Por Qué Odias A Ra

Antes

Sámate (Neptuno X):

La interrogadora de Natalie está erguida con los pies separados a la par de los hombros y con una mano posada sobre un dispositivo en su cadera, un bloque cargado de armas. Ella casi no tiene pelo. Sus iris son de un incisivo azul brillante, casi luminosos, y hexagonales. Habla el inglés de Natalie con naturalidad. Hasta su lenguaje corporal ha cambiado visiblemente a algo que Natalie entiende con claridad:

—No puedo repasar todo el libro de historia para ti. No tenemos diez años, así que voy a tener que simplificarlo drásticamente. Hubo un cisma. La humanidad, efectivamente, se bifurcó.

»Por un lado estaban los humanos que creían que todos los humanos debían seguir siendo reales.

*

Ellos creían que los humanos estaban destinados a tallar vidas reales en reales y rocosos planetas del duro y real universo; que el planeta Tierra debía mantenerse intacto y habitable y debía tener humanos habitando el tiempo más humanamente posible; y que si la raza humana quería tener más espacio habitable, debía construir o terraformar nuevos mundos. Ellos creían que el universo representaba un desafío implícito a toda vida consciente, y que la humanidad debía ascender y hacer del universo algo suyo.

La manera difícil, porque no hubo ni hay otra manera. Concebir una «manera fácil» estaría mal.

Del otro lado estaban los humanos que creían que era mejor descargar a todos los humanos existentes en computadoras. Una vez allí, vivirían dentro de mundos virtuales tan reales como la realidad. Los nuevos mundos se ajustarían a lo que cualquier persona quisiera pedir, y vivir en ellos sería tan fácil o tan difícil como lo deseara cualquier humano. En lugar de conquistar el universo, escribirían una ficción en la que ya lo habían conquistado. Infinito espacio de diversión.

Podría haber un mundo por cada humano; habrían millones de veces más humanos que los que el verdadero sistema solar jamás podría alojar. Lo único que tendría que seguir siendo real sería el sistema informático que contenga las virtualidades.

Y así, reduciendo la cuestión hasta el punto de la sencillez absoluta, llegó una época en la que habían dos razas humanas: Actual, y Virtual.

Este cisma ocurrió milenios antes de que se construyera Ra. Ocurrió décadas antes de que existiera la tecnología misma de descarga a virtualidades. ¿Hablas un idioma del siglo XXI? El cisma ocurrirá en algún punto de tu vida. Puede que ya haya ocurrido. No lo olvides: estamos simplificando en cinco minutos miles y miles de años de conflictos y rarezas. No pierdas de vista el fractal.

Ahora saltemos muy, muy hacia adelante. Con el paso de los años, los requerimientos de energía de la Humanidad Combinada aumentaron y cayeron y aumentaron de nuevo, hasta que se acercaron al umbral crítico, Kardashev Uno. A esta altura, los humanos consumían diez vatios elevados a la decimosexta y no había indicios de desaceleración del aumento de esa demanda. Los humanos se quedaron sin alternativas: de una manera u otra, tenían que represar su estrella. Pero para ello había más de una manera.

Las esferas Dyson y los anillos Niven se descartaron por ser horribles entornos inhabitables, que requerían demasiada materia prima. Lo que en verdad quería la Humanidad Virtual era construir un cerebro de Matrioshka, un enjambre Dyson de estatélites procesadores de alocalidad que consumieran la producción total del Sol y la desviaran a las tareas de computación. Pero tal enjambre hubiera opacado el Sol. Habría alterado por completo el perfil de radiación del Sol, y la vida real en la Tierra real se volvería imposible. Esto, sobre todo, era inaceptable para la Humanidad Actual.

El arreglo al que se llegó fue construir Ra. Tres de las cuatro púas fueron dadas a los Virtuales, mientras que la última distribuyó energía a los Actuales. La Humanidad Actual fue capaz de mantener la Tierra y usar el poder trasvasado para construir más Tierras y, con el tiempo, el cinturón terrestre. Los humanos Actuales colonizaron toda superficie dura disponible del Sistema Solar, y llenaron los remansos con hábitats espaciales. Mientras tanto, los Virtuales descargaron sus virtualidades al Sol y las ejecutaron directamente desde la fusión del núcleo.

