De La Oscuridad, Llévame A La Luz

Antes

—¿Dijiste Natalie Ferno?

Exa, viajando por el Eurotúnel, acaba de recibir una llamada al teléfono móvil. Esto es una cosa completamente normal para él. Ya iba en dirección al lugar del atentado, pero acaba de llegarle la tarea específica de interrogar a esta mujer.

—Afirma…

¿Natalie Ferno?

—Afirmativo —repite Casaccia—. ¿Hay problemas?

—Revisa tus archivos —dice Exa.

—¿Mmm?

—Tenemos antecedentes con esa mujer. De hace cuatro años. No te culpo por intentar olvidarte de ello. Busca su información y hazlo ya mismo. Te doy la palabra clave: «fiasco».

Casaccia obedece. Pasan unos segundos mientras lee. Su respuesta eventual es una larga inhalación seguida de un único y alargado insulto al aire.

Exa suspira. A veces piensa que es la única persona competente de toda la organización.

*

A Zeck le han dicho Zeck durante tanto tiempo que hasta figura así en las plantillas oficiales de la Universidad. A veces la gente que no lo conoce bien trata de llamarlo por su nombre de pila, lo que termina siendo insultante, no solo porque inevitablemente lo pronuncian mal, sino porque «Zeck» es, según todo el mundo incluyendo al mismo Zeck, el nombre real del tipo.

Su esposa le dice Zeck.

Su casa está construida en su totalidad en base a superficies planas: repisas de ventana, repisas de chimenea, mesas laterales, rincones. Cada superficie está cubierta de chucherías grises. El lugar sería una pesadilla de desempolvar si se decidieran a hacerlo. Zeck es lo suficientemente viejo e inmóvil como para ser uno de los pocos tutores de magia teórica que imparte clases particulares en su propia casa. Natalie y él suelen trabajar en la mesa de la cocina, que, si bien está abarrotada de objetos al igual que las demás superficies de la casa, al menos el desorden de objetos se puede levantar y amontonar en otras partes.

Zeck es un ser humano perfectamente cordial, y un buen mentor. Su casa pone los pelos de punta a Nat. Y es un lugar frío. Rechina contra el viento.

Es el primer semestre del primer año de la carrera universitaria de Nat. Zeck la instruye en Álgebra Fónica. De toda la magia teorética introductoria, Álgebra Fónica es la clase que resultaría menos reconocible para cualquier estudiante de, digamos, física. La magia tiene un lenguaje: un alfabeto, un vocabulario, una gramática y un acento. Todo lo que dice un mago significa algo. Cada sílaba hace algo a las sílabas previas y al universo. Los contenidos son «básicos», en el sentido de que forman la base de casi toda la teoría mágica, pero también están plagados de trampas, únicas excepciones y enloquecedores sonidos vocales de muchos matices.

Es extremadamente fácil escribir conjuros que funcionan en la teoría a la perfección y que ninguna lengua humana puede llegar a pronunciar.

Otro dato curioso: en 1978, un teorema extenso pero elegantemente asombroso de Shilmani demostró que el lenguaje de la magia tenía un nombre. Es decir, que el lenguaje de la magia contenía dentro de sí un nombre para el lenguaje de la magia. No fue una prueba constructiva; recién para 1980 Shilmani llegó a demostrar que el nombre del lenguaje de la magia era, de hecho, el conjunto vacío.

La cuestión es que la magia es tan complicada que resulta vergonzosa, y proteger a los aspirantes a magos de esa complejidad es una gran manera de impedir que se conviertan en magos. El Álgebra Fónica es el borde filoso de las asignaturas introductorias. Es una clase obligatoria que convierte a los aspirantes en serios magos bajo instrucción o en igualmente serios ingenieros electricistas.

—Hiciste algo interesante —dice Zeck, comenzando la sesión. Está repasando las soluciones de Natalie a los problemas introducidos la semana pasada—. Pregunta diez. La resolviste y luego te excediste un poco.

—¿Qué? Ah.

—¿Quieres explicarlo? Escribiste una página entera de solución extra. No me estoy quejando, es que no hay notas adicionales ahí atrás.

—¿Tiene sentido?

—Lo tiene —dice Zeck, asintiendo varias veces—. ¿De dónde salió?

