conjuro. Gracias por el «metal». Pero quédate en la magia defensiva, Laura. Hazle un favor al futuro y ponla por encima de… lo que sea que quieras hacer. Por encima de la catarsis. Ahí llega el tren. Tengo que irme.

Laura levanta la voz mientras Natalie se apura a subir a la plataforma:

—Ten cuidado.

Ya en el tren, Natalie Ferno encuentra un asiento libre. Le da vueltas a la pequeña cuenta de metal en su mano. Enseguida nota que de seguir así va a perderla, así que la guarda. Pero al brazalete decide llevarlo puesto.

Y todo lo que dura el viaje, y al pasar de un vehículo a otro y durante la caminata que la lleva hasta su hogar, no deja de mirar una y otra vez por encima del hombro.

 

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