Infierno

Antes

Al alcance del Grupo de la Rueda hay un poder ilimitado, y detestan usarlo. La tosca teletransportación mágica —deconstrucción/reconstrucción biológica seguida de una transferencia de control— es una capacidad efectivamente cierta que ellos poseen, pero si el mundo es real y puede recorrerse físicamente, ¿por qué sobreexigir al sistema? ¿Para qué arriesgarse a ser descubiertos? Podrían deslizarse por todo el mundo de a saltos de mil kilómetros cada vez, pero prefieren no hacerlo.

El Piso es real y puede accederse tan solo a pie, dando por hecho que comienzas por el continente apropiado y sabes cuáles caminos secretos hay que seguir. Pero esto lleva mucho tiempo. Por ejemplo, el «timón» del Piso está tan lejos de cualquiera de los muros que para llegar hasta allí es necesaria una caminata de quince minutos a través del suelo entramado. De ahí la red subterránea de metro.

Paolo Casaccia llega a la terminal ferroviaria miniatura en una amplia, cómoda y agradablemente silenciosa cápsula unipersonal. Luego de salir, el vehículo cierra su puerta y se retira al almacén para referencia futura, junto a otras dos idénticas cápsulas.

La estación tiene un bajo cielorraso, y un corto tramo de escalera conduce al Piso, arriba, a través de una estrecha abertura. Las tareas de monitoreo son tediosas, y una llanura poco interesante del tamaño de Gibraltar no puede ser ninguna clase de hogar, así que hay otras comodidades provistas en este pequeño complejo: retretes, habitaciones, cocinas, un bidón de agua fría. Las reglas son complejas y rara vez se las hace cumplir, pero se espera que los miembros de la Rueda no se hagan el hábito de fabricarse los alimentos a partir de la nada misma.

Casaccia es un treintañero de cabello oscuro y traje inmaculado, y lo viene siendo desde hace más o menos treinta años. Sube los escalones al trote hacia un sol brillante. Es un día glorioso en el Piso. El punto focal de la monumental pantalla de palco vip se ha situado en algún lugar de la costa de Malasia, y la luz solar se reproduce con tal precisión que deja la piel bronceada. Además es un día tranquilo, solo Adam King a los controles del mundo y de ausente trajinar. Sin incendios no hay bomberos. En un día así King hasta podría estar dispuesto a que lo interrumpan.

King deja el libro que estaba leyendo. Casaccia cruza el límite invisible del círculo mágico clase D, de tal manera uniéndose oficialmente al equipo de operaciones.

—Esto no es una emergencia —explica.

—Es evidente. ¿Casos extremos de alta energía? —sugiere King, expectante, pero sabe cuáles son las áreas de especialización de Casaccia y no tiene grandes esperanzas. El asunto será de seguridad.

Casaccia agita la mano. El horizonte malayo se despeja, y en su lugar aparecen canales de noticias «las 24 horas», e imágenes aéreas multiespectrales de una casa en particular en una ciudad inglesa en particular. El titular, estático, enfatizando blanco sobre rojo, se lee: «BOMBA MÁGICA».

Es una primicia mundial, pero no del todo imprevista. De hecho, es un fenómeno emergente que el Grupo de la Rueda ha esperado pacientemente desde hace ya algunos años. Señala un hito impresionante en el avance de la tecnología mágica. No es que sea apropiado ponerse a descorchar el champán.

King suspira profundamente y se suena un nudillo:

—La tecnología lo hace todo más fácil —observa indiferente—. Resulta que «todo» incluye a las maldades. ¡Vaya sorpresa!

—Una sorpresa, en efecto —dice Casaccia—. La bomba en sí misma estalló hace casi doce horas. La noticia sobre la construcción de una bomba se filtró mucho más recientemente. Fue entonces cuando la detecté: en las noticias. Estás a punto de decir que nos habrían alertado a milisegundos de la detonación. Y tendrías razón. Fíjate en esto.

Hace unos gestos hacia la pantalla que está mostrando datos internos de la Rueda, e indica una imagen en particular, en falso color. Hay alfileres verdes simbolizando policías rodeando el cráter de la casa destrozada. Esta es una de las escuchas ji, canalizada directamente desde la estación de escucha. La imagen es casi totalmente oscura, porque no hay gasto de magia en curso. La escena del crimen no es más que una alfombra de sombras negras y azules.

