Zona De Cerebros Chatarra

*

Antes

Nada de ocurrencias hasta que la presa haya muerto.

Es una de las primeras cosas que Exa aprendió. Exa no es abreviación de «Alexander», o al menos no lo fue al principio. Más bien salió del apócope de «Execuátur»: el que lleva a cabo la función instruida. Si la existencia o la interferencia de una persona exigiese eliminarla, el trabajo de Exa, por lo general, es conseguirle tal fin. Tener ocurrencias es algo que distrae y retrasa. Además son de malos modales. Si alguien se va a morir, mejor que su último pensamiento no sea «Dios mío, ¿hacía falta salir con esa idiotez?».

Es diciembre de 1969 en la repetición y él se sienta a comer un inusual plato de filete platónicamente perfecto. Hay ensalada metida en el asunto, la ensalada más divina que podría existir, pero una pieza de joyería en su muñeca ahuyenta el excedente de sodio y lo reemplaza con músculo natural, de modo que la verdura no es más que decoración de vitrina, así que ¿para qué molestarse? Hay otros a su alrededor que han optado por unos platos más elaborados que existen generalmente solo en la teoría, y de animales y verduras que ya no existen, pero Exa recién está saliendo del final de una larga y amarga pelea, y está cansado, y quiere comer algo que no le presente un reto.

Hay un orden de prioridad en la mesa, y Exa está casi al principio.

—¿Quiénes eran esos dos? —comenta alguien—. ¿Qué están tramando?

—Poniéndolas a la obra —adivina alguien más, ya con la boca llena—. Las manos, quiero decir.

Los miembros del Grupo de la Rueda cambian su apariencia con tanta frecuencia que no todos suelen reconocer a todos los demás. Este hecho apacigua a Exa durante unos segundos. Luego su cabeza se endereza y escanea la mesa y a los demás comensales.

—¿Pasa algo? —King le pregunta.

—Todos ya están a la mesa —dice Exa—. No tenían asientos asignados.

—Eso es imposible —dice King—. Nuestra operación completa es demostrablemente inexpugnable.

—No es así —dice otra comensal, cuyo nombre es Ashburne—. Y ojalá no la hubieras pronunciado como tal. Ninguna operación puede demostrarse a sí misma inexpugnable. Eso, en sí mismo, se demostró hace un millón de años. ¿No sabes quién fue Kurt Goedel?

—No estoy encontrando ninguna intrusión —informa el experto en seguridad del castillo–en–las–nubes, Casaccia.

—Aun si se han insertado en los registros de este evento, eso es un mal agüero —dice Arkov—. Significa que los registros no van a permanecer sacrosantos por siempre.

Exa traga todo el vino:

—Envía una señal a los de arriba —dice, poniéndose de pie. Rodea la mesa furiosamente hacia las puertas, seguido por varias miradas. Algunos de los hombres, sabiendo de qué se ocupa Exa, se levantan, dispuestos a seguirlo. Esperan ver un espectáculo.

—Quiero a uno de ellos con vida —avisa King.

Exa patea la puerta, haciendo un estruendo y un desastre, y como respuesta recibe el pánico de los dos intrusos. Se han separado a lo largo de la sala. El hombre está cerca hacia la derecha, la mujer atrás a la izquierda.

«¿Cuál va a enloquecer más si mato al otro?».

El hombre le grita a la mujer: «¡Eyección!». Esto sugiere que el hombre lidera, y la mujer es subordinada. Con eso es suficiente.

Exa le dispara al hombre. El hombre cae. Pero luego se desvanece.

Esto cambia el plan para Exa. Efectivamente está aconteciendo una intrusión akáshica. Si ambos intrusos escapan, entonces él y su compañía se quedarán sin datos. Su única esperanza es matar a la segunda intrusa antes de que eyecte a su vez, y luego excavar la información pertinente de su cerebro muerto. Dirige su arma hacia ella y dispara. La bala lleva recorrido nueve décimas del camino a ella cuando los patrones de pensamiento de Exa cambian la textura y él se vuelve real.

*

Queda congelado en su nuevo lugar, absolutamente sólido. Se aferra a la pared y una barandilla para evitar caerse, tal movimiento realizado totalmente en silencio. Se activa la visión nocturna tan rápidamente que ni siquiera percibe la oscuridad, pero el hecho mismo de que la visión nocturna tenga que activarse lo toma por sorpresa.