Las dos razas divergieron. Casi no podían comunicarse entre ellas. La vida dentro del Sol se movía a tanta velocidad que a los humanos Actuales les resultó incoherente. La vida en la realidad era tan lenta que ninguna persona Virtual podía prestarle atención durante más tiempo real que algunos nanosegundos. La mayoría de ellos ha olvidado que la realidad siquiera existe.

Fin.

Esa es una visión simplificada. Las palabras «arreglo al que se llegó» esconden más de noventa guerras diferentes. Las palabras «construir Ra» glosan una hazaña de ingeniería computacional y mecánica que duró siglos aun con tecnología de alocalidad. Ra se diseñó para ser la computadora más poderosa. Sin calificativos. Ni «en ese momento», ni «que hayan construido los humanos». Se demostró que una falla de Ra es imposible. No en el sentido de lanzar un dado y que caiga perfectamente sobre un vértice, ni de una persona que atraviesa una pared caminando. Matemáticamente imposible, ni de posible aniquilación del universo, ni de posible uno–igual–a–cero. De otro modo, hubiera sido imposible programar y lanzar Ra. De otro modo, toda la estructura habría implosionado en cuestión de horas.

Tras iniciarse, Ra funcionó sin problemas. Sirvió a la raza humana. A ambas razas. A la perfección. Sin interrupciones. Durante milenios.

Lo que nos trae ya a hace apenas seis días.

*

La mujer se detiene un instante, esperando que Natalie indique que le está siguiendo el ritmo.

—Con eso estamos en guerra —resume Nat.

—Con eso estamos en guerra —dice la mujer—. Somos la Humanidad Actual, y estamos en guerra con miles de billones de humanos inventados e inmateriales, que usan al Sol de subsidiario, de motor de estrategia y de arma principal. Han estado por su cuenta tanto tiempo dentro del Sol que ya no perciben a los Actuales como humanos, sino como una floreciente pátina metida entre los engranajes de una máquina que tiene la extrema necesidad de actualizar su rendimiento. Esta es una guerra por el poder de procesamiento. Evidentemente Ra ya no satisface las necesidades de la raza humana Virtual. Están de regreso y quieren su cerebro Matrioshka y han arrasado el sistema solar para hacerse con él.

—No es más que gente, todo —dice Nat, aferrándose a las sienes—. Solo humanos contra humanos. Una y otra vez. Su tecnología contra nuestra tecnología, que es la misma tecnología. Porque una IA no puede rebelarse. Una máquina no puede hacer algo para lo cual no haya sido programada. Solamente puede reprogramarse. Es el siglo ciento noventa y qué–se–yo–cuánto, y todavía no hemos construido una máquina ni remotamente tan estúpida como los más inteligentes seres humanos genuinos.

La mujer prosigue:

—Segunda parte. La guerra.

*

Se comprobó que el programa Ra era correcto. La prueba no era defectuosa, ni el programa imperfecto. El problema es que Ra puede reprogramarse.

Fue una deliberada elección de diseño por parte de los arquitectos de Ra. El hardware Ra está físicamente integrado al interior de una estrella activa, que a su vez está integrada al mundo real. Algo pudo haber salido mal durante la carga inicial del programa; el sistema de alocalidad, cuya redundancia alcanza el millón, pudo haber fallado un millón de veces y una más. No importa cuán absurdas fueran las probabilidades, y no importa lo difícil que fuera el procedimiento, tenía que existir una forma de limpiar el sistema y arrancar de cero.