Casaccia arroja una marca de tiempo y hace retroceder la escena medio día, hasta que los puntos verdes desaparecen:

—Casi no tenemos datos sobre el aspecto interior de la casa —explica—. Y ahora está destruida, así que este es el mejor plano disponible. Así es como sucede. Este hombre, dentro de la casa, está allí desde el principio. Estas otras dos personas llegan por separado y entran… creo que lo están buscando, o a alguien más. No sé quiénes son, todavía no. El primer hombre entra en esta habitación, escondiéndose. Los otros dos se quedan en la sala principal, luego entran en esta segunda habitación. El primer hombre sale, va a la sala de estar, se detiene un segundo, luego va hacia la puerta. Los otros dos regresan. Es confuso lo que sucede entre los tres, y luego este es el instante de la detonación. Tras lo cual los tres puntos se han ido.

—¿Cómo se ve con la lectura ji completa? —pregunta King. Es la primera bomba mágica que ha sido detonada. Los datos recabados serán fantásticos en tanto que significativos. Así será pues los gigaconjuros de la Rueda que alimentan la magia habrán de proveer a buena parte del aparato de guerra táumica en el futuro previsible.

Casaccia no responde a la pregunta. Se aleja de la pantalla y cruza los brazos, como esperando a que King haga algo.

King lo mira, desconcertado. Luego agita la mano, descartando los datos de Casaccia y trayendo una consulta propia. Tras un momento, frunce el ceño. Trae la imagen de Casaccia otra vez para poder compararlas, lado a lado.

Son idénticas. Son, de hecho, el mismo suministro de datos. La imagen ji simplemente no muestra nada de ji. No hay tal uso mágico.

Fue magia —dice Casaccia—. He puesto ese sitio bajo pesada observación, a espectro completo, táumica y todo lo demás. Hay un montón de evidencia secundaria, incluyendo fragmentos de ensamblaje de hoja de loto. Fue una buena bomba mágica. Un gran primer intento. Es solo que la explosión no quedó registrada en la estación de escucha. Porque el que plantó la bomba… el primer hombre, este hombre… quedó eliminado de la imagen. Usa magia, y pareciera estar limitado por sus leyes. Pero no hay emisiones ji. Usó magia. Pero los registros akáshicos están en blanco.

»Puedo ver por tu expresión que entiendes la dimensión de este problema.

King cierra los ojos y se prepara:

—De acuerdo. ¿Cómo lo hizo?

—No sé cómo —dice Casaccia—. Doy por hecho que usó algún tipo de conjuro, pero no puedo encontrar ningún registro de ese hombre usando magia, jamás. Ni desde el día que nació ni hasta el día en que murió.

—No —dice King—. No. Me acuerdo. Hicimos un estudio. Tratamos de construir un interferidor akáshico nosotros mismos, para ver si era posible. No lo conseguimos.

Podíamos conseguirlo —afirma Casaccia—. Nosotros lo hicimos. Pero ninguno de nosotros podía hacerlo sin soltar ji en la enunciación inicial. Es esa enunciación inicial que estamos buscando. Después del estudio, Kila Arkov construyó una trampa contra esos parámetros. —Con un gesto trae una representación visual de ello mismo—. La hicimos andar contra la totalidad de la historia y no encontramos nada. Ha estado funcionando continuamente desde ese día, y no ha encontrado nada.

—Así que la tecnología de este sujeto se posiciona unas pocas generaciones por delante de su tiempo —dice King.

—No —dice Casaccia—. Este hombre hizo algo que no podemos hacer en absoluto, y eso que nosotros construimos la magia. No son unas pocas generaciones. Son… veinte, no lo sé. Debería ser imposible. Espiamos por sobre el hombro de todo el mundo. Eso es lo que los registros supuestamente tendrían que hacer. Para eso es que existen. No es que nuestro sistema de vigilancia está fallando. Es que ya ha fracasado.

»No hay forma de descubrir cuánto tiempo este hombre estuvo fuera de la red. O qué más hizo mientras estuvo fuera de la red. O quién más sigue fuera de la red en este momento, o qué es lo que están haciendo.

—¿Tienes alguna buena noticia? —pregunta King con aspereza.