«Este es el mundo real».

Eso es serio motivo de alarma. Una cosa es meterse a la fuerza en los registros akáshicos. Sin embargo, sacar objetos físicos de ellos confirma una ruptura grave y peligrosa del orden mundial tal y como se lo implementó en un principio. ¿Quién lo hizo? ¿Un miembro de la Rueda renegado? Impensable. ¿O se instaló a alguien nuevo? Eso debería ser imposible, los privilegios ni siquiera son hereditarios. ¿Cómo consiguieron tener acceso? ¿Realmente planificaron su ataque desde aquí?

A propósito, ¿adónde fue a parar? ¿Qué tan lejos en el futuro?

Abajo, oye moverse a su presa. Sin confianza, sin visión nocturna. Oye un conjuro:

Dulaku surutai jiha, setecientos ene eme —seguido de medio grito ahogado. En suma: los tres terminaron aquí. Y el hombre sigue muerto.

Exa da la vuelta a la esquina, descendiendo a la infernal luz roja. La mujer está arrodillada. Ha cambiado de atuendo. Un traje de armadura gris. ¿Qué parte de la falla provocó eso?

—No lo entiendo —le dice la mujer a Exa, sorprendiéndolo. Él pensaba exactamente lo mismo.

Ella continúa:

—¿Por qué esta parte tiene que ser real? Nada más es real. La magia no es real.

Así que el secreto salió a la luz. Estuvo a la luz por un momento, en cualquier caso. Podría ya ser totalmente público. Obviamente se trata de algo nuevo para la mujer, pero si el hombre ya lo sabía, podría haberlo diseminado inimaginablemente antes de morir.

Qué desastre. Al menos Exa solo es responsable de su lado físico. Su juego no es la higiene de información. Tal vez resultó arrogante creer que la magia podía permanecer en secreto para todo el futuro. Tal vez, a medida que el tiempo se acerca al infinito, emergen todas las verdades.

Y ahí, de manera muy obvia para Exa, sale la ocurrencia. Pero se la guarda el tiempo suficiente para disparar una salva de nueve milímetros hacia el ojo derecho de la mujer.

La cual cae.

Exa dice:

—A veces hay que espabilar.

Pero el eco del disparo ha llenado la torre escalera con un trueno que la recorre de arriba abajo, sin que nada más resulte audible. Exa guarda su arma. Primero revisará los cuerpos, luego contactará a las autoridades. Probablemente tendrá que fusionar experiencias con su yo más viejo, el del mundo real. Se pregunta cuánto tiempo ha pasado. Se pregunta si su yo real ha elegido un aspecto distinto.

Cuando a un mago lo asesinan en medio de la enunciación de un conjuro, o mientras sirve de conducto activo para el maná, el conjuro finaliza dentro de los primeros segundos de muerte cerebral. No es que esto se haya observado alguna vez en la realidad —ética mediante— pero la hipótesis es firme, y resulta que es esencialmente correcta. Exa lo sabe. O bien, debería.

La luz de la mujer no se ha apagado.

*

Metafóricamente, suponiendo que el kara ha alcanzado su límite, la manera más efectiva de matar a Exa sería tomar un láser de 1018 vatios y dispararlo desde la órbita terrestre directamente sobre su cabeza. Este nivel de potencia sería justo lo suficiente como para vaporizar completamente tanto a Exa como a su kara con la rapidez necesaria para impedir que el kara detectase el daño que se estaría produciendo y comenzase activamente a reconstruirlo.

El problema de Exa es que no amplifica su kara hasta la máxima potencia.

Porque no debería. Sería como ir caminando por la calle vistiendo armadura de placas. Este es su mundo, es dueño de él. No hay persona o arma en todo el mundo, que él sepa, que represente una convincente y palpable amenaza para él, y si la hubiera, él respondería a la amenaza. ¿Cierto? Su respuesta sería casi instantánea.

Y al mundo, que él sepa, se lo ha limpiado de todo mal.

Veámoslo desde la perspectiva de Laura:

Hace casi cuatro años, cuatro hombres intentaron matarla. Uno la apuñaló en el riñón. Ella ofreció resistencia a partir de armas mágicas improvisadas, matando a uno de ellos e hiriendo gravemente a otros dos.

