La Séptima Cosa Imposible

Antes

La meditación forma parte del trabajo de un mago profesional. No hay jefe que quiera pagarle a su planta para que pasen el diez por ciento del día laboral adormilados en la posición de loto, en salas silenciosas, bien iluminadas, de colores aburridos, que bien podrían usarse como espacio de oficinas; ni, a pesar de las apariencias, es «adormilarse» lo que están haciendo allí. La meditación es un ejercicio mental: densamente estructurado, agobiante, que requiere mucho tiempo, motivo de jaquecas incluso bajo perfectas condiciones, y ciento por ciento necesario. Un mago cuyo cerebro no está debidamente alineado con su trabajo es un mago incapaz de hacer su trabajo.

Laura es una de quince en Meditación 1 en el Grupo Hatt la mañana del lunes, y no ha estado sentada más de dos minutos cuando tiene una revelación.

Ya es algo malo para una maga tener revelaciones en medio de la meditación. No se trata de una experiencia religiosa, ni conseguir la iluminación es la finalidad del ejercicio. Los pensamientos espontáneos, que la distraigan, son señales de una mente a la deriva, es decir: lo opuesto de lo que debiera estar sucediendo. Laura vuelve a lo que se supone que tiene que hacer, suprimiendo el inmenso hecho alterador del sentido de su vida que acaba de resplandecer al frente de su cerebro, archivándolo para más tarde. Se apresura a iniciar otra vez su ciclo de meditación, achatando sus procesos mentales según el método establecido. Al cabo de tres minutos, suena una campanilla automática, indicando a todo el mundo en la sala que procedan a la segunda etapa del ciclo de quince minutos. Laura imagina una lupa, sostenida para ofrecer un enfoque perfecto. Ya retomó el rumbo.

No lo hizo. Hay demasiados puntos conectándose.

«No hubo ningún conjuro final».

Hay catorce magos más en la sala, todos hombres, de edades casi uniformemente repartidas entre veinte y sesenta y cinco. La mente de Laura está bamboleando y no puede enderezarla. Lucha contra el instinto de salir corriendo, buscar una pizarra y garabatear cálculos. Tiene que hacer una triple comprobación de la telemetría del Atlantis y, si es posible, tiene que ingerir algo que deforme su cerebro lo suficiente para obligarla a atravesar otra vez el maldito sueño. Pero no puede moverse de su lugar. Son las ocho y cinco de la mañana y todo el mundo en la sala tiene trabajo por hacer. Todo el mundo está trabajando. La meditación de un mago no se rompe. Es como meter un palo en la rueda de su bicicleta.

Laura se desvía. No va a poder pensar en ninguna otra cosa. Por encima de ella, concibe la nave Atlantis, cabeza abajo, la nariz cónica apuntando directamente a su frente. Sobre la nave y su tanque imagina números verdes sobre una pantalla cósmica de siete segmentos. Minutos y segundos y decimales. Los decimales están subiendo y subiendo. Cinco diecisiete coma nueve nueve. Cinco dieciocho coma cero cero.

Laura creía que su repetitiva e incesante secuencia onírica se cortaba en el instante que estallaba el Tanque Externo del Atlantis, cinco minutos y dieciocho coma nueve segundos de la misión. Creía en ello porque el cronómetro de la misión podía verse desde su usual perspectiva del asiento de la Especialista de la Misión, Elaine Barry, y «00:00:05:18» era la última lectura visible antes de despertar. Creía en ello a pesar de despertarse siempre sin sentir la explosión final. Lo creía a pesar de nunca soñar —o, al menos, nunca recordar el haberlo soñado— el mínimo choque frontal de la rotura del vehículo.

Pero ¿y si estaba equivocada?

¿Y si no sentía el choque porque el sueño terminaba una fracción de segundo antes? Digamos, dieciocho coma uno.

«Así que, ¿por qué pasaría algo así?».

Laura pasa a las hipótesis. Comparada con su rutinariamente agendada sesión lúcida, esta es una informe acuarela pintada por un niño, pero suficientemente coherente como para relacionar los hechos. Debería de haber ocurrido con increíble rapidez. Cuando colapsó el escudo de Rachel Ferno, ella, junto con el Atlantis, se encontraba a veinticuatro kilómetros por encima del océano Atlántico y moviéndose a Mach 1,41. La repentina exposición al aire sin protección, en movimiento a tal velocidad, equivale a ser golpeado por una palanqueta y es inmediatamente fatal. Su cuerpo barrenó por el paso del trío de destrozados motores principales, y luego fue succionado hacia arriba al paso del chorro opaco de oxígeno líquido e hidrógeno que brotaba, hacia la estela que iba dejando el vehículo. Cuando detonó el tanque, a T+5:18,9, ella quedó atomizada.