—Puedo fijar algunos mínimos sobre cuán jodidos estamos —Casaccia trae un nuevo mapa a la visual y da comienzo a la parte dos—. Horas después de la explosión, la policía allanó este lugar, un instituto privado de investigación mágica en el oeste de Inglaterra. Trazando los movimientos históricos de nuestro sujeto, vemos que ha estado allí, eh, unas mil veces. Sea como se llame, trabajó allí.

—Pero nunca ha usado magia —dice King—. Quiero decir… nunca se le ha registrado usando magia.

—A nadie del Instituto Chedbury Bridge se lo ha registrado usando magia —dice Casaccia—. Aquí está el suministro de datos al respecto. Puedes retroceder veinte años, hasta antes de que existiera. Es un punto ciego.

King hace exactamente eso.

—… podría ser que fueran teoréticos —dice, pero sin creérselo.

—O tal vez —dice Casaccia— todo individuo de capacidades mágicas en el sitio está encubierto. Hay sesenta empleados a tiempo completo. Estimo que cuarenta a cincuenta serían ingenieros mágicos.

—Así que no tenemos ni idea de lo que están haciendo esas cincuenta personas.

—Es peor que «ni idea», Adam. Sabemos con toda seguridad que lo que están haciendo es cometer violencia. Uno de ellos voló un hogar. ¿Me entiendes? Esto es una base. Y solo de esta tenemos noticia. Hay algo que puedo decir con certeza y es que esa no fue la primera bomba mágica jamás detonada. No pudo ser. Nadie puede conseguir una explosión así de limpia sin decenas de intentos fallidos y meses de práctica. O semanas de entrenamiento.

»La única manera en la que pudiéramos enterarnos de algo como esto, sin que el conjuro aparezca en los registros, es si viésemos a alguien pronunciar el conjuro con nuestros propios ojos. Tuvimos muchísima suerte, o bien ellos se han vuelto muy imprudentes. En cualquier caso, no hay ninguna posibilidad de que esta fuera la explosión inaugural.

»¿Te doy la última pieza de esta pesadilla?

—Creo que ya lo he adivinado —dice King, que está mirando las noticias en el horizonte. Hay una nueva información allí.

—Después de la redada, la policía encontró dos cuerpos recién asesinados en el sitio del Instituto. Un hombre y una mujer. ¿La casa que explotó? Les pertenecía. El hombre se llamaba Nicholas Laughon. Puede que sea relevante. Aún no lo sé. Estoy en ello. La mujer es su novia. Laura Ferno.

—Conozco ese nombre —dice King.

—Sí. Lo conoces. Es la hija de Rachel Ferno.

—Rachel…

—A quien conocimos por un nombre distinto.

King inhala bruscamente, como si lo hubieran punzado:

—¿… qué significa eso? Laura Ferno no es una de las nuestras. Rachel se ha muerto. Los privilegios no son hereditarios. ¿Qué querrían con ella? ¿Es un ataque contra nosotros? ¿Es un mensaje?

—Por supuesto que es un mensaje —dice Casaccia—. El mensaje es que necesitamos más información.

—Necesitamos un agente sobre el terreno en el Reino Unido lo antes posible. Y por «agente», me refiero a Exa, desde luego.

—Lo he enviado a la calle tan pronto como saltó la noticia —dice Casaccia—. Estará en el lugar en siete horas y media. —King frunce el ceño ante ello, pero Casaccia repite:— No es una emergencia. Todavía. Serás el primero en saberlo cuando cambie mi postura. Supongamos que estamos una década atrasados. No pongamos en peligro nuestra investigación pasando de tiempos de paz a DEFCON 2. Tomémonos las siete horas y media extras para recabar algunos datos.

—Está bien. ¿Adónde va Exa primero? —pregunta King—. ¿Chedbury Bridge?

Casaccia suelta una carcajada sin gracia:

—Ah, no quieres saber el tamaño de la máquina policial que está asignada a esto. Todos los que estaban en el terreno del Instituto en el momento de la redada fueron arrestados, y todos los demás están bajo interrogatorio. Podemos meternos a escuchar las preguntas, según haga falta, pero sabemos que nadie va a hacer las preguntas que realmente nos interesan. Llevar a Exa físicamente a la investigación de modo que pueda empezar a tomar datos significativos sin romper las reglas podría ser difícil. Aconsejo tener cautela, aunque solo sea por lo mágicamente cargada que ya está la situación.