Luego se convirtió a sí misma en una fortaleza. «Al carajo con la improvisación», se dijo, y comenzó a desarrollar una tecnología de escudo personal y unas herramientas específicas para lastimar a quienes traten de hacerle daño. A veces negociaba (y en otras usurpaba) horas de trabajo en talleres de ingeniería de la universidad. Tiempo más tarde hizo lo mismo en las impresionantes instalaciones de fábrica del Grupo Hatt. Miniaturizó sus resultados, intercambiando una reducción de complejidad en la enunciación del conjuro por un aumento de complejidad en la maquinaria táumica y carga mental. ¿Quién tiene tiempo para tantas sílabas?

Laura arrastra la autoimagen residual del mundo de Tanako. En un principio arribó con su aspecto propio predeterminado: top negro, jeans oscuros, casi que sin otra palabra descriptiva, apenas con calzado. Si hubiera tenido la molestia de examinarse, se habría percatado de algo más de detalle: acertado color del cabello, la cicatriz sobre el riñón, unos pocos y habituales anillos.

Al traje de armadura lo copió de Tanako–que–llevaba–puesto–a–Nick. Se lo puso encima de lo que ya llevaba puesto. Placas poligonales planas, totalmente funcionales, sin concesiones a la moda, ni siquiera un tantito de lustre. Uniones de goma en articulaciones y cuello. Casco completo. El propósito del traje es mantener al hostil y venenoso ambiente y al penosamente frágil ser humano separados completamente uno de otro.

«¿Quién eres?» le había preguntado.

«¿Quién te parece?» había respondido Tanako, girando para mirarla y tornando su casco transparente.

No retrayéndolo. No quitándolo. Porque en el mundo T puedes tener sencillamente lo que sea que quieras tener.

Laura Ferno pudo haber vuelto al mundo real con el vestido inalcanzable. Pudo haber aparecido con el aspecto que fuera que le siga a «supermodelo». Pero no lo hizo, y no fue por casualidad.

No hay medida de protección antibalas que pueda contrarrestar el momento de una bala: su cabeza se azota hacia atrás y a la derecha debido al disparo, y Laura se deja caer. Cae alejándose del pistolero, girando para que él no pueda ver el lado de la cabeza en el que supuestamente le abrió un agujero. Quedó un punto blanco sobre el cristal. O sobre el policarbonato transparente de diamante, o lo que fuera. Dios sabrá adónde fue a parar el rebote de la bala.

El sonido del disparo es increíble. Laura sabe que tiene anillos en la mano izquierda, bajo la armadura. El pistolero está diciendo algo. No puede oírlo por el bumm. Lo que quiere decir que él no va a escuchar su chistada respuesta.

Ella acaba de pronunciar un conjuro; cuánta astucia. Puede reutilizar el Nombre Verdadero que acaba de emerger.

«Observa sus muñecas, de ahí viene su inmortalidad».

Sedo. Anhtnaa vaeka.

El seguimiento ocular resultó muy difícil de desarrollar. Hubiera hecho falta un mes entero para resolver la recursión anónima. Laura se ve obligada a disparar desde la cintura, y rezar que el disparo yerre sus propios dedos de los pies. Apunta el dedo índice izquierdo en cierta dirección arriba y a la derecha de la cabeza de Exa. Su dedo medio izquierdo, lo apunta hacia abajo, hacia la mano diestra, la que lleva el brazalete. Un plano se proyecta como guillotina y cercena mano y muñeca, divide el antebrazo longitudinalmente en dos, luego mutila parte del hombro y, hacia arriba, atraviesa garganta y rostro. Suena un fuerte ¡chinc! cuando el kara se parte por la mitad. Hay un sonido incluso peor allí donde la proyección encuentra la negra metalurgia de la escalera, y penetra hondo, pero sin cortar del todo. En cuanto al propio Exa, se divide muy fácil en dos frescos trozos de cerebro y algo de chaqueta elegante hecha jirones.

Laura sale lentamente del estupor. Espera un minuto en la densa oscuridad y el silencio que regresa poco a poco, hasta que hace efecto el estado de shock.

En su imaginación puede ver a Nat, los brazos cruzados, sosteniendo el gesto de «pétrea desaprobación».

La mayoría de la gente pasa toda la vida sin matar a nadie.

