Taumonuclear

Antes

La ciudadela es tan alta como un edificio de treinta pisos y tan llamativa como un ladrillo. Nat la rodea una vez, buscando ventanas y entradas. Tras no encontrar ninguna, se imagina a sí misma adentro y luego «da un paso hacia» la imagen mental, que es como suelen funcionar las cosas por aquí. No funciona. Dejando las sutilezas a un lado, impregna de adherencia una mano y la utiliza para quitar una piedra negra —del tamaño de un refrigerador— de su lugar en la pared. La arroja por encima del hombro. Ello deja un hueco rectangular, con suficiente espacio para hacerse camino al sombrío interior.

El muro es de un metro y medio de espesor, y no hay nada por detrás salvo medio metro de espacio y luego otro idéntico muro. Natalie recorre de costado el callejón hasta llegar a una esquina en la que ambos muros giran noventa grados. Mira hacia arriba, y no puede ver gran cosa, pero definitivamente hay lugar sobre su cabeza. Llega a la conclusión que se trata de una segunda ciudadela, por dentro, un poco más pequeña que la primera.

Todo se oscurece. El muro exterior se ha reparado. Hay algo latiendo en el cerebro de Natalie, el excedente que deja el cambio producido al universo. «Alguien hizo eso». Natalie se crea una luz propia, roja para no arruinar su visión nocturna.

El borroso e incierto ruido de fondo que, aun siendo tan suave como para suprimirlo de su atención (y que ha aumentado pacientemente de volumen desde que ambas llegaron) cesa.

«Es cierto —recuerda Natalie—. Cuando te quedas suficiente tiempo aquí, se transforma en una pesadilla».

Cambia de sitio dando la vuelta a la esquina y un poco más a lo largo del callejón, por la mera chance de que exista una entrada en este muro. Todo lo que encuentra son paredes lisas y un oscuro silencio, inquietante, estirándose a la distancia:

Sedo sedo sedo sedo —dice, atrapando la pintura en cuanto cae de su boca, juntándola en una esponjosa bola, un globo de agua, solo que sin el globo—. Eset eset eset, zui zui zui.

Luego se da la vuelta y arroja la masa de pintura hacia los ojos del genuinamente espantoso y consumido individuo que, siguiendo la lógica de las pesadillas, tiene que estar parado detrás suyo. Arroja la pintura hacia el interior de sus ojos: no hacia su cabeza, lo que es un detalle importante. En el lugar que un humano normal llevaría un rostro, esto tiene una enorme boca vertical abierta, revelando dos filas de colmillos. En el lugar en el que se esperaría que tuviese hombros y brazos, tiene dos hileras de juguetones dedos, como si todo su torso fuera una palma para apresar cosas sin escapatoria posible. La mayoría son dedos humanos totalmente normales, solo que anatómicamente traspapelados. Dos de ellos, descubre Natalie al voltear, se han estirado en busca de su cuello, rodeándolo y comenzando a cerrarse. No hay perversos efectos de sonido; la cosa es tan silenciosa como una araña.

Y tiene los ojos en el cuello, arriba de la clavícula. Los ojos son lo suficientemente humanos para que la cosa tenga algo que se aproxime a una expresión facial. La expresión es de casi–locura.

La bomba de pintura de Nat aniquila su visión. Trastabilla hacia atrás y sus largos dedos peinan la nuca de Nat. Ella toma un dedo en cada puño y aprieta, partiéndolos como a ramitas. Luego coloca una mano en otra piedra del muro exterior y tira hacia el callejón tanto como puede moverla, soltándola a tiempo para que con su ímpetu la piedra aplaste a la cosa contra la pared. Toma la piedra y la vuelve a arrojar con fuerza sobre la aplastada cosa varias veces más, por si las dudas. Bajo esta luz no consigue adivinar de qué color tiene la piel, pero su sangre es definitivamente negra. Y aguada, como vino. Hay tanto de ella que la cosa ha de estar muerta.

«Magia de altas energías. Sueños de altas energías». Natalie se pregunta cuál sería el peligro concreto, del mundo real, de permitir que una de esas cosas se la coma viva. Laura lo sabría.

Natalie se sube a la piedra que acaba de sacar y mira tan lejos como puede en todas las direcciones, arrojando su luz arriba y abajo del callejón e incluso encima suyo. Hay más cosas acercándose, sin hacer ruido salvo un esmerado murmullo. No es fácil avistarlas pero todas resultan ser permutaciones de anatomías humanas, con rasgos y largos y delgados miembros multiplicados y redistribuidos. Están sucias, y es evidente que muchas de ellas son capaces de trepar, y están por confluir en su lugar. Si de hecho estuviera sucediendo, sin duda sería la cosa más horripilante que le hubiera ocurrido jamás.