»No, nuestra mejor opción es la testigo clave de la explosión. La otra hija de Rachel, la hermana gemela de Laura. Natalie Ferno.

King camina de un lado al otro. No lo pone nada contento el proseguir con lentitud.

—¿Por qué estás tan tranquilo? ¿Por qué no quieres traer a todos a cubierta? Yo sí quiero.

—Muchos cocineros estropean el caldo —dice Casaccia—. Estoy llamando a la gente que sí importa. Ya llegarán. En cuanto a lo demás: extraoficialmente, hemos bajado la guardia, Adam. Incluso la cantidad de quienes podríamos responder al «todos a cubierta» está reduciéndose, y la mitad de los que aparecieran no servirían de nada una vez aquí.

—¿Y estás seguro de que esto no es un ataque deliberado?

Casaccia niega con la cabeza.

—Todo es un ataque. Todo es deliberado. Todo el mundo está en contra nuestra. Soy Paolo Casaccia: soy la seguridad. Este es el modo en el que trabajo. Te lo notificaré tan pronto como sea apropiado para que tú hagas lo mismo.

»Mira: estamos partiendo desde una posición débil. Eso es inusual y aterrador. Pero nuestros sistemas siguen inalterados, lo he comprobado. Y todos los naipes restantes están en nuestra mano.

*

A la mención de su hermana, Laura comprende que es hora de continuar la marcha, y al «todos los naipes restantes», ya está descendiendo suavemente por los escalones hacia la red subterránea, luchando contra el impulso de reírse a carcajadas. Aunque no la puedan ver con ojos rasos, ciertamente la podrían oír.

Cuando todo esto comenzó, llevaba una ventaja optimista de varios meses. Merodeando a la espalda de Adam King, ha visto esa ventaja reducida hasta un día, a lo sumo. Sería totalmente posible quedarse a ver cómo la organización de la Rueda la rastrea en tiempo real, y podría hasta ser divertido observar sus expresiones cuando se den la vuelta y remuevan su manto de invisibilidad y, con toda seguridad, la maten allí mismo. Pero tiene lugares a los que ir.

El hecho de su propia muerte resulta una noticia para Laura. «Sin paracaídas —piensa—. Kazuya dijo que eso es lo que pasaría en caso de una redada. Solo hay una de mí, ahora. Una de mí y cero de Nick».

Hay tres transportes almacenados en la terminal de ferrocápsulas. El de Laura se desacopla con un nítido susurro metálico, en perfecta labranza. Laura apenas si puede oírlo. Se sube, le instruye continuar el descenso, y deja atrás el Piso.

*

Inventario:

Un traje de armadura. Una ruta memorizada de descenso. Y una mota de oro de un gramo recuperada del bolsillo del traje de su novio.

Laura apenas si necesita equipamiento. Trabajar con el artefacto áureo es como saber volar. Durante toda su vida mágica estuvo atrapada bajo el peso de todo lo que debía llevar en su cabeza. La invisibilidad es un único conjuro inmensamente difícil, pero que se descompone sin más en una serie de diapositivas de pequeñas ideas. Todo lo que hace falta es conjurar cada una correctamente. Entonces puedes olvidarte del asunto y trabajar en el que sigue.

¡Puedes olvidarlo! ¡Y sigue funcionando, tal y como lo imaginaste por primera vez! Administras la complejidad una sola vez, y la misma magia se ocupa de la complejidad por todo el resto del tiempo. Es una enloquecedora sugestión de lo que māyā realmente es.

La diminuta ferrocápsula cambia de dirección cual mosquito en pleno vuelo, balanceando automáticamente el asiento de butaca cuando entra en las curvas para impedir que Laura salga disparada. La aceleración escarmienta, pero su armadura y los cinturones de seguridad suavizan los efectos. En la oscuridad es casi imposible orientarse, pero con ese mágico sexto sentido Laura puede sentir las formas colosales y monótonas de las máquinas de escucha que deja atrás al pasar. El recorrido se bifurca y vuelve a unirse.

En pocos segundos, la cápsula de Laura ha viajado hasta la columna vertebral de la estación de escucha. El asiento se inclina dejándola completamente cabeza abajo por un instante para que la cápsula pueda, bajo G negativa, recorrer una empinada vuelta. A continuación acelera directamente hacia el núcleo de la Tierra con tanta fuerza que ella queda sujeta contra el techo de la cápsula, mirando directamente hacia abajo a lo largo del conducto vertical de quince kilómetros de largo.