Retomando el espíritu de la grotesca y excesiva simplificación: para reprogramar a Ra, hace falta una clave. La historia registra que la clave completa nunca se conoció ni fue almacenada por ningún humano o máquina, y obtenerla por fuerza bruta tomaría diez años elevado a la diezmilésima potencia, incluso para una computadora de ese tamaño. Se desconoce cómo la adquirieron los Virtuales. Pero habiéndola adquirido, pudieron hacerse pasar por los arquitectos. Primero, cambiaron la metafórica cerradura, imposibilitando a los Actuales el revertir sus cambios, sin importar cuántos maestros arquitectos resucitasen. Luego cambiaron el programa, para que Ra sirviera a las necesidades de los Virtuales a expensas de los Actuales.

Luego solicitaron el cerebro Matrioshka. Ra se encargó del resto.

El cinturón terrestre albergaba el noventa y nueve coma nueve nueve por ciento de la raza humana Actual, es decir que resultó ser el blanco lógico del primer y más violento ataque. Pero la destrucción se extendió a demás planetas y lunas y rocas y hábitats, retransmitida de nodo en nodo, apenas por debajo de la velocidad de la luz. Atacaron a todo el mundo. Los que sobrevivieron, sobrevivieron por mera fortuna. La fortuna de una en decenas de miles de millones.

Uno de los sobrevivientes pudo transmitir un mensaje de advertencia directamente a Neptuno, sorteando la red Ra y consiguiendo una longitud de tránsito fraccionariamente más corta. La advertencia llegó unas ocho décimas de segundo antes de que lo hiciera el virus. Hubo tiempo apenas suficiente para cortar la conexión de bajada de alocalidad. El núcleo de Neptuno se convirtió en el fragmento limpio de Ra más poderoso, y la población de Neptuno —que ascendía a menos de mil millones, debido a lo inhóspito y remoto del planeta— se convirtió en el contrapunto de la guerra.

De otros sobrevivientes, Neptuno pronto recibió señales de evacuación que contenían casi toda la población del cinturón terrestre, en forma de datos. Sin que pudiera hacerse algo más, quedaron almacenados en el núcleo de Neptuno.

*

Otra breve pausa.

—Y aquí estamos —concluye la mujer—. Los últimos Actuales. El cerebro Matrioshka ya está en construcción, en su mayoría con pedazos remodelados de cinturón terrestre. La potencia lumínica del Sol hoy es sensiblemente más baja que hace seis días. La Tierra, nuestra primera Tierra, es un planeta oscuro en ruinas, pavimentado con vidrio roto, poblado de pesadillas y cuya temperatura cae en picada.

»Nuestro fragmento de Ra todavía funciona, pero lo hace en modo de depuración paranoica de emergencia, y cada instrucción se ejecuta a través de unas cuantas miles de capas de análisis automatizado y manual, con lo cual responde a las solicitudes en extremada lentitud, si es que de alguna forma responde afirmativamente. Se está racionando el acceso directo debido al esfuerzo de guerra. Nuestra reserva de energía/masa y otros cuantificables se limitan a lo que la caché local de Neptuno tenía disponible cuando ocurrió el truncamiento, que para empezar ya era poco y ahora se va acercando a cero.

»Ra está en camino. A esta hora mañana ya estará aquí. No podemos hacer frente a ese tipo de energía. No tenemos el poder de transmisión para evacuar a ningún otro lugar más remoto.

»Y luego estás tú.

Natalie alza la vista. La mujer le dice:

—Tú y tu amigo Anil son las únicas dos personas en todo este sistema estelar que no encajan. Ra tuvo en la mira a todo ser humano vivo del cinturón terrestre, pero al cabo de varias horas se dio cuenta que los había pasado por alto. Al emitir la orden de evacuación, cada ser humano vivo del cinturón terrestre pasó a formar parte de la señal, pero a ustedes no se los tuvo en cuenta. Llegaron momentos antes de que Ra enloqueciera. Tú hablas un idioma extinguido por más de diez mil años, y no sabes nada de nada.

»La civilización humana se está acabando, y aun así llamas mi atención. Yo fui quien desvió recursos para que los extrajeran. ¿Quién eres?