En última instancia, salió de su madre. Era una curiosa y abstracta solución que, para Natalie, había existido siempre en un completo vacío, memorable y a pesar de ello sin sentido. Nunca había tenido sentido para ella hasta que vio la pregunta diez. Y entonces fue como aplicarle voltaje a una maraña de vidrio apagado y ver colores fosforescentes iluminándose dentro de él.

Pero Natalie automáticamente se guarda toda la verdad.

—Simplemente… salió.

—Acertaste la pregunta —dice Zeck—. Está bien, no hace falta elaborar más. Los «puntos adicionales» también son correctos. Excepto que este es un resultado bastante novedoso. No lo había visto antes. Veamos…

Zeck es lo suficientemente viejo como para anteceder a la ciencia mágica. Los magos pueden dividirse ampliamente en dos categorías: los menores de cuarenta años, que esencialmente crecieron dentro de la magia, y los mayores de cuarenta años, que se instruyeron desde alguna otra disciplina, y se esmeraron en volver a instruirse para no quedar rezagados. Zeck era un respetable investigador en matemáticas aplicadas cuando la advenediza magia comenzó a nutrirse de un sustancial financiamiento para investigación. Ha visto a la magia desplegarse en vivo. Ha sido una de las pocas personas en la Tierra —fuera de los iniciales pioneros del enclave Vidyasagar— en conocer, en un momento dado, toda la magia que podía llegar a conocerse. Eso ya ha quedado una década y media en el pasado, pero la cuestión sigue firme: que si Zeck no ha visto algo antes hay una sólida probabilidad de que nadie más lo haya visto antes.

—… eso no quiere decir que vayan a temblar los cimientos del mundo. Podría valer la pena estudiarlo formalmente. Académicamente. Aunque podría ser algo temprano para ti, en lo que respecta a tu carrera. Antes de embarcarnos en ese bote en particular, tengo que preguntarte de nuevo, ¿estás segura de que esto no se ha extraído de ninguna parte? ¿Alguna lectura extracurricular?

—No —miente Natalie.

—Entonces creo que yo podría intentarlo —anuncia Zeck. Aunque se especialice en teoría, Natalie ha tenido que tomar un número fijo de clases prácticas. Eso significa que se ha ligado a un Nombre Verdadero —una sola vez, con ayuda— y que puede llegar con confianza hasta eset, que es el equivalente mágico a Ya Lloviendo Está. Zeck está en mejor posición para intentar pronunciar un conjuro, aunque ello rompiera su rutina habitual—. Llevará algún tiempo glosarlo a un conjuro real, pero veré si puedo tener algo de tiempo.

—Pues, ah… gracias. No pensé que fuera importante.

—¡Puede que no! Pero, a pesar de todo, es novedoso. Lo sabremos, si puedo tener la oportunidad —dice Zeck—. En realidad, lo que haré primero es leer un poco sobre el tema y veré si puedo averiguar si ya se ha hecho. Caso contrario, si se puede, etcétera. Así que: no hay problemas con las preguntas uno a nueve. La diez es correcta. En la once empezaste a dar tropiezos…

Esta es la penúltima clase de mentoría del semestre académico de Zeck y Natalie.

Su última sesión ocurre una semana después. Ambos se han olvidado ya de la cuestión anterior.

(Pues, en realidad, Zeck ha intentado el conjuro, pero sus efectos fueron poco memorables. Por lo tanto, decide no mencionar el asunto, a menos que Natalie plantee el tema. Con lucidez, Natalie infiere la línea de razonamiento de Zeck, y tampoco lo trae a colación. Pero al final, da lo mismo).

Después de eso, concluye Álgebra Fónica. La Navidad está por llegar, y en la primavera, Natalie pasará a un nuevo conjunto de clases y tutores.

Durante la Navidad apuñalan en el riñón a la hermana gemela casi idéntica de Natalie, un sujeto al que ella —la hermana— mata en defensa propia.

*

Exa entró en modo aleccionante.

—Un recordatorio para cualquiera que esté escuchando: el fiasco de Natalie Ferno es lo que sucede cuando alguien que no sea Caz está de guardia. Es lo que pasa cuando el idiota de Scott Parajsa decide asesinar a una persona sin una buena razón y luego delega el asunto a terceros, que lo arruinarán todo a cualquier costo. En lugar de, por ejemplo, a mí.

»¿Dónde está ahora? ¿Emborrachado? ¿En Chile? El mejor lugar. Es una ridiculez que le hayamos dejado conservar sus privilegios.