Bien hacia el fondo del abismo, Laura está convencida que puede divisar un punto rojo vivo.

«Te vas a morir —le dice esa duda, negra y arreciante, que tiene Laura en su mente. Ya se conocen de otra ocasión, en circunstancias mucho más intensas—. Pero esta es una muerte más larga y más profunda. Esos hombres son asesinos. Los estabas observando mientras se disponían a matarte. Es apenas cuestión de cuán rápido puedan comprender lo que está pasando. Esta cacería podría terminar pocos segundos a partir de ahora. Cuanto más competente sea tu actuar, mayor la amenaza que representas para ellos, y más rápido te pondrán fin. Y si son lentos, la espera te hará perder la cabeza. Y si nunca te atrapan, seguramente te extraviarás y morirás por ti misma».

—Te conozco —le dice Laura.

«El otro Watson era nuevo. Inexperto. Tuviste tanta suerte como se puede tener. La próxima vez, ni siquiera oirás sus pisadas».

—La vida puede bifurcarse —dice Laura—. Ya no te tengo miedo. Vengo asegurada.

«¿De veras crees eso?».

*

Una voltereta y a continuación un largo período de frenado. La cápsula se estabiliza, atravesando las últimas capas de superestructura sosegando el ritmo. Laura casi puede ver las paredes al pasar.

Los frenos de la cápsula la depositan sin sobresaltos en la terminal más profunda de la red interna de la estación de escucha, treinta y un mil quinientos metros bajo tierra. A esta profundidad, la estación de escucha comienza a deshilarse en zarcillos, sobresaliendo los límites inferiores de la placa indoaustraliana a través de la discontinuidad de Mohorovičić y hacia la capa superior del manto terrestre. Esta es la zona geotérmica. El número de personas «reales» que han ingresado a esta profundidad es cero. Laura se pregunta si se le permite acuñar el término. «¿Mohonauta?».

El área de desembarco es un vestíbulo aproximadamente ovoide, un vasto estómago de hierro forrado de gruesas vigas. Una pasarela cruza el suelo hacia el extremo lejano. Todavía no hay luz, salvo la débil iluminación azulada que desprende el interior de la cápsula. La oscuridad aquí tiene una textura idéntica al resto de los espacios semihabitables de la estación de escucha. Es igual también la atmósfera hostil. Laura puede sentir las teratoneladas de presión extra, o está convencida de ello. Sin duda no hay material humano convencional que pueda mantener un espacio habitable abierto a esta profundidad. No puede ser tan solo hierro grueso y vigas gruesas. Esto tiene que ser una estructura activa, alimentada geotérmicamente, sustentada mágicamente.

En el transcurso del viaje, Laura ha estado explorando las características de su traje. Lo construyó en un segundo, por capricho, en un sueño: «quiero uno de lo que Kaz lleva puesto». Y aquí está, una realidad milagrosa: posee la suficiente ligereza como para olvidar que lo lleva puesto, la suficiente comodidad como para dormirse vistiéndolo, y casi la suficiente solidez como para dormir de pie en él. Los guanteletes transmiten sensaciones táctiles a sus dedos. Las botas masajean sus pies para mantener la circulación. El casco puede volverse completamente transparente; lo consigue retractando toda su espuma de control térmico y demás artilugios formando un anillo comprimido alrededor de su cuello. ¿Por qué? Por una tontería que le hizo falta a Kazuya en una ocasión, en un sueño. Que Laura sepa, el traje es un objeto totalmente físico, y no usa la magia en absoluto. Llevarlo puesto confiere una increíble sensación de seguridad. La única crítica posible es su aspecto insulso, casi dejado: grande, chato, placas de un gris mate uniforme.

Pero ella está treinta kilómetros bajo tierra ahora. Y a esta profundidad, ningún espeluznante traje puede siquiera protegerla de una implosión.

La cápsula se pliega a sí misma tras un grueso mamparo de acero de una sola pieza. El área de desembarco se sumerge en la oscuridad que Laura ahora despeja, esta vez usando los resplandecientes focos reflectores del traje. Si tuviera que adivinar, diría que sus baterías están ubicadas de alguna manera sobre la espalda, pero a decir verdad no lo sabe.