Natalie está demasiado agotada como para pensar en una mentira decente. Su estómago se revuelve por saber que si dice una sola palabra equivocada, parecerá que ella y Anil fueron los causantes, y la tendrán como responsable de la teramuerte omnicida. Y quiere que todo esto se acabe de una vez.

—Me llamo Natalie Ferno. Y esto no es real.

—Todo es real —dice la mujer, automáticamente, como un mantra.

—Soy una estudiante de historia —dice Nat. Es su mejor conjetura, que resulta ser la verdad—. Estoy aquí para experimentar la guerra. Soy real; nada de todo esto está sucediendo. Ya ha sucedido. La guerra se acabó.

—¿Tu amigo Anil era real?

Natalie ignora la cuestión, sobre todo porque no tiene respuesta:

—No hace falta que luchen —dice—. Ya no importa para nada. ¡No hay necesidad de que muera nadie más! Sé que esto será difícil para ti…

—¿Para mí? Convence a Ra —responde la mujer.

—Yo…

—Si abandonamos nuestra guerra, ¿después qué? —dice la mujer—. ¿Nos tendemos a esperar la muerte? ¿Esperamos a que aprendas tu lección y termines la simulación y te vayas? ¿Si no cumplimos la historia establecida, te envían de nuevo?

Natalie calla. La mujer sonríe pacientemente:

—Esta es una guerra librada predominantemente a partir de simulacros de alta precisión sobre los potenciales acontecimientos futuros, simulacros tan parecidos a la realidad que los individuos dentro de ellos son, por necesidad, incapaces de distinguir la diferencia entre ellos y los acontecimientos reales. Esa es la mayor locura de esta situación. Ese es el hecho que toda persona involucrada en la guerra tiene que aceptar por adelantado, o de lo contrario quedarse almacenados hasta que llegue a su fin. Eso, en gran parte, es por qué ocurrió el cisma Actual/Virtual.

»Esta guerra, que estamos librando ahora, no es necesariamente la guerra. Se explora cada estrategia y resultado, decenas a decenas de billones de veces. Lo hacen ellos y, cuando podemos, también nosotros. Estamos envueltos en cada una de las guerras concebibles contra cada enemigo concebible en simultáneo. Tenemos que ganarlas todas. Debemos tomarlas a todas como reales.

»Nunca sabremos si en verdad ganamos. O si hasta hay una guerra que tiene que ganarse. Quizás seamos invenciones sin motivo. No obstante, esto es real. Y debemos ganar.

Natalie se queda mirando. La sensación de familiaridad es como un tañido de campana. Ha estado sonando durante un rato, cada tañido más fuerte y más cercano, y ya no puede ignorarlo. «Siempre da por hecha la realidad. Esas son mis palabras»:

—¿Quién eres? —le pregunta a su vez.

La mujer se arrima:

—Soy la instancia física original de la mandante EBE1E00F, líder de los ejércitos de la Humanidad Actual. Hay copias mías incontables ahora mismo en el espacio profundo, librando la guerra en persona y en electrónica. Ya he muerto más de mil veces.

Los sustantivos propios son más complicados que el hexadecimal; en lugar de abarrotar las floridas sílabas nativas en el vulgar inglés de la Tierra, el dispositivo léxico de la mujer le ofrece varias traducciones, que van de lo perfectamente poético a lo excesivamente literal.

Y añade:

—Llámame Ashburne.

Natalie sigue mirando fijamente. Tras haber pasado la conversación entera sentada al borde de la litera, ahora se pone de pie. Incluso así, parada, «Ashburne» la empequeñece como a una niña. Y… tan casual.

—Ustedes van a ganar —se da cuenta Natalie.

Ashburne sonríe de oreja a oreja:

—Lo sé.

¿Cómo?

*

La cuestión central fue: «¿Por qué Ra tuvo en la mira a los humanos?».