Golpea el muro interior de la ciudadela. Las piedras no se mueven:

—¡Déjame entrar! Existo, de veras. —Algo la sujeta por la cintura y empieza a arrastrarla hacia arriba. No alcanza a discernir a esta cosa, pero le produce una sensación grotesca. Le arroja más pintura, y luego se aferra al muro interior para patear el exterior y hacer un hueco. La piedra desprendida cae afuera en alguna parte. Ingresa una pálida lucecilla, que de inmediato se oscurece por la presencia de más sujetos deformados entrando desde fuera. La enredan con sus dedos y la sujetan con fuerza. Empiezan a masticarle los pies, la ropa y el pelo. Y para el último de sus problemas: lejos a su derecha por el callejón, brota un brillante resplandor verde y blanco que comienza a moverse hacia todos ellos.

Natalie comprende el significado de la luz. Es una abstracción. No forma parte de la pesadilla. Es un agente de alguna cosa distinta por completo. Es un barrido. Observa —por el rabillo del ojo, pues no puede girar la cabeza— cómo las «personas» se evaporan cuando la luz las atrapa. El matiz verde representa el desinfectante. El blanco representa la esterilización a altas temperaturas.

Natalie se pregunta si discriminará, o si también la va a freír. Se pregunta si la despertará o si solamente la matará. Quizás sea una metáfora del magma: la va a despertar y luego la matará. Cierra los ojos con fuerza cuando la luz la barre y se pregunta: «El mundo de Tanako es una pesadilla. Yo no estoy asustada. Así que, ¿de quién es la pesadilla?».

Cuando vuelve a mirar, está adentro de la segunda ciudadela. Y de las ciudadelas tercera, cuarta, quinta y sexta. Es un diminuto apartamento, un estudio sin ventanas, débilmente iluminado desde una esquina por una lámpara de pie ascendente. Hay estantes, una mesa y una cama. No hay puertas. Hay un hombre acurrucado en la cama, su cara hacia la pared. Todo lo que se ve de él son sus cabellos. Algo rubios y algo en punta.

—Soy Natalie Ferno —dice Natalie—. ¿Tú construiste este lugar? ¿Hace cuánto que estás aquí?

Él se da la vuelta:

—Tienes que creerme.

—Te creo.

—Él no es yo.

—Te creo. Y existo. Puedo ayudarte.

Benj pestañea:

—¿Puedes sacarme de aquí?

—Sí.

*

Antes de ponerse a un kilómetro del Krallafjöll, el terreno bajo los pies de Laura comienza a derretir. Muy pronto está caminando en secciones alternantes de lava y roca negra caliente como una parrilla. Sonriendo satisfecha, lo resuelve enunciando conjuros protectores imaginarios por medio de sus anillos y su vara. Se imagina una armadura de hierro invisible y enormes paneles disipadores de calor, como alas, todo ello ingrávido. Descarta el plan inicial y pasa al escudo defensivo Mk 2, que se aferra a sus ropas y piel con un espesor de un milímetro, pero que deja pasar aire fresco para permitir el respirar y transpirar. Es mucho más fácil construir estas cosas en su cabeza. «Haz Lo Que Pretendo».

Al caminar, le parece observar algo por el rabillo del ojo, pero cada vez que gira para verlo la cosa desaparece. Le da la sensación de que hay algo caminando a su lado. No acechándola. Simplemente… acompañando.

Llega al borde más cercano del surco. Ahora sí hace bien su papel: activo, volcánico. Le falta la mitad de un costado, y la lava rueda hacia fuera de la herida y corre en bajada hasta formar un sustancial depósito al pie del surco. La pileta se ha llenado, y el exceso de lava ha comenzado a fluir en dirección a Blönflói.

El escenario completo casi se ha detenido en el tiempo, como arrastrándose apenas hacia adelante si ella lo observara detenidamente, como el minutero de un reloj de agujas. En la cima de la colina, Benj aún está de pie. Al parecer no es él la fuente de luz que ella atisbó desde su castillo. El aro de acero de molibdeno que tiene en la mano, el cual tuvo que haber recuperado, brilla en blanco incandescente. El maná que irradia está tan concentrado que lastima la vista de Laura y provoca discordantes perturbaciones en sus escudos.

Laura escala el surco a prisa, acercándose a Benj por atrás, quien hunde la mirada en el lago de lava que se está formando bajo ellos. Benj se da la vuelta y le ofrece una amplia sonrisa. Y es Benj. Es él de veras. La cara, el lenguaje corporal. No hay nada en él que sugiera que se trate de alguien más.