Cruzar el área de desembarco le lleva pocos minutos de caminata. Las extrañas e irregulares vigas del vestíbulo proyectan sombras semovientes que no dejan de captar la atención de Laura. Cada vez que mira, no hay nada allí. Se recuerda a sí misma que este lugar es estéril.

En el extremo lejano del vestíbulo se encuentra una instalación donde, al parecer, hay algún tipo de acelerador de partículas parcialmente expuesto. Una tubería gruesa, de cinco o seis metros de altura, ingresa en el lugar por un costado, lo atraviesa en una ligera curva y un leve ángulo ascendente, y lo abandona por el otro. De la curvatura visible se establecen los límites del diámetro completo del aro. Ha de tener casi dos kilómetros de lado a lado.

Laura nunca ha visto patrones de magia rúnicos dibujados a una escala tan grande. En cada fluyente canal individual distingue patrones anidados, tallados en la base e incluso sobre el fondo del primer nivel entallado. Esta complejidad es desconcertante al principio, pero su ojo experto rápidamente discierne la repetición de patrones frecuentes.

Este es un anillo mágico. Técnicamente, son sesenta y dos anillos mágicos, entrelazados y cooperantes, todos sujetos por aros convencionales de wolframio pintados de azul. Desde la izquierda y la derecha, Laura oye el monótono rugido de la extrema ingeniería de control climático, alimentada a incluso mayor magia. Para conseguir eficiencia mágica es críticamente importante definir los contornos con precisión: las variaciones de temperatura producirían cambios estructurales.

Los pioneros allá en Montauk reconocerían cuál es su propósito echando tan solo un vistazo, pero averiguar la capacidad máxima de esta cosa los dejaría boquiabiertos. Esta es la batería de cloaca en la base del mundo.

Todos los seres humanos vivos generan maná residual, los magos activos y los rasos por igual. Su cantidad es insignificante para una máquina mágica de este tamaño. La humanidad tiene aún algunos órdenes de magnitud que trepar antes de llegar a Kardashev Uno.

Pero: de cinco lugares conocidos en la Tierra (una cifra que se extenderá a siete u ocho una vez que se completen los estudios) el maná geotérmico se manifiesta naturalmente. El maná se genera, asciende en bobinado hacia el cielo, se enfría a lo largo de un día, y se evapora como residuo, momento a partir del cual no solo es inútil para cualquier propósito humano, sino además invisible e indetectable. Se hunde nuevamente en la Tierra, tornándose presumiblemente irrecuperable.

Y luego termina aquí.

Llegará quizás el momento en que los humanos puedan robarse el maná unos a otros. Poco después, llegará quizás el momento en que los seres humanos puedan hacer lo mismo con el vasto meta–mago que es el planeta Tierra. Esto transformaría instantáneamente cada fuente de maná geotérmico de un fenómeno natural sin valor (si bien espectacular) en un multimillonario campo petrolero.

O quizás, puede que nunca llegue ese momento. Dependerá mucho de lo que esté en el diagrama de desarrollo del Grupo de la Rueda para la industria mágica a largo plazo. Depende de quién se dé cuenta de qué cosas, y cuándo, y de qué clase de empujoncito necesite para encontrar los rastros importantes.

El proceso de recuperación de maná residual de Laura hace que toda la cuestión sea académica. Funcionó allá en el Grupo Hatt, y funcionará aquí. Todo lo que hizo falta para construirlo fue un mes de trabajo duro y valerse de un truco dolorosamente escurridizo de alias de Nombre Verdadero. «Truco» es el término que ella usaría, no «conjuro». Incluso al inspeccionarlo detenidamente, es difícil saber cómo funciona. Casi que no es más que prestidigitación.

Ella alza un puño, apenas si piensa en lo que está haciendo, y tres largos chorros de un haz relampagueante surgen de él: dos a los flancos de su antebrazo, y el tercero directamente hacia arriba partiendo de su segundo y tercer dedo.

Ha completado menos de una bicentésima parte de su descenso, pero la parte más difícil ya está hecha.

*

Kazuya «Ra» Tanako dijo que había cruzado el mundo T tras soñar con naves hipersónicas. El tipo se quedó corto. Todo el mundo se queda corto.