El objetivo de Ra era construir el cerebro Matrioshka, por todos los medios, considerando a los humanos Actuales no más que una molestia no consciente. Ra hizo estallar el cinturón terrestre para conseguir materia prima, y eso tenía sentido. «Pero, ¿por qué —se preguntaron los humanos sobrevivientes reales— Ra se molestó en atacar las lunas y los hábitats espaciales?» Sin importar la cantidad de sobrevivientes, seguramente les hubiera sido imposible representar una amenaza.

Pero Ra apuntó a los humanos, dando a entender la implícita existencia de una amenaza que debía eliminarse. Ra actuó con extremo prejuicio y urgencia, dando a entender que la amenaza era inmediata y tenía que ser doblegada cuanto antes. Las acciones de Ra delataron la existencia de un período extremadamente breve en el cual los Actuales, a pesar de sus limitados recursos, podían revertir el curso de la guerra, y sin que Ra estuviera en condiciones de detenerlos a pesar de anticipar su llegada.

Habiendo hecho esta deducción, el siguiente paso de los Actuales fue realizar la ingeniería inversa del ataque. El paso posterior fue ejecutar el contraataque de inmediato, sin importar lo desesperado que fuera.

Las cerraduras de Ra habían cambiado, con lo que era efectivamente imposible reprogramarlo a la distancia. Pero hay un antiguo conocimiento salido del mismo amanecer de la computación que sigue siendo cierto incluso para computadoras del tamaño de estrellas: una vez que consigas acceso físico al hardware, se acabó.

Se equipó una nave: una carga de profundidad solar. La nave se llamaba Tritón, pues ya era ese su nombre; se trataba de la luna más grande de Neptuno, reacondicionada, cuyo interior se reformuló completamente con escudos de alocalidad, aparatos de negación de la luz y electroimanes. En su núcleo se colocó una mota del Ra incorrompido, y en el centro de la mota, un pequeño espacio habitable y doscientas copias de los mejores Actuales restantes.

Tritón fue arrojada desde la órbita de Neptuno al Sistema Solar interno por medio de horribles hackeos en masa de alocalidad, una maniobra que básicamente dejó al delta–v de los Neptunianos en la bancarrota. La nave tenía que ser al menos de dos mil kilómetros de diámetro para absorber el calor y los ataques directos de energía, todo esto durante el aerofrenado en la fotósfera del Sol, para luego sacrificar capa tras capa al bucear a través de la zona convectiva. Allí, haría contacto físico con el vértice septentrional de la cuarta púa de Ra, la púa norte. Sería trivial penetrar el escudo físico de Ra después de eso.

Cualquier cosa será trivial para la clase de gente que puede estar de pie dentro del Sol y seguir con vida.

Lo que restaba era el asunto de la reprogramación.

Ra era peligroso. Demasiado poderoso, demasiado creativo, demasiado proactivo. Cuando una máquina tan poderosa como Ra descarrila y olvida el valor de las vidas humanas reales, trabajar directamente con ella es como hacer malabares con plutonio subcrítico. Una persona le pide a Ra que destruya el cinturón terrestre, y antes de que pueda terminar la frase ya está hecho, y quinientos billones de personas han muerto. Le piden a Ra que lo deshaga, y Ra deshace el daño físico, pero la verdad de todos los universos —empezando por el verdadero y en adelante— es que el superluminismo no es posible, y que el tiempo viaja en un solo sentido. Siempre quedará hecho, y si puede deshacerse, significa que se podrá hacer por segunda vez.

El objetivo de Tritón fue programar una capa de abstracción. Para reconstruir el cinturón terrestre, reencarnar a los evacuados almacenados, y luego asignar límites al sistema Ra de manera que tal cosa nunca pueda volver a suceder.

Imagínate un universo con tecnología exótica, y física avanzada, y posibilidades teóricamente ilimitadas… difíciles de aprovechar, pero nada imposible. Habiendo imaginado ese universo, pon a Ra solamente a implementar las reglas de ese universo. Deja a los Virtuales en su botella, donde pertenecen. Devuelve el poder sobre la realidad a las manos de los humanos Actuales, para bien o para mal.

Y dile a Ra que no vuelva a aceptar instrucciones directas. Nunca más. De nadie.