—Buen truco. ¿Quién eres? —exige Laura.

—Soy Benjamin Clarke. Ya nos conocemos, ¿lo sabes?

—Inténtalo de nuevo.

—Soy un extraviado pensamiento viviente —dice—. Hubo un accidente. Te acuerdas. Tú, yo, Jeremy Willan…

—Tú no. No eras tú. Era Benjamin Clarke. ¿Quién eres ?

—… tú, Benj Clarke, y Jeremy Willan quedaron encerrados en un trance compartido, este mundo que descubrió Kazuya Tanako. Y tú sabes lo que ocurre aquí. Hay ciertos riesgos físicos de quedarse aquí el tiempo suficiente. Hay cosas que salen a gatas de las grietas en la tierra de cristal, y eso nunca acaba bien. Primero alcanzaron a Clarke. Así que se escapó e intentó que no lo encontrasen. Y tuvo éxito. Tú y Willan y Dan Czarnecki no pudieron hallarlo. Usaste la lógica del sueño para cocinar un mezquino facsímil de él. Y a casa trajiste eso en su lugar.

»Clarke ha estado aquí todo el tiempo. Atrincherado en su castillo, luchando contra las pesadillas e incapaz de despertar. Pero una que otra vez consigue deslizar algún mensaje. —Imita, en tono burlón—: «¡Yo no soy esto!».

—No me respondiste la pregunta —dice Laura enojada—. ¿Y qué eres de todo esto? ¿Una versión de Benj con daño cerebral? Jeremy construyó tu cascarón, yo le di vida. Así que, ¿de dónde salen tus motivaciones? ¿De mí? ¿De Benj? ¿Quién es ra? —Con la última palabra escupe un pegote color verde lima hacia el suelo entre medio de ellos.

El facsímil de «Benj» se encoge de hombros:

—Todo lo que acabo de contar es información que tú ya tenías. No tengo nada más para ti. No estás hablando con nadie ahora mismo, Ferno. Estás dormida.

—No. Pienso que de veras estás aquí. Es por eso que estamos superpuestos con el sueño de Benj. Creo que algo te ha arrastrado aquí con nosotros. ¿Qué es lo que intentas hacer?

—Mira. —«No–Benj» señala hacia abajo a la pileta de lava. Ella baja la mirada. Hay dos figuras yaciendo en la pileta, cabeza abajo. Las personas visten familiares abrigos invernales. Laura se reconoce a sí misma y a su hermana. Desde luego: quita o pon la cuestión del escudo térmico, los seres humanos flotan en la lava. Los bolos flotan en la lava. Es roca derretida; tiene más o menos la misma densidad que la roca sólida.

Laura se pregunta cuán fiel a la realidad es esta imagen mental. Si ella y Natalie de veras están desmayadas sobre la superficie de la lava, pueden simplemente ponerse de pie y salir corriendo (dentro del escudo) hasta ponerse a salvo. Nada de perder el tiempo con el elevadamente complejo y aburrido conjuro nunca antes probado. Eso quitaría una variable, quedando, según su cuenta, tres. Suponiendo que lo que está soñando también es real.

Pero a medida que observa, el campo de fuerza que protege su figura y la de Natalie estalla, y ellas hacen plaf sobre la lava. Prenden fuego, derritiéndose y explotando en simultáneo. La materia orgánica produce vapor, haciendo burbujear a la lava, saliendo a chorros, mientras los cuerpos son tragados. Laura mira, paralizada. Toda la reacción lleva cierto tiempo.

—Acabas de morir —dice No–Benj.

Laura rechina los dientes. Es imposible, desde luego, que esté muerta. Imposible y muy preocupante.

—Dijiste que esto era una cuestión de libertad —dice.

El impostor arremolina el aro incandescente en su dedo índice. Si Laura presta atención, puede escuchar su sintetizada voz de bajo todavía enunciando el conjuro recursivo. Él dice:

—¿Sabes cuál es la mayor cantidad de maná que jamás se ha reunido en una sola ubicación? ¿El récord de densidad de energía en maná?

—¿Por? ¿Lo estás por romper?

—Por romper algo. ¿Sabes lo que ocurre cuando pones demasiado mu y zeta en el mismo lugar?

Laura, por precaución, retrocede un paso. Mirando hacia atrás, ve a Nat ya casi de regreso, envuelta en un escudo para protegerse del calor de la lava que acaba de cruzar. A remolque, compartiendo el escudo, está Benj. El verdadero Benj. Y más allá, a la distancia, puede ver que el mundo de vidrio de Tanako y los dos castillos ya no están: montañas oscuras los reemplazan. «Con eso basta —se da cuenta—. Traeremos al verdadero Benj a casa cuando despertemos. Con eso debería bastar».