Laura se encuentra justo encima de la representación virtual de la estación de escucha, el caparazón artrópodo del tamaño de Manhattan. Hay una especie de plataforma de aterrizaje aquí. Es exactamente tan ancha como lo requiere Laura. La penumbra en la que se sume el universo de vidrio es casi la de siempre. Hacia un lado del cielo, un poco más baja en el cielo que lo usual, se ve la familiar galaxia de tres puntas. Hacia el otro… ¿qué es eso? ¿Podrían ser luces de una ciudad reflejadas en las nubes bajas? No…

En el mundo T, puedes tener todo lo que pidas. Ni siquiera te limita tu propia imaginación. Laura sabe lo que quiere, aun con detalle de pernos y circuitos. Una configuración de lanzamiento de transbordador espacial completa se manifiesta ante ella. Tanque, cohetes, nave. Tres gigantescas campanas de motor, apuntando directamente hacia abajo.

Laura revolotea alrededor del montaje de lanzamiento, realizando una ensayada inspección. En lugar de abordar, se adhiere al exterior de la nave. Repasa la lista de tareas de lanzamiento tan rápido como puede recordar los pasos, como pasando las hojas de un cuaderno animado. El montaje se enciende.

En el mundo T el tiempo no tiene significado, pero para Laura Ferno sí tiene. Tras una maniobra de alabeo rigurosamente calculada y seis minutos de tiempo de vuelo, el transbordador sin nombre ha dejado de ascender y está acelerando horizontalmente, a una altitud que es equivalente del mundo T al límite del espacio exterior. Laura deja que los CIS se vacíen y se desconecten, y simplemente construye otros nuevos. La telemetría centellea por delante de ella. Las lecturas de velocidad se recalibran, de kilómetros por hora a número de Mach a kilómetros por segundo.

Asomándose por el borde de la nave y hacia abajo, Laura todavía puede discernir los rasgos individuales de la geografía de vidrio. Una cordillera se precipita, asciende y cae, dentada como un ecualizador gráfico. En el último y más alto cerro de la cordillera ve algo. Alguien.

Es una figura humana hecha de un cristal tan fino como la telaraña, su mano en el aire, saludando. Laura casi lo extraña. Se vuelve y lo saluda. Su cabello no se azota contra el viento, amparada por el traje y capas adicionales de imaginada protección. A esta altitud y velocidad el factor de enfriamiento del viento sería suficiente para matar a alguien al instante.

En un abrir y cerrar de ojos, la figura más la totalidad de la cordillera se desvanecen en la distancia.

Laura ríe, se vuelve hacia adelante y se endereza.

Si tomas el centro de la galaxia como tu estrella del Norte, y te mueves derecho hacia el sur durante… digamos otro año luz. Digamos una década luz. Lo que haga falta, pero no pares.

Conforme a los procedimientos, densas oleadas de demonios voladores descienden sobre la nave espacial, pero Laura apenas se percata de ello. A esta velocidad relativa, cada oleada es tan fina como pañuelos de papel, y la fuerza de la colisión convierte a los pobres monstruos en bruma negra. También surgen barreras físicas, pero Laura acarrea consigo tanta energía táumica y cinética que aquellas revientan como por un cañonazo. Ignorancia y fuerza bruta. No hay manera de detener a esta cosa.

Y luego…

Dura casi tanto como un amanecer verdadero. Una estrella amarilla se eleva, de frente a ella. Es del tamaño del Sol, pero de tres puntas, formando una Y. Bajo la nueva luz, el paisaje de vidrio torna zafiro, reflejando largos patrones arcoíris como el lado inferior de un CD.

En línea recta hacia abajo de la estrella en forma de estrella, en el polo sur exacto del mundo de Tanako, hay una segunda estructura artificial. No hay una ruta física continua entre este objeto y la superficie de la Tierra. La única manera de enviar una señal a esta profundidad es por medio de ji, o modulando de alguna forma un movimiento importante de placas tectónicas. Y la única manera de llegar aquí en persona es haciéndole trampa al universo.

Laura le está agarrando la mano a eso.

La estación de escucha no es más que un juguete, un micrófono espía hecho de plástico barato pegado a la parte de abajo del mundo. Pero éste es hardware divino legítimo, un país artificial en el centro del mundo. Existe bajo una presión que alcanza las millones de atmósferas, y temperaturas más allá del punto de ebullición del wolframio. Esta es la máquina que hace la magia.

Laura produce más CIS, y orienta su cohete espacial en línea recta hacia el centro del objeto.

 

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