Rachel Ferno está muerta. Esto no es parte de ningún sueño. Esto es una cosa real que Laura sabe tuvo que suceder. Estos son los hechos que Laura ha sabido todo el tiempo. La pregunta seria, real, es por qué tardó tanto tiempo en armar el cuadro completo.

«No hubo ningún conjuro final. No se suponía que hubiera un conjuro final. Ella ya había hecho todo lo que necesitaba hacer.

»El sueño no se acaba debido a la explosión. Se acaba porque Mamá se quedó sin maná.

»Ese fue el plan».

La campanilla suena iniciando la tercera etapa. Durante la tercera etapa, Laura planifica sus próximos seis meses.

*

El reloj despertador de Edward Hatt lo arroja de la cama cual descarga eléctrica. Lo apaga al cabo de un único rinn, tan velozmente que su esposa ni se entera. Él es un sujeto absurdo, uno de esos individuos con la capacidad de vivir sin el sueño más obvio, teniendo más interés en levantarse para ir a trabajar y hacer que sucedan las cosas que en asuntos más francamente humanos como quedarse en la cama e hibernar hasta el mediodía. El tiempo que transcurre hasta que abandona su hogar se ubica en un rango de diez minutos. Recién se duchará y cambiará tras llegar en bicicleta al trabajo y desayunará luego de trabajar algunas horas, si es que se acuerda de comer algo.

En esta época del año su viaje transcurre al alba. Aun con toda la vestimenta, sus dedos y orejas están lastimados del frío para cuando llega a la sede. Ya está en el trabajo antes de que nadie se haya sentado en la recepción. Se abstiene del café. Por un ratito, tiene toda la organización para sí mismo. Disfruta de ello.

Ya en su oficina, Hatt tiene dos horas, más o menos, de un silencio relativamente imperturbado. Hay una copiosa pila de archivos en su bandeja de entradas y una larga fila de correo electrónico sin leer. Las distracciones menores, firmas y preguntas excepcionales pueden esperar hasta que tenga cinco minutos libres entre una sala de reuniones y la siguiente. Filtra, buscando lo que él denomina «peces gordos»: informes periódicos de producción, análisis de rendimiento financiero, estrategias a corto, a mediano, y a largo plazo, noticias internacionales que acarreen consecuencias directas o indirectas en las cadenas de suministros. Elige todo lo que tenga cierta sustancia. Pasa las dos horas, más o menos, procesando los datos sin pausa.

El primer temblor que atraviesa su oficina es tan leve que no lo percibe de manera consciente. Cuando llega su secretaria, justo antes de las nueve, golpea, entra y le dice (como siempre hace cada día de trabajo) que la cantina está abierta y que él debería comer algo. A este hecho, como cada día de trabajo, lo registra como un «pez chico» y no lo conecta. Ella añade:

—¿Sentiste eso, recién?

Hatt no levanta la vista:

—¿Sentir qué?

—Hace unos minutos. Juraría que todo el lugar se movió un tanto. Yo estaba subiendo las escaleras y se agitaron con tanta fuerza que casi suelto la taza de café.

—Posiblemente sea que estén moviendo algún equipamiento abajo en la fábrica —dice Hatt sin que apenas le importe—. Una entrega de primera hora. Rezo por que no hayan dejado caer algo muy caro.

—Fue algo grande. Casi vuelco el café —repite su secretaria, que se llama Sally.

—Puedes volcar todo el café que quieras siempre y cuando lo vayas a pagar.

—Desde luego es lo que haré siempre que tú les pagues a los de limpieza para que lo limpien.

Hatt le arroja una mirada que significa «ya no estoy prestando atención a esta conversación» (de hecho, esta es la primera vez que ha levantado la vista) e inmediatamente retoma la lectura. Afuera, el Sol naciente despeja la niebla del paisaje. La vista desde la oficina de Hatt es la mejor en todo le edificio pero apenas si es poco mejor que «aburrida»: más que nada la pista de aterrizaje, rodeada de chatos campos verdes y algún árbol y canal esporádicos. La vegetación está tornando a marrón a medida que pasa octubre. La vista es la mejor a esta hora del día, con un cielo azul y un cielo rojo enrizados y mezclándose hacia el este. Pero en todos los años que han pasado desde que construyó y se mudó a esta oficina, Edward Hatt nunca se ha molestado en observar la salida del sol. Su persiana veneciana está siempre cerrada. Ello se debe en principio a que la luz del sol se refleja en la pantalla de la computadora y da en sus ojos. Otra razón es que prefiere la vista que él se ha inventado.

El edificio se agita una vez más.

—¿Sally?

Sally se asoma.

—Llama a Chris Wester y averigua qué demonios está pasando.

—Creo que está de vacaciones.