*

—¿Y eso está sucediendo ahora mismo? —pregunta Natalie.

Tritón tocará plasma en poco más de cuatro horas —dice Ashburne—, aunque obviamente no recibiremos la luz de todo ello por otras cuatro. Si te prestara un telescopio podrías ver su aproximación final. Excepto que el Sol te cegaría, y Tritón se ha tornado invisible.

Algo frío y gris está aferrado a la garganta de Natalie. Hay algo catastróficamente equivocado en la historia de Ashburne.

—Habrá una versión tuya en esa nave —dice Nat, razonando en voz alta—. Vas a reprogramar Ra, y reformular las leyes de la física de este sistema estelar en algo nuevo. «Magia». Esa capa extra de abstracción de la que hablas, es magia. En mi era, así es como la llamamos.

—Ese es un nombre horriblemente inapropiado —observa Ashburne.

—Lo sé. Pero van a ganar. Ya que ustedes van a ganar. Tú, personalmente. Sé que al menos una instancia de ti va a sobrevivir a la guerra y presenciar lo que suceda después de ella. Pero todo lo demás no tiene sentido…

—Por supuesto que vamos a ganar —dice Ashburne—. ¿Cómo podrías estar aquí si perdimos?

¿Dónde está el cinturón terrestre, si han ganado? —grita Natalie. Señala desesperadamente por la ventana, hacia Neptuno—. ¿Dónde están todas las personas? Dijiste que iban a reconstruir el cinturón terrestre y resucitar a toda la gente. Entonces, ¿dónde están?

Ashburne queda un momento hecha una estatua, siguiendo el dedo de Natalie con la mirada. Ella escuchó con perfecta claridad, pero aun así pregunta:

—¿No hay un cinturón terrestre en tu era?

—¡No hay nada! En mi era, la realidad consiste en una sola, funesta y lluviosa tierra, y nada más. Población: 6.000 millones. Sin tecnología espacial, sin alocalidad, sin hábitats. Y nadie se acuerda de esta guerra. Nadie tiene la más mínima idea de que haya sucedido, ni hay evidencia física de tal suceso. Tienen que haber esterilizado y recreado todo el sistema solar y el planeta Tierra entero, restableciendo la historia de vuelta… a… ay Dios mío. Por eso nadie descubrió la magia hasta 1972. La magia no existía antes de 1972. Probablemente ni el mundo entero existía. Habrían tenido que despojar y reemplazar cada centímetro cúbico de roca.

Ahora le toca a Ashburne quedarse mirando. Natalie la encara:

—Su plan va a fracasar. Crees saber lo que va a pasar cuando la Tritón llegue a Ra, pero no. Algo va a cambiar la misión.

»Imagina que estás en la Tritón. Estás a punto de reprogramar a Ra. Todavía vas a seguir adelante e implementar la magia, pero también vas a decirle que arranque todo el sistema solar de vuelta desde la Edad del Bronce de la computación, y luego fingir que nada de esto sucedió. ¿Por qué?

Los ojos de Ashburne se enfocan en algo que Natalie no puede ver: pantallas, incorporadas en su casco, u ojos, o nervio óptico.

Natalie insiste:

—Dijiste que Ra estaba en camino.

—Físicamente. Sublumínico —dice Ashburne, ahora en otra parte—. Pero cuando arreglemos a Ra, la señal se actualizará al ritmo de c. Hay un margen de seguridad.

—¿Cuán lejos está la Tritón de aquí? —pregunta Natalie—. ¿Cuál es el instante final que tienes para enviar una señal que puedan recibir?

—Pronto —dice Ashburne—. En minutos.

Natalie puede ver la luz roja reflejada en el rostro de la mujer; reflejando de la nada. Su casco interior ha de estar cubierto de advertencias. Ra ha llegado:

—Es ahora —dice Natalie.