Dentro de su comprensión (y le agrada pensar que comprende una buena porción de todo eso) nada en especial sucede cuando juntas demasiado mu y zeta en el mismo lugar. Al menos, en teoría. Pero no es algo que nadie haya hecho. ¿Cómo podrían? No existe fuente de la cual obtener tanto maná.

Laura apunta con un brazo lleno de amuletos hacia el impostor y extiende su vara hacia atrás con la otra mano:

—Tu última oportunidad. Dime qué es lo que intentas conseguir. Esto es un sueño. Aquí puedo hacer lo que sea.

—Yo también.

—Pero yo puedo pensar más rápido que tú.

El aro de molibdeno brilla tanto ahora que el puño de No–Benj reluce de un rojo incandescente, con manchas oscuras en lugar de huesos. Esto le suena de algo a Laura. No consigue recordar qué. Como respuesta a su pregunta, No–Benj saca una esfera gris oscuro de uno de los bolsillos de su chaqueta. Tiene el tamaño de una bola de béisbol, toda lisa y mate, y en apariencia muy pesada. Es tan pesada que a Laura se le ocurre que debería de haberla notado antes haciendo bulto en su bolsillo. Tiene que haberla creado ahora mismo. Es tan pesada, como si estuviera hecha de alguna clase de…

«… denso metal».

Activa los tres últimos conjuros como por reflejo. Para cuando las palabras «ensamblaje de implosión» y «núcleo subcrítico de plutonio» se han formado en su mente, todo el asunto ya ha terminado.

—¡Dulaku ragígakal!

El primer conjuro es un láser verde tan potente como para que su rayo pueda verse al aire libre. Recorta el anillo mágico de No–Benj haciendo el ruido de dos pernos al partirse. El conjuro de reacción en cadena se corta a media sílaba. La mitad del anillo cae; No–Benj se queda sujetando un trozo de metal en forma de letra C. De los cuatro bordes expuestos crepita suficiente maná almacenado como para dar vuelta a Reikiavik como a una tortilla, y ello sería el final de todos ellos, con o sin plutonio, pero Laura se estira y atrapa la magia con su vara, canalizándola en el conjuro número dos.

El dos vendría a ser su tanque peso pesado, el que ella nunca hubiera podido construir sin la ayuda de Natalie. Con un audible ump, estrepitosamente, la temperatura ambiente local en un radio de un kilómetro y medio cae de golpe. La grieta completa se congela al instante, incluyendo a toda la lava visible, que se asienta transformándose en roca. Con eso se salva el poblado.

Laura, Benj y Natalie tienen todos protección contra el ataque térmico. No–Benj tiene escudos, pero no los apropiados. Queda azulado.

Ahora Laura solamente tiene que lidiar con la energía térmica liberada repentinamente que regresa a gran velocidad en sentido opuesto. Con otro golpecito de su vara la embotella hasta formar el conjuro número tres, su vieja lanza de calor. Daría lo mismo que No–Benj estuviese parado al lado del mismísimo Sol. Él simplemente deja de existir; él, y su mitad del anillo, y su bola de béisbol de plutonio. En una fracción de segundo, los tres conjuros se han acabado.

Una tenue presencia está junto a Laura. Aun mirando en su dirección, todo lo que puede ver es una trémula luz cristalina contorneando su silueta, como si se tratara de una cáscara hecha de vidrio tan fino como tela de araña. La presencia coloca una mano sobre su brazo estirado y gentil pero firmemente lo empuja hacia abajo, apuntando con precaución todo su armamento táumico hacia el piso.

*

Tambalean más o menos la cuarta parte del camino de regreso al poblado antes de cruzarse con un Jeep que viene en dirección contraria. Su conductor es Tómas Einarsson, con Steve Aldridge en el asiento de al lado. Es éste quien salta del vehículo tan pronto como se detiene, y se precipita hacia ellos:

—¿Hay alguien herido? ¿Hay alguien con quemaduras, alguien que haya inhalado cenizas, o SO₂?

—Todo en orden, estamos bien —explica Laura—. Salimos corriendo y estamos bien. Creo que hubo una erupción menor y ya se detuvo.

—¿Me estás tomando el pelo? ¿Crees que estás calificada como para hacer esa clase de aseveración? Métanse en el auto. ¡Todos! Tómas, vayámonos.