—Pues, llama al supervisor en servicio del piso de manufactura y pregúntale a quien sea que responda.

Pasa el tiempo.

Sally se asoma una vez más, tapando un teléfono contra su hombro, y dice:

—Dice que recién acaba de iniciar la jornada y que no tiene nada que ver con lo que están haciendo allí.

—¿Quién dice?

—Chris Wester.

A Hatt no le importa por qué motivo Sally llegó a pensar, incorrectamente, que Chris Wester estaba de vacaciones:

—Chris —grita hacia Sally—, ¿de dónde se origina el ruido en relación a ti?

Sally está por repetir la pregunta, pero el hombre al final de la línea de teléfono ya está respondiendo:

—Bajo tierra —informa ella.

—Que alguno de ustedes lo averigüe, ¿qué diablos? —ruega Hatt.

Sally vuelve al teléfono:

—Sí, creo que solo está tratando de trabajar —dice—. ¿Puedes indicarle a alguien que compruebe los círculos del sótano o algo? ¿De acuerdo? Y luego llámame. Estupendo. Gracias.

Hatt cierra la puerta. Sally regresa a su propio trabajo. Pasan algunos pocos suaves temblores más, por intervalos de unos pocos minutos.

Llegando a las nueve, nadie ha llamado a Sally. El Gran Sacudón hace saltar todo su escritorio y efectivamente vuelca lo que queda de su café. Sally apenas tuvo reacción alguna antes de que Hatt surja de su oficina a furiosos trancos:

—Hay alguien que está echando mi compañía al suelo —dice al pasar.

—Tu primera cosa es en quince minutos —le dice Sally.

Hatt la escucha, pero no se da por enterado. Él ya sabe, y tiene intenciones de saltársela. Hay un pez más gordo.

*

El rasgo más prominente del Grupo Hatt, cuando se lo mira desde arriba, es la pista de aterrizaje. El segundo en prominencia es la planta de manufactura, que es más grande que todos los demás edificios combinados, y tan grande como para contener proverbiales edificios dentro de sí misma. Después de eso, por orden descendiente según el tamaño, están: el estacionamiento, los bloques de oficinas y las bahías de carga. Y después vienen los círculos.

«Círculo» es el nombre más inexacto. Los diferentes elementos de la comunidad de ingeniería mágica, dependiendo de la preferencia regional y el libro de texto de referencia, se refieren a ellos como «campos», «gimnasios», «círculos», «grillas» y «mandalas». Son llanas extensiones de cemento con siluetas geométricas densas, multicolores, pintadas sobre el suelo y con robustos componentes —resistentes al impacto del clima— hundidos en las intersecciones de las líneas. De vez en cuando, en lugar de cemento, la superficie es de asfalto o de césped artificial. Muy de vez en cuando, siempre que esté achatado y hecha su manicura al nivel de un campo de cricket profesional, se usa césped de verdad. Los patrones de líneas guían la colocación de equipamiento mágico y mecánico necesario para realizar conjuros, operaciones de encantamiento, pruebas de hardware, mantenimiento y, si lo permite el buen tiempo, deportes.

La respuesta a cualquier pregunta sobre la magia es casi siempre «depende», y el fundamento que hay detrás de la geometría de un círculo mágico no es la excepción. Los primerísimos círculos tenían cierta semejanza con patrones rangolis hinduistas y fueron emplazados en la India allá por los años setenta y ochenta, mucho antes que se calcularan los números y se dedujesen las simetrías dimensionales efectivamente necesarias. Algunos de ellos, incluyendo al primero de todos que fue construido por el enclave Vidyasagar, aún se mantienen por su valor histórico y estético y para hacer ocasionales demostraciones especiales. Pero la ciencia dura se puso en el camino de la experimentación desenfrenada y la libertad creativa. No pasó mucho tiempo antes que la mayoría de las cuestiones más interesantes sobre la efectividad de los patrones quedaran resueltas con suficientes decimales como para zanjar la discusión. Los nuevos círculos —los que se usan en la magia del mundo real para cualquier clase de finalidad seria— normalmente se avienen a la norma estándar especificada en el ISO 31300, el «libro floral», cuya edición más reciente enumera ocho diseños básicos de escala creciente y ciento cinco variantes especializadas. Los diseños, hechos por completo de arcos y líneas rectas, son densos, en gran medida interconectados y profusamente glosados. Tener precisión durante la instalación es un factor determinante.

En medio de los edificios del Grupo Hatt hay tres círculos clase C. Montado en mitad de la pista, del tamaño suficiente como para poner a prueba un motor espacial, hay un A–2X de dimensiones estándar y rara vez empleado. Dentro de la planta de manufactura hay más círculos, algunos de los cuales suelen quedar tapados bajo la maquinaria o el inventario, y por lo tanto no pueden usarse. Y hay tres más bajo tierra.