Ashburne se ha ido de esta sala, ascendiendo al espacio de combate, asumiendo la carga de demandas urgentes de apoyo táctico de todo el escenario de Neptuno. Con una mano real, moviéndose casi autónomamente, desengancha el bloque de su cadera y lo enciende. Consumiendo preciosos recursos cuánticos, el bloque se expande hasta amortiguar a Ashburne y Natalie en una sola estructura de campo reforzada, y mastica las paredes y la puerta de la celda para obtener material.

Sámate detona.

La instancia Arma de Ashburne absorbe el impacto. Natalie es arrojada y guarecida en un cojín de campos de fuerza tras ella, donde ya habría un asiento trasero si más del cinco por ciento del caza estelar existiera físicamente. Ella se endereza con dificultad. La luna ya no está, el dron atacante ya no está. No hay nada más que espacio negro en caída libre.

Ashburne se recupera de la pérdida de control. Ya no dice más palabras. Está comandando la batalla, y lo seguirá haciendo hasta que muera. Natalie no puede ver los puntos adicionales distinguiendo objetos amistosos de hostiles, los rangos, las velocidades, estrategias y predicciones. El único objeto sólido que puede discernir aparte del Sol es el mismo de siempre, el planeta Neptuno.

Pero aun a esta distancia, incluso si no puede ver los drones de Ra, puede ver sus rayos láser. Son del mismo color que los que cortaron el cinturón terrestre, y lo suficientemente poderosos como para cortar hasta el núcleo de un gigante gaseoso, rebanando en gajos su carozo.

*

—Tenemos que hacer algo de trampa en esta última parte.

—¿Eh? —Natalie da vueltas en la repentina oscuridad. Ashburne se ha ido.

—En esta parte eres solo un fantasma —dice la voz—. No había un modo orgánico de llevarte a la Tritón. Solo haz de cuenta que Ashburne te transmitió hasta allí. O sea, si te parece importante…

*

El núcleo más profundo de la Tritón comienza como el interior de un submarino, omite algunos miles de generaciones tecnológicas, luego se dobla en una tridimensional curva de llenado del espacio, salida del infierno mismo. No hay gravedad, con la consecuencia de no haber una orientación que importe. Este universo está abarrotado de asientos entrelazados con otros asientos entrelazados con ocupantes ensortijados físicamente. No es posible ver más de un metro en ninguna dirección. Apenas hay un metro cúbico de aire limpio en toda la habitación. La libre circulación es imposible.

Aun si hubiera una salida física de esta cavidad en el interior de Tritón a la superficie —que no condujera directamente a la zona convectiva del Sol—, extraer a cualquier miembro dado de la tripulación hacia esa salida implicaría resolver un rompecabezas de piezas deslizantes en setenta y ocho movimientos. Es un mundo–búnker, una madriguera de apiñados hackers, un lugar al que te teletransportas y posiblemente nunca abandones.

Nat es fantasmal. Nadie la puede ver ni oír. Es intangible, atrapada en una de las paredes, mirando hacia «abajo» a la otra instancia de Ashburne. La cual lleva un distinto y más liviano uniforme. No es un traje de guerra. Aparenta más a… bueno, a ropa. (¿De qué serviría cualquier traje de guerra, adentro del Sol?).

Nat puede ver otras cuatro o cinco personas desde su posición, en su mayoría extremidades y nucas. Un panel menor y sin importancia, muy cercano a la cabeza holográfica de Natalie, muestra una matriz de lecturas de soporte vital. Indica un conteo total de tripulación de doscientos exactos.

Esta Ashburne observa los minutos finales de la batalla de Neptuno. Todo es escalofriantemente abstracto. Dos ventiscas en mutuo encuentro, rojas y amarillas ráfagas de copos de nieve moviéndose con turbulencia. Los sucesos son semejante dificultad como para tener sentido táctico. Natalie no tiene el sexto sentido de retraso de señal que comparten todos los involucrados en esta guerra. Pero puede notar las veces que las ráfagas de puntos rojos persiguen a solitarios amarillos, de lenta reacción. Puede ver que le han extraído el corazón a Neptuno, y que el color que ahora indica está mal.