*

—«Inmortalidad».

Laura rebusca en la mugre escarlata. Separa las dos rodajas de muñeca del cadáver de Exa, y recupera las dos piezas de metal. Dos arcos de círculo, fina y generosamente decorados con tuberías de maná de una complejidad que no se ha visto en ninguna otra parte de la ciencia mágica. Laura esposa con las piezas la muñeca de Nick Laughon y las mantiene firmemente unidas, como quien espera que el pegamento se seque.

—Por favor que funcione, por favor que funcione, por favor. Despierta, aro. Despierta, Nick. Vamos.

Pasa otro minuto, durante el cual nada detectable sucede.

Laura separa las piezas e intenta conectarlas sobre el suelo. ¿Quizás se deba a una cosa biológica? Hay demasiada información para el aro. Los dos fragmentos necesitan tiempo para iniciarse y soldarse antes de intentar cualquier curación. Tiene sentido, ¿cierto?

—Tienes que despertar ya. Porque te necesito. En serio. ¡VAMOS!

El kara ha muerto. Es un anillo médico de primera generación, construido apenas minutos después del inicio del tiempo. En su configuración original, con la metafórica batería llena y cinco metafóricas barras de señal, puede, en efecto, resucitar a los muertos. Pero el aparato muerto no puede resucitarse a sí mismo.

Laura siente que en su interior se abre un pozo ennegrecido, como un bostezo que recorre todo el camino desde su garganta a su pecho. Que arroja una extraña y temible sombra envolviendo tranquilamente a todos sus pensamientos. Laura se sienta en una esquina y se acurruca, tomando de nuevo la mano de Nick. ¿Tal vez el aro requiera un humano sano a modo de patrón? Pone las piezas sobre su propia muñeca y espera un minuto más, rezando.

No pasa nada.

El kara es un objeto fabricado. Alguien lo hizo. Alguien podría arreglarlo. Y Laura sabe que puede hacer lo que sea. Por lo tanto, si alguien pudiera arreglarlo, ella también. Pero no sabe cómo. Nadie le ha enseñado y no sabe cómo averiguarlo.

Laura mira fijamente hacia un futuro en el que Nick Laughon está muerto. Lo mira fijamente por un largo momento, y este le devuelve la mirada.

«No».

Ella mira hacia el mundo T al estado mental almacenado de Nick Laughon, un asustado y solitario fantasma sin forma terrenal alguna que pilotear, atrapado para siempre en un vidrio imperecedero. Lo puso allí para mantenerlo a salvo y ahora no tiene forma de traerlo de vuelta. ¿Es eso mejor que el asesinato, o peor?

—No —le dice Laura, aunque él no pueda responder.

Rechaza ese futuro. Tiene que terminar la misión. Al final de la misión hay un día en que la muerte no será más que un anacronismo.

Kazuya Tanako le estaba enseñando cosas a medida que viajaban por el mundo T. Tanako le estaba recordando cosas que ya le habían enseñado, pero que había olvidado. Ahora las recuerda. Recuerda estar tomando clases en el Instituto Chedbury Bridge, tomando notas mientras Tanako y los demás sombríos magos de su movimiento de resistencia le enseñaron los pocos y frágiles hechos conocidos.

Laura ha despertado, y ahora se pone de pie.

Nada de esto importa siempre y cuando ella gane.

*

Al principio había magia. No la magia de «alto nivel» con la que tropezó Suravaram Vidyasagar. En los comienzos, bien al principio, había una magia real y profunda. Hacedora de dioses. Māyā.

Māyā era simplemente incalculable. Echó por tierra toda restricción a las capacidades humanas. Magia blanca: la creación espontánea de formas nuevas y complejas de energía/masa a partir del vacío puro. Magia negra, el opuesto absoluto: destrucción total sin reacción contraria. Māyā permitió revertir la muerte, conceder deseos, levantar y mover continentes, erigir castillos en el cielo.

Tiempo después del comienzo, vino el grupo ahora conocido como la Rueda. Estas personas fueron, y siguen siendo, los custodios de māyā.