Contadas veces los clientes acceden al sótano del Grupo Hatt, el cual se distingue por su ambiente de entre bastidores. Pocas manos de pintura, muchas cañerías a la vista. La iluminación fluorescente es más brillante aquí para compensar la ausencia de luz natural. Aquí abajo están Meditación 1 y Meditación 2. Al igual que las salas D10A, D11A y D12A: círculos clase D de uso privado. Es al tercero de éstos que Chris Wester y el jefe de seguridad Adrian Middleton no pueden acceder.

—Desde luego que no pueden entrar —dice Hatt cuando aparece detrás suyo—. Yo soy el único que tiene acceso.

—Inténtelo —sugiere Middleton. Ha conectado una computadora portátil al mecanismo de cierre electrónico de la D12A.

Hatt saca una tarjeta de acceso de su cinturón y la posa sobre el lector. El cual premia a los tres con una luz roja y un irritante bip.

—Ya estás allí dentro —le explica Wester—. Hace unos minutos Adrian me mostró los registros. Ingresaste tarde, anoche, y no se ha registrado ninguna actividad desde entonces.

—No fui yo —dice Hatt.

—El sistema cree que fuiste tú —dice Wester.

—Alguien le ha robado la tarjeta —dice Middleton, trabajando en su computadora.

—Esta es mi tarjeta —dice Hatt.

—Nones —niega Middleton. Da vuelta la pantalla, señalando la última entrada en el registro, el fallido intento de ingreso de hace quince segundos.

Wester refunfuña. Hatt dice:

—Jodidamente lógico.

—¿Se la considera un problema? —pregunta Middleton.

—Se la considera despedida —dice Hatt. Al examinar la tarjeta de acceso en su mano comprueba que hay un adhesivo pegado del lado del frente, recortado a la forma y con su nombre y fotografía impresos. Hubiera notado el cambio de haberse fijado. Pero él no se fija lo más mínimo en cosas tan poco importantes, siempre y cuando funcionen. No presta atención a la tarjeta y la mayor parte del tiempo no le hace falta. Forma parte del papel tapiz de su vida, como sus lentes de contacto o sus cordones o el kara hecho de renio que lleva puesto en la muñeca.

—Las ha intercambiado —conjetura Middleton—. Duplicar una de ésas hubiera sido muy difícil, así que ella camufló la suya y la sustituyó. ¿Cuándo fue la última vez que usted ha utilizado permisos de acceso que ella no tuviese?

Hatt mueve la cabeza. No se acuerda.

—Es posible que la tenga desde hace días sin que usted lo sepa —dice Middleton.

Un temblor mueve el suelo otra vez. Sin duda el epicentro está adentro de la D12A, y es un temblor, no una vibración, ni un estremecimiento.

—De todas formas, ¿qué hay ahí? —pregunta Wester.

—Un círculo de magia —dice Middleton—. Lo dice acá mismo en la puerta.

—Ya lo sé —dice Wester—. ¿Pero qué tiene de especial? ¿Por qué solo Ed puede meterse ahí? ¿Qué más hay adentro?

—¿Puedes abrir esta puerta? —pregunta Hatt al jefe de seguridad, ignorando a Wester.

—¿Puede usted demostrar que es Ed Hatt? —pregunta Middleton.

—Soy Ed Hatt, Adrian. Mírame.

Adrian Middleton dice:

—Si alguien que no fuera usted empleara esa táctica para intentar convencerme de su propia identidad, y lo consiguiera, usted me echaría a la calle a mí también. No me importa si esto es o no una prueba.

Hatt lo fulmina con la mirada:

—Soy el dueño de todo lo que está a la vista aquí, incluyéndote a ti.

—Pruébelo —dice Middleton, sosteniendo esa mirada con la suya propia, una que dice: «Para esto es que usted me paga».

Hatt se da por vencido. Middleton tiene razón:

—De acuerdo. ¿Qué te hace falta?

Middleton se agacha y abre una aplicación en su computadora:

—Puede acompañarme al cuarto de seguridad detrás de recepción para usar la máquina de huellas digitales. O puede recordar la contraseña que me dio el día que pusimos en marcha el sistema. —Le muestra la pantalla a Hatt. Hay una entrada de contraseña.

—Tendríamos que haber empleado dos factores —murmura Hatt mientras se acomoda frente al portátil e ingresa una frase muy larga.

—Estoy de acuerdo. Una vez que terminemos con esto me ocuparé de ello —dice Middleton.

La puerta hace clic.

Wester tira del picaporte.

*

Imagínate una sala vasta y oscura. Solamente la cuarta parte de las luces están encendidas.