»Estoy ciento por ciento a favor de asesinar gente que deba ser asesinada. Natalie Ferno no debía ser asesinada. Wiktor Czekanowski, que descanse en paz, no debía ser asesinado.

»¿Quién sabe lo que Ferno habría hecho si nos hubiera vinculado con el ataque?

*

Los meses pasan, el año pasa. En una charla de café, Laura acaba de hacerle dos regalos a Natalie: un conjuro de escudo autodefensivo, y una advertencia:

—Ten cuidado.

Natalie se pasa todo el viaje a casa mirando por encima del hombro y pensando en lo que tiene que hacer para tener cuidado.

Supongamos que alguien realmente trató de matarla. A ella, no a su hermana, ni al azar. A propósito. Lo echaron a perder, y mantuvieron un perfil bajo durante meses. ¿Por qué no volvieron? ¿Volverán? ¿Cuándo? No tiene certeza alguna. Pero las probabilidades son lo suficientemente elevadas como para ignorarlas.

Nunca se ha sentido así. Es como si el mundo exterior estuviese inundado de radiación ionizante. A la que se expone de tan solo estar en público, y cuanto más tiempo está así, mayores probabilidades habrán de morirse.

Lo primero que hace es probar el escudo. No consigue hacerlo funcionar. Ella tiene apenas la capacidad suficiente para entender que el regalo, EPTRO, está mucho más allá de tal capacidad. A continuación, reordena su agenda académica para darse tiempo en un curso acelerado autogestionado de magia aplicada y veinte horas de meditación estructurada por semana. Saberse los ejercicios no alcanza. Necesita poner su mente de nuevo en forma.

Una vez que logra activar el escudo con regularidad, y que ha probado sus funciones, el hirviente miedo de Natalie comienza a nivelarse. La necesidad de llevar tanto el brazalete como el punto conductor sigue siendo un inconveniente. Se perfora la oreja, y lleva a cabo un cómputo de optimización altamente especializado que le permite descartar por completo el brazalete.

Supongamos que alguien intentó matarla. ¿Por qué?

Natalie repasa cada página de los trabajos que ha producido desde que inició su educación mágica. Elimina lo obvio… es decir, los resultados que todo el mundo conoce. Lo que le queda es un conjunto relativamente pequeño, constituido esencialmente de garabatos mágicos. Ella compara los plazos, reduciendo aún más el conjunto. Pero no es más que papeleo. Teoría.

¿Qué hay de la práctica?

La práctica mágica libera una avalancha de partículas ji. Las partículas ji generalmente se describen como neutrinos con metadatos adjuntos. Casi no interactúan, a menos que se los intercepte deliberadamente.

Natalie imagina el futuro del Gran Hermano. Imagina el equivalente mágico de un micrófono direccional, apuntando derecho hacia su cabeza, grabando cada conjuro que pronuncie por siempre. Natalie trabaja en teorías. Puede enumerar casi todos los conjuros que ha pronunciado jamás, siendo tan pocos.

Imagina a todo el mundo con un idéntico micrófono que apunte hacia ellos. ¿Hay alguien más que haya pronunciado un conjuro que ella haya escrito? ¿Podría ser que hayan seguido el rastro hasta llegar a ella?

Oscilando enloquecida entre conclusión y conclusión, llama al número de Zeck.

La persona que atiende es la viuda.

El invierno pasado, se entera Natalie, fue demasiado duro para Zeck. Se enfermó terriblemente; rápida y terriblemente. Neumonía.

*

—Caz, otra cosa. ¿Dijiste que Nat Ferno fue testigo de la explosión en la casa de su hermana?

—Sí —le dice Casaccia a Exa—. Es así según la noticia.

¿Desde dónde?

Casaccia vuelve a arrojar la imagen correspondiente a la pantalla. Meterse en los registros de esta manera está empezando a darle un dolor de cabeza, porque no lo está haciendo de la forma correcta. Cen, el adivino, sería capaz de hacer un mejor trabajo, pero todavía está a horas de llegar.

En breve, Casaccia recordará que es miembro del Grupo de la Rueda, y ajustará su kara para que ahuyente el dolor de cabeza. Pero antes de eso va a sufrir durante otros veinte o treinta minutos.

—Ella… —comienza.

Exa responde con paciente silencio.

Casaccia ahora mira un solo recuadro con tres alfileres verdes etiquetados:

—Ella fue una de las dos personas que volaron.