Es imposible saber cómo llegó el Grupo de la Rueda a detentar el poder. Hasta hace muy poco era incluso imposible enterarse de su existencia, porque el control perfecto y experimentado de un poder divino como el māyā hace que sea extraordinariamente sencillo permanecer en secreto. Un mundo que ha descubierto que la Rueda es real puede volver eternamente a un mundo que no lo ha hecho. No son necesarias las palabras, ni tampoco el entrenamiento o la claridad de la mente. Con solo hacer la pregunta, el campo les contesta creativa y correctamente. «Haz Lo Que Pretendo».

También es imposible saber cuándo la Rueda se hizo con el poder. Pero māyā ha existido desde el principio del tiempo, y la Rueda seguramente fuera la gente que lo consiguió antes que nadie. Es concebible que, en esa época, «rueda» fuese el mejor término que los humanos tenían para «tecnología extremadamente avanzada».

El Grupo de la Rueda no gobierna el mundo; no le hace falta; ya son dueños del mundo. No hay cantidad de tediosa responsabilidad política que pudiera otorgarles poderes que no tuviesen ya. Apariencia física, riqueza, coeficiente intelectual y mortalidad son por completo discrecionales. ¿Dónde viven? Donde quieran, sea un lugar real o imaginario. ¿Qué hacen con sus vidas? Todo lo imaginable, salvo asumir la responsabilidad. Ellos, y ellos solos, poseen un poder ilimitado. Y resulta obsceno lo tan poco que usan de él.

La noche pasó y llegó la mañana y esa fue la versión uno.

Se volvió a descubrir māyā en 1697, a manos de un explorador portugués llamado João da Nova, en una minúscula y chata isla en el Pacífico occidental. Allí, Nova descubrió un miriópodo negro de dieciséis patas, uno de los únicos organismos vivos no microscópicos del mundo entero que han evolucionado la capacidad de acceder a māyā. Su conjuro era sencillo, y lo usaban para confundir a sus depredadores —principalmente aves—, produciendo chispas verdes. A Nova esas criaturas casi lo matan a mordiscos al verse emboscado por ellas. Así, cuenta la leyenda, una de ellas reptó hacia el interior de su garganta y se alojó allí, arrojando constantemente energía de māyā hacia su vientre. Pero él sobrevivió, y cuando despertó, descubrió que poseía el mismo poder que el miriópodo, magnificado gracias a su propia inteligencia humana.

En su primer acto consciente, Nova destruyó la isla, extinguiendo al horrible insecto. Se disponía a partir en dos el firmamento y mancillar a las estrellas mismas antes que el Grupo de la Rueda lo interceptara y acabara con él.

También se descubrió māyā en 965 e. c.: esta vez fueron los antiguos jázaros, un recóndito pueblo nómada que gobernó gran parte del suroeste de Asia durante la segunda mitad del primer milenio. Su descubridor fue un anónimo comerciante de seda jázara que amarraba su barca en una cueva frente al mar de Azov, una cueva que —ahora la ciencia moderna puede demostrarlo— se inundaba periódicamente de nubes de gas radio alucinógeno. Ese hombre anónimo, habiendo mutado sin darse cuenta, legó genéticamente el poder a sus dos hijos, que lo mataron.

El Grupo de la Rueda se encargó de ello. La civilización jázara se evaporó bajo circunstancias difíciles de comprender, en algún momento de la transición al segundo milenio e. c., se dispersó a través de Eurasia y se convirtió en… historia.

En una ocasión māyā se manifestó en un hombre ruso llamado Ivan Shevelev, en un sueño. Al despertar, Shevelev detonó en el aire sobre su tierra natal con la fuerza del impacto de un asteroide. Tras liberar decenas de megatones de energía explosiva solo por despertarse, él todavía se encontraba acelerando hacia el cielo cuando la Rueda se puso al tanto. Se distribuyeron capas de falso meteorito, reajustando la evidencia, atando los cabos sueltos para provecho de futuros científicos. Y helo ahí: Tunguska.

No se podía evitar. Una teoría era que māyā simplemente quería ser utilizada. Imagina que el planeta Tierra fuera el sellado hermético, resquebrajándose gradualmente, que bloquea una reserva de petróleo presurizada, y que las grietas son los humanos. La gente cada vez más numerosa y educada del mundo fue descubriendo māyā una y otra vez. Gestionar los brotes de māyā se convirtió en un trabajo de tiempo completo para la Rueda. Māyā se convirtió en un problema.

Su solución fue la magia. La magia libera la presión. La magia mantiene cuerdo al mundo y protege a las personas de sí mismas.