La única persona que Hatt permite entrar es a Hatt. Les deja bien en claro a los otros dos que la metida de pata con las tarjetas más el acceso ilícito no han cambiado esa normativa. Entra él solo, cerrando la puerta tras de sí y descendiendo unos cuantos escalones hasta el piso inferior.

Un círculo clase D tiene trece metros de diámetro, es principalmente hexagonal, contiene un círculo clase E anidado en su centro y ornamentos simétricos esparcidos hacia lo que se llama «el norte» por convención. Laura Ferno está de pie en el polo sur de la figura, su vara extendida frente a ella orientada de oeste a este, a la altura de su cabeza. Hay artefactos mágicos de variado tamaño, desde un ramificador Chandra de dos metros de alto hasta puntos conductores no más grandes que un garbanzo, colocados alrededor del círculo. Frente a ella y a un lado, sin intervenir mágicamente en el asunto, hay un atril con algunas hojas llenas de anotaciones. En una esquina del atril cuelga de un cordón una tarjeta de acceso con el nombre de Laura y su foto.

Ar'un ar'ath il chuthi tra anh ha al luia kun kuan phal lif lithua ar'lath dulaku. Pan sulat'th chath esseli TSUAA TSUAA.

Hace un calor incómodo en la sala, a pesar del pujante aire acondicionado. Quitando la voz de Laura, está en silencio. A un no–mago podría perdonársele pensar que no sucede nada. La sala contiene una máquina casi por completo mágica en construcción, pero el flujo que conecta a los componentes es invisible e inaudible.

Hatt no es un mago de tiempo completo, y perder la costumbre toma apenas una o dos semanas de inactividad, así que el conjuro que utiliza para activar su oráculo–monóculo de bolsillo es demasiado simple como para visualizar suficiente detalle o aplicar una codificación en colores. Al sujetarlo sobre su ojo derecho, puede ver maná fluyendo alrededor del círculo como limaduras de hierro que siguieran las líneas de un exótico flujo magnético. La mayor parte del flujo está a la altura de los tobillos, pero en el lugar que alcanzan el ramificador sobre la esquina oriental, las líneas se alzan en arco hacia arriba y se esparcen a lo largo del techo. Algunos de los arcos descienden nuevamente hacia otros componentes, algo así como la electricidad que alimenta los motores de sendos autos chocadores. Los restantes se recopilan en yantras: componentes dinámicos de conjuro de nivel intermedio construidos a partir del luminoso maná. Hay siete u ocho de ellos orbitando ligeramente a la altura del techo, de los cuales dos o tres están incompletos. Frente a la mirada de Hatt, Laura enlaza dos de las pilas una a otra, recociendo sus interfaces expuestas y enlazando una palabra a la combinación.

Hay una delgada línea de flujo que recorre la altura de una pared y cruza el techo. Y suspendido por encima del centro de todo el ensamblaje, bañando el cuarto en maná de altas energías, hay un punto de luz tan brillante que Hatt no lo puede mirar.

Laura está enunciando un muy concentrado, muy complejo conjuro casi puramente mágico. A partir del volumen visible del trabajo terminado, Hatt estima que ya lleva de siete a nueve horas de pronunciación.

A esta altura Laura tendría que haberlo visto por el rabillo del ojo, pero no ha reaccionado a su presencia. Hatt se dirige al panel más cercano a la puerta, sobre la pared junto a los extintores de incendios, y descuelga un anillo Montauk. Da un paso hacia Laura y se detiene porque de repente la sala ha cambiado.

Ahora hay vidrio bajo sus pies. Las paredes y el techo también se han transformado en vidrio negro, un azulejo hexagonal. La sala se ha triplicado en todas sus dimensiones. La temperatura del aire ha caído abruptamente. El círculo de magia, antes liso bajo los pies, hace olas como el mar. Se oye el suave rechiflar de magia gastándose. Laura está en la misma ubicación, extendiendo su vara horizontalmente, pero el atril se ha ido. Y por encima de ella, apenas visible de no ser por escasas refracciones de luz, hay un fantasma. Es una figura humana, cabeza abajo y encorvada en un extraño medio agacharse. Cuelga de una mano por un extremo de la vara de Laura. El fantasma es casi incoloro y casi transparente, pero hay manchas de color que florecen dentro suyo como pintura que cae dentro del agua.

Edward Hatt pondera la situación. Se da la vuelta y mira hacia la puerta, ahora un largo trecho por detrás suyo. Se vuelve a mirar a Laura Ferno. Y retrocede un paso alejándose de ella, hacia la puerta que está detrás.