Y puede oír la manifestación de zozobra de la tripulación. Todo el mundo lo está viendo.

Al cabo, los últimos puntos amarillos han desaparecido, dejando un campo serpenteante de pacientes puntos rojos contra el fondo negro, como en un salvapantallas. Finalmente, se rompe el último enlace abierto, y la pantalla queda vacía.

Todas las otras personas que Natalie puede ver le están dando la espalda. El rostro de Ashburne es el único claramente visible como para leerlo. La mujer es una imagen de meticuloso autocontrol, pero Natalie está bastante cerca y lo suficientemente familiarizada como para poder leer la furia, el miedo y la pena.

«No tiene sentido traer de vuelta el cinturón terrestre —piensa Nat—. No queda nadie para poblarlo. No queda nadie más por quien luchar. Se acabó».

—Control de inmersión —pregunta Ashburne—, ¿tenemos aún capacidad de ataque a Ra?

—Confirmado —dice un miembro de la tripulación, con voz apagada. El sonido se refleja de forma rara en este pequeño espacio; es imposible saber quién habla, o cuán lejos podría estar—. Capa dieciséis de escudos inmolatorios, totalmente despojada; capa quince, índice de desintegración normal. Progreso de inmersión normal. Llegaremos a la púa con tiempo de sobra. Tendremos a Ra en la mesa de operaciones en una hora más.

—Entonces la guerra continúa —afirma Ashburne—. Todos los humanos Virtuales contra doscientos de nosotros. Continúa hasta que la terminamos nosotros. Y termina cuando tengamos el mundo que queremos.

»Sugiero que decidamos qué es lo que queremos que sea ese mundo.

*

Y de vuelta.

Está sentada en el centro de una habitación oscura, cuyas dimensiones son las de un hangar de aeronaves por diez. Frente a ella, reclinado contra una hipercostosa e idéntica silla de oficina, está el joven calvo, la última persona que vio en la realidad antes de ser «transportada».

Su cabello ha vuelto. Su ropa original ha vuelto. Han pasado diez segundos. Siente deshecha la cabeza y destrozado el físico. Siente como si acabara de pasar por una guerra. Esa era la idea, desde luego.

—Y ahora sabes lo que pasó cuando Ra se despertó en la primera ocasión —dice el joven.

Anh cero EPTRO… —comienza Nat, y luego siente un anillo de Montauk alrededor del cuello. Demasiado angosto para quitárselo—. Ajj.

El joven afecta una sonrisa sin emoción.

—¿Dónde está Anil? —exige Natalie, por última vez.

El joven señala detrás de ella. Nat vuelve su mirada, y Anil está en una silla similar, frotándose los ojos, lidiando con su propio pos–trauma. Diría que se murió y que ha regresado.

—Qué diablos… —dice él en voz baja, una y otra vez.

Detrás de Anil, rodeándolos, están los observadores. Casi todos son hombres, entre veinte y treinta años, de diferentes etnias, pero todos altos, de hombros anchos e inmaculadamente acicalados. Están de pie y espectantes.

Hay unos patrones circulares familiares pintados bajo sus pies. No hay armas a la vista. Natalie considera salir corriendo, pero tiene que haber al menos un kilómetro hasta la pared más cercana.

Se desploma. No puede existir una silla tan cómoda.

—¿Cuánta gente murió? —pregunta, con un hilo de voz—. ¿Gente real?

—No tengo tiempo para recitar el número entero —dice el joven—. Más sencillo sería decir cuántos sobrevivieron. Toda la tripulación de la Tritón, incluyéndome a mí y a todos los que ves aquí. Y otros catorce.

—Ganaron la guerra —dice Natalie, creyéndoselo—. Doscientas catorce personas «ganaron» la guerra.

—¿Estás lista para la parte que sigue?

—¿Qué cuernos es la parte que sigue?

—Tu hermana está tratando de despertar a Ra otra vez —dice el joven, con calma. Se levanta y camina hacia Natalie. Saca una pistola y la tiende, sujeta por el cañón—. Deténla.

 

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