—Natalie Ferno le dio a la policía un testimonio ocular de la explosión… ¿desde el más allá?

—Estoy mirando a cámara lenta —dice Casaccia—. No murieron. El perpetrador muere al instante. Ella y el otro hombre… salen de la casa a gran velocidad cuando se produce la detonación. Expelidos. Pasan unos minutos y se ponen de pie. En perfecta salud… ¿Será que llevaban puestos aros medicinales?

—O algún tipo de escudo —dice Exa—. Recuperamos el aro medicinal de Rachel Ferno; no hay manera que legara nada similar a sus herederos. Sin ser estúpidos, ¿podrían haber sobrevivido si estuvieran usando equipamiento de desactivación de bombas?

—Imposible —dice Casaccia.

—Un escudo, entonces —concluye Exa—. Sobrevivieron usando magia.

Casaccia frunce el ceño, corriendo la imagen adelante y atrás:

—Eh.

—¿«Eh»?

—Dame un segundo.

No hay ji en la imagen.

Tal vez el interferidor akáshico del atacante tenía un amplia área de efecto. Suficientemente amplia como para borrarlo todo hasta el lugar de destino de Natalie Ferno, al otro lado de la calle.

Pero el atacante se muere. A menos de una décima de segundo después de la detonación, ya dejó de existir.

Y todavía no hay ji en la imagen.

*

Pasan más meses y Natalie vuela a casa desde Islandia con la mente metida en un torbellino. Acaban de pasar cosas aterradoras e inexplicables. Ra es solo la punta del iceberg.

(«¡No eres esto, Benj! ¿Así que quién lo es?» había gritado. «Se los dije —les había respondido él—. Se los estuve diciendo y diciendo…»).

Su conjuro misterioso —bueno, su subconjuro— es un extraño resultado de trabajo sucio. Ella puede calcular, a cualquier cantidad de decimales, lo que realmente hace. Lo que no puede predecir es cómo reaccionará la realidad, y por lo tanto no le queda alternativa a hacer la prueba y ver qué sucede. Pero si ella probara el conjuro en la realidad, el ji brotaría y la delataría, al igual que delató a Zeck. La señalaría como una confirmada amenaza. ¿Para quién? No lo sabe. Aún no puede saberlo.

Podría suprimir la emisión de ji. Hasta ahí, ha demostrado —con dificultad y en secreto— que es factible. Pero suprimir tal emisión requeriría un conjuro completamente distinto, y eso liberaría su propio ji, el cual podría rastrearse. Tendría que suprimir la emisión de ji de ese segundo conjuro usando un tercero. Y así una y otra vez, en permanente recursión. En teoría, podría hacerse muy fácilmente… por medio de un conjuro infinitamente largo e infinitamente complejo, pues no existe conjuro finito alguno que pueda describir por completo su propia estructura.

Es decir, a menos que ya entiendas la cuestión básica de los quines.

Natalie Ferno pensaba que los conjuros quine no podían llegar a existir. Y luego, hace unos días en la montaña, observó un contraejemplo con sus propios ojos.

Natalie no sabe que Benjamin «Ra» Clarke construyó su quine con la asistencia mecánica de un astra, un impío artefacto surgido desde la noche de los tiempos; una máquina que permite a los conjuros pronunciar conjuros. Con ese objeto a mano, construir algo así como un interferidor akáshico sería escandalosamente sencillo.

Pero Natalie tampoco sabe que el artefacto en cuestión no es más que un atajo, un dispositivo ahorrador de esfuerzos. Como montar en helicóptero para llegar a la cima de K2, no hace nada que un ser humano con suficiente determinación no pudiera hacer sin ayuda.

En teoría.

Todo lo que sabe Natalie es que es posible.

*

—Ella también lleva un interferidor —dice Casaccia.

—¿Hace cuánto tiempo —pregunta Exa cuidadosamente— lo ha estado llevando?

—No lo sé —admite Casaccia, exasperado—. ¡No lo sé! Estoy en ello. Todavía no he tenido cinco segundos ininterrumpidos para pensar en esto.

—Scott Parajsa actuó en base al peor de los casos —dice Exa— en el que Natalie Ferno, o Wiktor Czekanowski, o ambos, habían usado ese conjuro oracular y habían visto la estación de escucha, o el distribuidor, o ambos. O peor, a Ra. Nat Ferno encontró una laguna en la magia a través de la cual sería capaz de vernos. Pero toda la evidencia sugería que estaba dejando de investigar ese hilo. Que no resultaba un problema. Y por si acaso se convertía en uno, plantamos más de una trampa.