Y ahora lo ha estropeado. Las paredes y el techo han desaparecido y está incluso más frío que antes. El vidriado paisaje montañoso del mundo de Kazuya Tanako se esparce en todas las direcciones, comenzando con una vertiginosamente profunda caída apenas un paso frente a él, por lo que se detiene. La puerta ha retrocedido un kilómetro entero, hasta la cima de la próxima montaña. Lo único que Hatt ahora puede distinguir es el pequeño letrero, «SALIDA», brillando en verde por encima de ella.

Cuando voltea para mirar a Laura, el círculo mágico ya no está. Frente a ambos hay una montaña negra, un genuino Everest de dos billones de toneladas de vidrio alzándose desde la corteza del mundo hasta penetrar la zona de la muerte, si es que el mundo de Tanako tiene tal cosa. Laura aún blande su vara, pero ahora la utiliza como un bastón. En un acarreo de bombero, encorvada bajo su peso, carga una mujer sobre sus hombros. Frente a Laura ondea un camino que, bordeando la cuesta de la montaña y subiendo por un pliegue hasta la cima, es casi vertical y de varios kilómetros de recorrido.

Hatt no se anima a moverse de su lugar por miedo a producir un nuevo cambio de escenario a una cosa peor:

—Laura —la llama.

Laura se da la vuelta y lo contempla un largo rato. Hatt no puede reconocer el rostro de la mujer que está cargando.

—¿Me vas a ayudar? —le pregunta Laura.

—Ella, ¿quién es?

—Mi madre.

—… pensaba que tu madre se había muerto.

—Nadie se muere —dice Laura—, siempre y cuando los tengamos en el recuerdo.

—La salida es por allá. Tienes que volver conmigo.

—No —dice Laura—. No es. Fíjate de nuevo. La salida está al otro lado de esta montaña.

—No hay maná en el mundo que pueda ayudarte a cruzar esa montaña —dice Hatt.

Laura no dice nada. Hatt se pregunta cuán lejos está de despertar, y si a esta altura está conversando con una persona consciente. En algún lugar de esos planos, la mente de Laura Ferno está quedándose sin aire, construyendo su respuesta. Pero la metáfora alpinista es demasiado simple, con una respuesta muy simple. No es más que fuerza y resistencia.

Hatt añade:

—Y estás derrumbando mi edificio.

—¿Me vas a ayudar? —le pregunta Laura.

—No.

Laura pasa otro largo rato sin decir nada, inexpresiva. Luego gira y continúa la marcha.

Hatt llega a una conclusión. Se aferra al anillo Montauk y corre hacia Laura, atravesando estratos de metáfora. La gravedad se pone patas arriba y el ambiente se reconfigura por encima suyo cual holograma táctil. Hatt hace caso omiso y se concentra en colocar un pie por delante del otro. Una caja fuerte que se viola desde adentro. Un ave de presa atada con correa, que con frustración picotea el nudo de cuero que retiene sus patas. Un sueño viviente tan enorme como un continente, intentando terminarse a sí mismo. El sueño final, cuando Hatt alcanza a Ferno, es más pequeño que todos los demás y tan frío que Hatt siente que le arde la piel. La madre de Laura yace ahora en el suelo, y ante ella está Laura de pie, en guardia, sujetando su vara en una posición defensiva, estilo bojutsu. Los tres están al final de una sala de acero baja, apretada y oscura. ¿Un contenedor de cargas?

Laura no está protegiendo a su madre de Hatt. Fija su atención en algo detrás de él. Hatt echa un vistazo. Se trata de un escuálido y apestoso humano alargado en vertical, con un rostro supernumerario, que no viste nada excepto gruesas capas de sangre. Las cuencas de sus ojos están vacías. Sus dedos son demasiado largos. Boquiabierto, muestra unos dientes como bisturíes, y golpea a Hatt en la mandíbula, tan fuerte que lo lanza hacia Laura y Rachel, contra la pared más lejana del contenedor. El acero es grueso y en consecuencia produce un clonc más que un tann. Hatt deja caer el anillo de Montauk, que traquetea y da vueltas hasta detenerse en el piso junto a su cabeza.

Llegado este punto Hatt se da cuenta de que el anillo estaba tibio. El resto de su piel está congelada, casi al punto de agrietarse cuando se mueve, y las paredes son como hielo seco y pegajoso, pero su mano derecha, con la que estaba sujetando el anillo, aún está tibia. Ello se debe a que dentro del anillo nada de esto está sucediendo.

Laura ataca al monstruo, golpeándolo dos veces en la cabeza, con fuerza como para partir su cráneo con el primer golpe y esparcir órganos riñonescos por el suelo con el segundo. Acéfalo, no para de arrojar golpes en dirección de Rachel Ferno, pero Laura aterriza sobre su torso y quiebra sus brazos valiéndose de su vara y del principio de palanca. Parte su pecho al medio.