«Magia» es un sistema completamente artificial y arbitrario de palabras, símbolos, peticiones, respuestas, recursos, servicios, intercambios y restricciones. Es una colección de ardides a través de los cuales la gente común debe vérselas negras para conseguir lo que quiere. El maná se imparte a quien lo solicite de la manera correcta, cuyo límite superior se ajusta a lo que un humano pueda sostener en su cabeza a la vez.

La magia está compilada según las propias especificaciones del Grupo de la Rueda. Los del Grupo de la Rueda llevan una ventaja de cincuenta generaciones. Todo lo que la magia puede hacer es algo que la Rueda ha implementado deliberadamente. De la nada elaboraron y concretaron ecuaciones, de cuya retroingeniería los humanos rasos, meros infantes, han pasado vidas enteras trabajando.

Esto es lo que Laura sabe:

Māyā ha existido siempre. Māyā es un hecho del mundo. Māyā es un derecho inalienable de todos los seres humanos vivos. Mejor dicho, de todos los seres humanos: vivos, no nacidos y aún no resucitados.

La magia entró en funcionamiento a medianoche y cero segundos, Tiempo Universal Coordinado, del jueves primero de enero, 1970.

*

Ninguna máquina —es decir, ninguna máquina finita— puede almacenarse completamente a sí misma en su propia memoria.

La estación de escucha es un chirriante escarabajo/asteroide de caparazón negro, tan alto como larga es Manhattan. En el mundo T, desde la suficiente distancia, puede verse de un solo vistazo en toda su totalidad.

En la realidad no puede verse de manera alguna, porque está enterrada en la corteza continental de Australia Occidental, a tanta profundidad que algunas de sus raíces llegan al magma. Está enterrada demasiado profundamente como para aparecer en mediciones sísmicas o gravimétricas, y ni hablar de alcanzarla con un mero taladro de profundidad. Su forma y tamaño, sin embargo, son los mismos.

El grueso de la estación de escucha consiste en maquinaria mágica activa. Lo llenan kilómetro cúbico tras kilómetro cúbico de afilada metalistería en negro, más un ruido ensordecedor, más una cegadora radiación. Es un infierno empírico y eficaz. Las salas de máquinas son inaccesibles para los humanos, por no hablar de inhabitables. En la cada vez más inusual ocasión en que se necesita la intervención de un humano vivo, el ingeniero de mantenimiento se teletransporta solo a uno de los espacios de máquinas sellados herméticamente, lleva a cabo sus tareas a plena oscuridad vistiendo el equivalente mágico de un abrigo de plomo, y se teletransporta de vuelta.

Esta es una máquina que rastrea y registra —tan fiel a lo real como para no hallar diferencias— la posición y el estado de cada partícula mágica de cada variedad en todo el mundo.

Laura mira fijamente la escalera, hasta donde alcanza a iluminar su propia luz. La estructura asciende kilómetros.

Entre los vastos espacios de maquinaria hay conductos de arterias habitables. Algunos son pasillos y otros escaleras; la mayoría, sin embargo, son corredores diagonales, trepando en penosos ángulos empinados. Es un laberinto construido de acero resonante, en constante zumbido. No hay absolutamente luz alguna, en ninguna parte. No hay mapas ni señales. No hay agua. La temperatura alterna entre sofocante y helada. El hecho de que el aire pueda respirarse en absoluto es casi anómalo. Es como si, hace miles de años, se hubiera destinado la estructura hueca a ser un lugar seguro y agradable para vivir… pero luego, la tarea de «terraformación» resultara inmediatamente ingrata, y se abandonara después de haber llevado a cabo nada más que el primer paso básico.

No hay monstruos. Es un lugar que mata simplemente por ser lo que es.

Si Laura se encaminara hacia arriba —es decir, si fuera capaz de subir trece kilómetros verticales de escaleras sin morir de agotamiento— finalmente llegaría a una salida oculta sobre el desierto de Australia Occidental. Esto constituiría una mejora. Se encontraría todavía a más de ciento sesenta kilómetros de la civilización, pero ya sería algo más hospitalario, y tendría mejores posibilidades de sobrevivir.

Laura lo sabe.

En cambio, apunta su luz hacia abajo. Se arma de coraje y comienza el descenso.

 

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