»¿Y ahora?

*

Pasan meses, y luego más meses, y otra vez meses más tarde…

Natalie Ferno, taumoastrofísica, está buscando evidencia de magia en el espacio. El proyecto está en marcha. Es demasiado pronto para sacar conclusiones, pero ella ya sabe lo que va a encontrar.

No puedes probar un negativo. No importa cuántos datos reúnas. Siempre será posible justificar una adicional recopilación de datos, para fines confirmatorios.

Siempre será posible justificar la retención de la verdad. Dame un mes más. Dos meses más.

Laura Ferno es una científica poco seria… precipitada e imprudente en exceso. Y Natalie Ferno también es una científica poco seria, a su manera.

*

Exa no deja que Casaccia hable:

—La mala decisión de Parajsa condujo a que el peor de los casos sucediera. Estamos tan pasados de largo que debemos recalibrar. ¿Quién sabe cuánto tiempo se ha estado escondiendo de nosotros? ¿Quién sabe lo que realmente ella ha visto?

*

Y es el presente.

En la recepción de Chedbury Bridge, Natalie Ferno ha asumido la pose del «rey pensante»: inclinada sobre el lado de un sillón, dedos de una mano contra sien y mejilla, mirando de frente una cosa sumamente importante que nadie más puede ver. A su lado, su café procede a equilibrarse con la temperatura ambiente.

Los han aislado, a ella y a Devi. Los han sacado del caso debido a su relación demasiado estrecha con las fuentes, como para que se les permita emitir juicio. Ciertamente, los han mantenido apartados de todas y cada una de las instancias de Ra. Con una gota de esfuerzo, la policía encontrará otros magos independientes que puedan seguir adelante con la investigación.

Esto le deja a Natalie un reducido conjunto de hechos conocidos.

«Hay un telescopio apuntando hacia abajo, a la Tierra. Pasé a su lado dos veces. Una vez al entrar. Una vez al salir».

«Se había movido. Sé que se movió, porque esperaba que lo hiciera».

Hay una manera de encontrarle el sentido a todo esto. Incluso sin acceso a las pruebas que la policía está acaparando, hay una línea recta que conduce al lado más lejano. Pero no puede dar con ella.

—Lo siento mucho —dice Anil Devi, sentado cerca de ella, sosteniendo su propia infusión.

Natalie evita cuidadosamente reaccionar a lo que dice.

—Lamento tanto la pérdida de tu hermana —continúa Devi—. Apenas trabajé con ella, pero… era una gran ingeniera. Convincente. Intransigente. Casi siempre tenía la respuesta correcta.

—Ella y yo nos morimos ya una vez —le dice Natalie, inmutable. Habla con voz suave y ligereza, como quien recita un cuento de hadas—. Estábamos en una montaña volcánica en Islandia, llamada Krallafjöll. Estábamos allí con un amigo llamado Benjamin Clarke. A quien Ra había poseído. Hizo volar la montaña debajo nuestro, y nos ahogamos en la lava.

»Sobrevivimos en el interior de un escudo, quizás por noventa segundos, o dos minutos. Entonces Laura y yo nos quedamos sin maná, y el escudo colapsó, y fuimos asesinadas. Aplastadas, hechas cenizas, e incineradas hasta los átomos.

Devi no tiene como responder a esto.

—Antes de quedarnos sin aire —dice Natalie—, escapamos juntas al mundo T. Y mientras estábamos en el sueño presenciamos nuestra muerte. Y entonces los tres, Laura y el verdadero Benj y yo, regresamos caminando a casa desde el sueño. Y yo aún… —Natalie no termina la frase.

—¿Cómo caminaste a casa? —pregunta Devi, suavemente.

Natalie ignora la pregunta:

—Lo hicimos una vez. Laura puede hacerlo de nuevo. Ella está con vida.

—No. —Devi toma la mano de Natalie—. Tu hermana está muerta. También su novio. Viste las tinas. Identificaste los restos. —Devi tiene que armarse de valor para decir esto, porque él también ha visto las tinas, y… «Dios mío».

—Todo esto comenzó con una violación de las leyes de conservación, Anil —le dice Natalie—. Laura sigue viva. Todavía está en problemas. Y todavía tenemos que encontrarla.

 

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