Hatt se yergue con dificultad, su nariz y húmero fracturados sanando rápidamente. Desde su perspectiva, el universo observable equivale a unas pocas docenas de metros cúbicos. Más allá del diminuto círculo rojo de luz, hay acero en todas las direcciones salvo una. En esa última dirección, la otra mitad del contenedor está hecha de una densa penumbra, desde la cual se acercan a los trancos otras dos idénticas cosas de sangre. Laura se abalanza sobre ellas, pero una tercera aparece detrás de las demás. Hatt no alcanza a ver el final opuesto del contenedor. Puede que no haya un final. Puede que haya una fila infinita de cosas de sangre alargándose en la oscuridad. No hay victoria posible. Es el rincón de la pesadilla más oscuro, más ineludible.

Hatt advierte que los ojos de Rachel Ferno están abiertos. Y lo está mirando.

—¡La magia no funciona aquí! —grita Laura, sin mirar atrás. Quiere que Hatt preste ayuda, enfrentándose físicamente a los monstruos. La pesadilla ya está tan abarrotada de carcasas reventadas que es difícil para ella valérselas sin patinar. Su vara es demasiado larga: un extremo choca contra la pared o el techo con estridencia. Intenta desenroscar una de sus piezas para acortarla, pero no consigue hacerlo al mismo tiempo que se entabla el combate. Dos oleadas más y ambos de veras estarán muertos—. ¡Ed, ayúdame! ¡Estoy tratando de salvar su vida!

Hatt frota el kara de su muñeca. Con un dedo del pie lanza su anillo Montauk al aire y lo atrapa. Da un paso adelante por encima del cuerpo de la madre de Ferno, y astutamente deja caer el anillo sobre la cabeza de Laura. Y recupera posesión de su Nombre Verdadero.

Eilo fib thalath dulaku. STOP.

Laura ofrece resistencia. Empuja a Hatt con un muy entrenado movimiento de bo, con el que Hatt se deja llevar, dejando que lo arroje, revolcándose. Laura tira para quitarse el anillo de la cabeza, pero ya es tarde. El mundo anidado de Tanako se ha apagado por completo. No hay más flujo de maná. Los abstractos yantras del techo se caen a pedazos y se disuelven. La sala está de vuelta.

Yaciendo boca arriba, Hatt observa el distribuidor incrustado en el techo, ya desactivado y deteniéndose como el resto del equipamiento de la sala:

—¿Ya terminaste? —pregunta en voz alta, y mira por en medio de sus pies hacia Laura.

Laura está roja de la furia y la frustración. Parte su vara en dos piezas y las sujeta con una mano mientras junta sus papeles del atril. Toma la tarjeta de acceso falsamente etiquetada y se la arroja a Hatt al pecho:

—Esto es tuyo.

*

No hay conjuros limpios. Las cantidades de energía táumica —maná— que se deposita en un conjuro nunca equivale al trabajo útil realizado por el conjuro. El calor residual existe. Y también existe el maná residual.

Los magos del Grupo Hatt han enunciado conjuros de altas energías desde hace más de una década. El total de maná residual producido equivale a cientos de gigajoules. El maná residual es indetectable. La teoría y la aritmética simple demuestran que ha de existir, y que ha de obedecer a las mismas leyes que todo el resto del maná, pero fuera de todo mago. Y, por lo tanto, fuera de todo provecho.

Debajo de la D12A, instalada y sellada en cemento porque no había motivo para no hacerlo, hay una «cloaca»: una batería de anillos de Montauk de dos metros. Los anillos de Montauk drenan el maná liberado del ambiente. Hatt no tenía forma de demostrar que la batería estaba recolectando nada, y mucho menos de recuperar el maná acumulado en una forma útil, que fuese asequible para un mago. Pero su vida consiste en una silenciosa esperanza científica. Él inició su propio depósito preparándose para un futuro posible en el cual pudiera valer algo. Su reserva privada.

Laura Ferno entró allí por la fuerza y drenó el noventa por ciento usando una enrevesada y descabelladamente maravillosa técnica de adopción de alias del Nombre Verdadero que solamente ella, su hermana y su madre sabían que era posible.

Y esa ni siquiera fue la parte más difícil.

*

La opinión que tiene Adrian Middleton es que habría que retirar a Ferno de las instalaciones inmediatamente, y luego ocuparse de resolver todo lo demás. Hatt lo descarta. Deja ir a Wester y lleva a Middleton y a Ferno a su oficina. Middleton se queda de pie observando desde un rincón.

Laura se sienta erguida en el medio, rodillas bien pegadas. Lenguaje corporal a la defensiva. Sin tarjeta de acceso.

Hatt abre con:

—Tienes los sueños bizarros.

—… sí.

—Como le sucede a muchos magos, apareces en el mundo de Tanako con frecuencia. Sabes cómo ir y volver.