Tómas estudiaba el surco a través de un oráculo monocular. Sin pronunciar palabra, lo guarda en su bolsillo interno y lleva el Jeep de vuelta a Blönflói. El camino es accidentado y la travesía, veloz. Llegarán al pueblo en cuestión de minutos.

—No estoy enfadado —explica Aldridge durante el trayecto. Estaba obviamente desaforado a la ida, pero ahora se lo ve más calmo—. Les dijeron a los demás hacia donde iban. No hicieron nada malo.

—¿Están evacuando el pueblo? —pregunta Benj.

—Sí —dice Tómas—. El pueblo está tan cerca de la grieta que no vamos a correr riesgos. El plan de evacuación es por demás paranoico. Sin embargo, la erupción se ha acabado. Así que es posible que den marcha atrás con la orden en pocos minutos.

—¿Has avisado por radio que ya los tenemos? —le pregunta Aldridge.

—Sí. Además, esto nunca antes ha sucedido. El Krallafjöll ha estado muchísimo tiempo inactivo.

Van en silencio durante un minuto. Aldridge se da vuelta en su asiento:

—¿Qué sucedió allá arriba?

—No sabemos —dice Natalie, de inmediato.

—¿Estaban empleando magia?

—Estábamos meditando. Yo estaba meditando. Y ellos estaban contemplando el paisaje. No sabemos qué sucedió.

Tómas sonríe y niega con la cabeza:

—No fueron ellos. Hacer saltar al Krallafjöll es algo que intenta todo el mundo. Fue solo mala suerte.

En lugar de detenerse en la hostería del pueblo, Tómas encamina el coche hasta tomar la Hringvegur y luego se une a una columna de vehículos, camino al punto de evacuación que está ubicado completamente al otro lado de una colina opuesta a Krallafjöll y por lo tanto —razonablemente— a resguardo. Ya hay allí unas cien personas, incluyendo a todos los demás estudiantes y el personal del Reino Unido e Islandia. Tras bajar del coche se reúnen en un pastizal de ovejas desde el cual se vislumbra el surco. Eventualmente se les anuncia que puesto que es la primera vez que se ha usado el plan de evacuación del poblado, se ha llevado a cabo completamente como un ensayo en vivo. Hay vulcanólogos corriendo de aquí para allá con radioteléfonos. La grieta está totalmente oscura y silenciosa. El aire se siente amargamente frío pero el cielo está despejado y cubierto de estrellas. Lo único que falta es una fogata y ya sería un evento digno de participar.

Natalie lleva a Laura a un costado:

—Quiero que hagas algo por mí.

—¿De acuerdo?

—Quiero que pares de matar a la gente.

Laura se atora:

—Eh, ¿qué?

—¡Benj! —grita Natalie. Benj anda por ahí. Se da la vuelta—. Alguien escribió QUINIO. ¿Fuiste tú?

—No —dice él.

—¿Entonces quién?

—No lo sé. Ese tipo.

—Tú mataste a esa persona —le dice Natalie a Laura—. Pudiste haber ventilado la energía hacia arriba, o lejos de todos nosotros. Lo vaporizaste y no tenías necesidad de hacerlo.

—¡Él estaba poniendo vidas en peligro!

—Ya habías neutralizado ese peligro. Eso lo convierte en asesinato. —El tono de Natalie no es ni acusador, sino totalmente neutro.

—No entiendo lo que me dices. Era un sueño.

—Un sueño en el que lo real cuenta como real. En cualquier otro sueño, haz lo que desees. Pero en un sueño con personas reales, tú y yo y Benj, y toda esa potencia acumulada, tienes que tener mucho cuidado. Si hubieses dirigido esa cosa hacia mí, yo no estaría acá. Cuenta.

—Era figurado. Era metafórico. Nada de eso ocurrió.

—¿Nada de eso? El surco explotó. Lo congelaste hasta solidificarse. Con un conjuro. Y van a surgir preguntas acerca de eso, para empezar, pero lo hiciste mientras dormías.

—No estaba dormida, yo estaba…

—¿Y cuándo fue que despertaste?

Laura pestañea. Benj dice:

—No recuerdo haber despertado.

—Yo tampoco —dice Natalie—. ¿Laura?

Laura atraviesa sus recuerdos uno a la vez. Se acuerda de haber caminado a casa. Caminó todo el camino desde su palacio de la memoria al mundo de Tanako, a la grieta, a la realidad. Es una grabación continua:

—… estamos despiertos ahora, ¿o no?

—Esa es la hipótesis nula —dice Natalie—. Hasta que puedas demostrar lo contrario, siempre da por hecho que estás en la realidad. Ahora, repitan conmigo: «No sabemos qué fue lo que sucedió».

 

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