—Sí.

—Ves cómo son las cosas allí.

—Sí.

—Cada tanto, ves a tu difunta madre.

—Sí.

—Hoy, intentabas traerla de regreso desde el sueño. Intentabas traerla de vuelta a la vida.

Laura dice:

—El mundo de Kazuya Tanako es real.

—No lo es —dice Hatt.

—No. No. No es un sueño. No es un sueño compartido. No es un estado de ensoñación común a todos los magos. Es un lugar al que podemos ir. Es real. Se comporta como otro universo. Si colocas la suficiente magia en un solo lugar, puedes ir allí. Mi mamá está allí. La última cosa que hizo antes de morir fue quemar tanto maná como para dejar la marca de esos eventos finales en el… el registro vitreológico. Como si fuera una bengala. Fue un balizamiento hecho para mí en el futuro. Y si colocas la suficiente magia en un lugar, puedes traer cosas de regreso.

Hatt dice:

—Todo eso es una metáfora, quizás bien expresada, pero que no tiene fundamento.

—¡Tú me lo demostraste! Demostraste que se puede traer cosas de vuelta del mundo de Tanako…

Hatt hace aparecer la prototípica tarjeta de embarque.

Es la misma. La hace aparecer de la nada, sin pronunciar palabra mágica:

—Es ilusionismo. Te estaba engatusando a partir de escenas increíbles para que te pusieras de mi lado. No es un truco que le muestre a todo el mundo, pero por ti lo hice. Observa mis dedos. Uno… dos. Uno, dos. ¿Puedes verlo?

Laura queda pasmada. Hatt le cede la tarjeta de embarque, luego abre un cajón y, de una oronda pila de diversos papeles, extrae una hoja con veinte tarjetas idénticas más. Son todas la misma, esperando que se la remueva del troquel.

Prosigue:

—No se pueden traer objetos físicos de vuelta de un sueño. No se puede caminar a casa desde un sueño.

Con la mirada fija en la tarjeta de embarque, Laura dice:

—Sí puedes. Yo lo he hecho.

Abochornado, y por no tener a donde posar la vista, Ed Hatt abre las persianas y observa a través de la ventana.

No hay nada que valga la pena mirar. El tiempo soleado de la mañana fue un intento fallido. Ahora hay gruesas nubes grises cargadas de lluvia llegando desde todas las direcciones. El día se está volviendo realmente miserable. Momentáneamente cierra los ojos, imaginando su panorama preferido:

—Sabes muchas cosas que nadie más en la compañía sabe —dice—. Posiblemente eso incluya muchas cosas que nadie más en todo el mundo sepa. Como por ejemplo lo que hiciste para aprovechar el contenido de la cloaca de maná. Me encantaría saber como lo hiciste.

Laura no dice nada.

—Pero también eres un riesgo de seguridad. Y no estás haciendo el mismo trabajo que el resto de nosotros. Nuestro trabajo consiste en el vuelo espacial a base de magia. Tú estás trabajando en algo completamente diferente. De modo que…

—Mi madre puede decirnos…

De modo que tendremos que averiguar cómo resolver el problema del maná residual nosotros mismos. Y también los demás problemas. Porque no vales la pena.

—Todavía puedo hacer esto —dice Laura—. Ya sé lo que tengo que hacer. Me hacen falta los códigos de Ra.

—¿Qué es lo que sabes de Ra? —pregunta Hatt.

En seguida se da cuenta de su indiscreción. Acaba de regalar una cosa por no medir adecuadamente sus palabras. Laura advierte la expresión totalmente nueva que brevemente cruza el rostro de Hatt antes de recuperar el control de sí mismo. «¿Alarma, quizás?» Por un instante Laura se pregunta si Ra es un secreto bien guardado de Hatt, del cual ella se supone que no tiene que saber nada.

No, fue incredulidad. Ra es un misterio tras del cual Hatt ha estado andando hace tiempo ya. Al igual que ella.

Laura dice, con cuidado:

—¿Qué es lo que quieres saber de Ra?

Hatt responde:

—Necesito saber lo que sepas.

Sigue una pausa. Laura pregunta:

—¿Estoy despedida?

—Quedaste despedida hace veinte minutos.

—No me has respondido la pregunta. ¿Estoy despedida ahora mismo?

Hatt echa una ojeada a Adrian Middleton, el cual, por el rabillo del ojo de Laura, se encoge de hombros:

—Sabes qué es lo que pienso —dice él.

Hatt mastica la pausa. Finalmente, poco entusiasta y de un modo brusco, inclina la cabeza hacia Middleton.

Middleton abre la puerta de la oficina, y la sostiene para que Laura salga primero.

Ella se va, resolviendo lo que le queda por hacer al andar.

 

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